Julius Evola. Septentrionis Lux


EL DIVORCIO Y LOS HIJOS
septiembre 29, 2019, 5:25 pm
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EL DIVORCIO Y LOS HIJOS

Seguramente una de las principales razones de los problemas psicológicos de todo tipo que aturden a nuestros infantes y adolescentes (y que, desgraciadamente, arrastrarán a lo largo de su existencia) tiene relación directa con ese total desbarajuste familiar que el mundo Occidental viene sufriendo desde hace décadas y que, por separaciones y/o divorcios, los dejan sin uno de los dos referentes paternos que deben tener para crecer psíquicamente y emocionalmente estables. (Dicho sea esto sin ningún ánimo de defender modelos de familiar burgués o, simplemente, paródicos.) La promiscuidad inherente al hombre-masa actual se refleja en esos cambios continuos de pareja con la que convivir; reflejo, a su vez, de la inestabilidad interior del hombre moderno que deja de valorar lo que valoraba hace un rato y que, a su vez, es presa de esa especie de consumismo por el cual se desea –al igual que adquirir otro coche u otra vivienda- tener una nueva pareja. A esto hay que añadir como causa de las separaciones matrimoniales ese egoísmo, provocado por el individualismo de la modernidad, que antepone, en el adulto, las querencias y los caprichos propios ante la responsabilidad de la crianza de la progenie en su entorno familiar natural. Todo esto mejor comprendido en el contexto de la hegemonía del ´hombre fugaz´ -que preveía Evola para la actual fase de decadencia (la del ´Quinto Estado´)- y que se caracteriza por la necesidad continua de cambio compulsivo (en este caso de pareja). Exculpamos, cómo no, a tanta gente adulta que es víctima, sin desearlo, de divorcios y separaciones que han sido promovidos o queridos por sus convulsas parejas. ¡Auténtica sangría, ésta, padecida por tantos niños que difícilmente podrán evitar el no arrastrar, a lo largo de sus vidas, alguna secuela!

Eduard Alcántara

eduard_alcantara@hotmail.com

 



LA NATALIDAD. LA PROCREACIÓN
septiembre 29, 2019, 5:06 pm
Filed under: Cultura y pensamiento, eduard_alcantara@hotmail.com, Tradición

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LA NATALIDAD. LA PROCREACIÓN

 

En el seno de un Mundo Tradicional no existiría polémica alrededor del tema del mayor o menor índice de natalidad. Somos seres humanos, vivimos en este mundo (el microcosmos) y no podemos ir en contra de nuestra componente física: en contra de la biología. Como Tradicionalistas aspiramos a sacralizar lo físico y no a evadirnos de ello (esto sería más propio del vedântino evasionista). Si fuésemos estrictamente seguidores de ese tipo de “metafísica pura” que predispone a una suerte de ‘fuga con respecto a la realidad sensible’ seguramente seríamos bastante poco dados a apoyar la procreación, pero, por contra, la Tradición conoce tanto del (utilizando nomenclatura hermético-alquímica) solve (espiritualizar el cuerpo) como del coagula (corporizar el espíritu), por lo cual no considera la vida como “un valle de lágrimas”, no desprecia lo físico-corporal, sino que concibe el cuerpo como el templo del Espíritu.

En el Mundo de la Tradición no se correría ese peligro (el que sí se da en el mundo moderno) de que una alta tasa de natalidad fuese sinónimo de desarrollo de lo cuantitativo-amorfo-despersonalizado-gregario-masificado-individualista-atomizado-catagógico en detrimento de lo cualitativo-vertical-Espiritualizador-diferenciado-jerárquico-orgánico-anagógico. No se correría este riesgo sino que lo cuantitativo-horizontal se vería atravesado (como en el simbolismo de la cruz) e impregnado por lo cualitativo-vertical.

 

Entre la nobleza sacro-rectora de una sociedad Tradicional resulta comprensible que haya elementos que opten por controlar el número de su particular progenie o el de renunciar totalmente a ésta para dedicarse en pleno a su transformación ontológica en vistas no sólo al arribo a la Gnosis y vivencia de lo Trascendente sino también en vistas de erigirse en faro que ayude a los más a ordenar sus existencias guiados siempre por los dictados de lo Alto. Seguramente entre determinados individuos excepcionales pueda no ser incompatible el Iniciarse con el dedicar tiempo a su descendencia.

 

En otro orden de cosas el tema de la inmigración masiva está poniendo en peligro la misma existencia del homo europaeus. Dado lo grave de la situación pensamos que la depauperada tasa de natalidad que este homo presenta (frente a la elevada de esas masas de inmigrantes) conduce a su extinción y a la imposibilidad material de que en un futuro pudiese regenerarse psíquica y Espiritualmente; sin menoscabo de que algunos de nuestros semejantes pueda renunciar a la procreación en beneficio de una dedicación casi plena a tareas de regeneración.

 

Eduard Alcántara

eduard_alcantara@hotmail.com



DIONISOS VS APOLO
septiembre 23, 2019, 10:26 pm
Filed under: eduard_alcantara@hotmail.com, Espiritualidad, Metafísica, Tradición

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DIONISOS VS APOLO

     

     De acuerdo con el relato mitológico el dios Dionisos muere a manos de los titanes, que lo descuartizan y después es resucitado por Zeus. Es por esto que representa un certero símbolo para clasificar a ese tipo de religiosidades cuyos fundamentos están sometidos a las leyes del devenir, de la caducidad y de la mutabilidad …un certero símbolo para clasificar a esas religiosidades de corte telúrico-matriarcal en las que la Madre Tierra se convierte en la divinidad central, pues los productos que en ella toman vida (las plantas) nacen, crecen, se reproducen y mueren (así como los animales y las personas que de dichos productos dependen); son perecederos. Quien rinde culto a la Madre Tierra como eje principal de sus creencias no concibe más realidad que aquélla del devenir y no podrá, por tanto, aspirar a acceder al Despertar -del que hablaba el Buda- consistente en Identificarse ontológicamente (debido a la transustanciación conseguida por el ya Hombre Superior) con el Principio Supremo que es imperecedero, eterno e inmutable, a diferencia de lo que sucede con el cosmos o mundo manifestado que es caduco, mutable y perecedero.

    No estaría en desconexión la esencia de Dionisos con la de, p. ej., Helio, pues esta última divinidad representa al sol, pero no al sol inmutable sino al sol que cada mañana nace y cada anochecer muere: al sol en conexión con el samsara, con el devenir, con lo mutante. Al sol al que para que vuelva a aparecer cada mañana se le debe alimentar, tal como hacían civilizaciones amerindias como las de los aztecas e incas, con la sangre de sacrificios humanos, …enmarcado, pues, ello en un culto solar decadente que ha perdido, pues, su original esencia metafísica y que ha degenerado en una especie de ‘ritualismo de la sangre’, muy en sintonía con un tipo de religiosidad telúrica.

     El Apolo hiperbóreo, por el contrario, simboliza a la perfección, con su actitud mayestática, la inmutabilidad y estabilidad del Principio Supremo; un Principio Supremo que equivale al No-Ser de determinada metafísica o al Motor Inmóvil del que hablaba Aristóteles. (Es lo Insondable e Inindefinible y a partir de lo cual se manifiesta, por emanación, el Universo. Es la Trascendencia pura.) El Apolo hiperbóreo sí que es, por ello, la genuina representación de un tipo de Espiritualidad Solar en sentido puro; tomando, pues, al Sol en el sentido del astro Iluminador (la estrella) que permanece fijo e inmutable y alrededor del cual giran los móviles planetas.

     Dionisos juega con lo sensual, con lo embriagador: con las danzas frenéticas, con el vino. Se le asocian rituales orgiásticos: es arquetípica, en atinada expresión evoliana, ‘luz del sur’. Es la agitación, la voluptuosidad, es el mundo de los sentidos, es símbolo del plano sensible y material de la realidad. Es, echando mano del hinduismo, prakriti. Por contra Apolo simboliza la espiritualidad pura, el dominio de uno mismo, el ser descondicionado e Iluminado por la Luz del Espíritu. Es el Primer Principio Eterno: es Purusha. Es Luz del Norte.      

     

 

     Eduard Alcántara

eduard_alcantara@hotmail.com

 



LA (NO) ESPIRITUALIDAD EN LA SOCIEDAD ORWELLIANA

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El dominio del hombre sobre las especies animales resulta tanto más sencillo cuanta más condición de rebaño sea connatural a una u otra especie. Los individuos que forman parte del rebaño no actúan, nunca, por sí solos …carecen de autonomía. El individuo es parangonable al átomo indistinto que forma la materia. Entre individuos o átomos no cabe la diferencia. Lo disímil puede no moverse en la misma dirección, en cambio en el seno de lo indiferenciado no cabe la autonomía, por lo que su manipulación resulta harto sencilla.

El hegemónico igualitarismo imperante en nuestras actuales sociedades ha sido posible gracias a un proceso de nivelación por lo bajo, ya que la nivelación por lo alto resulta imposible al no poder llegar todos nuestros congéneres a determinadas excelencias; ya sean éstas de carácter anímico-mental (valores, carácter, voluntad e intelecto) o ya sean éstas de una “naturaleza” superior que tiene que ver con ver con el plano del Espíritu y, más concretamente, con determinadas transformaciones interiores que responden, en un primer momento, al desapego de la persona con respecto a aquello que la aliena, aturde, somete, ata y esclaviza (la vida meramente fisiológico-vegetativo-pulsional e instintiva y el psiquismo henchido a la vez que aturdido por todo un torbellino pasional, emocional y sentimental sobredimensionado y, por ello, imposible de controlar y dominar) y, en un consecuente -y, en ocasiones, incluso paralelo- momento, estas transformaciones interiores responden a auténticos cambios ontológicos que ponen en contacto a la persona (y la hacen partícipe) con el plano sutil y metafísico de la realidad y que incluso la pueden hacer participar de lo que se halla en el origen -y más allá- de ese plano sutil de la realidad: el plano de lo Absoluto: el plano de lo totalmente Incondicionado. A este nivel de logros internos la manipulación de la persona resulta imposible, pues nada la puede condicionar al haberse situado -ontológicamente- más allá del plano de la contingencia: del plano de lo que cambia y es caduco. Una comunidad regida por este tipo de Hombres se vería irradiada por la Espiritualidad de esta élite rectora y los intereses de la misma ya no estarían centrados en lo vegetativo y mutable sino en lo Alto y Permanente. El materialismo no tendría cabida. Cada cual superaría las barreras antinaturales del ´igualitarismo de lo bajo´ (impuesto por obra y gracia de los “Inmortales Principios” emanados de la nefasta Revolución Francesa) según sus potencialidades espirituales y según la propia voluntad para ir despertándolas y actualizándolas (para que de potencia pasen a acto). Una comunidad marcada, pues, por las diferencias fruto de los logros internos es una comunidad en la que prima la diversidad, la diferencia y es, en definitiva, una comunidad jerarquizada de acuerdo a la consumación -por parte de cada uno de sus miembros- de los diferentes grados de conquista de esos planos metafísicos de la realidad. Una comunidad, de tal género, caracterizada por el principio de la diversidad -y no de la igualdad bovina- resulta imposible de manipular y adocenar. Por contra, una colectividad homogeneizada y anclada en lo bajo, de encefalograma plano y que responde a un único estímulo (el vegetativo) es fácilmente dirigible. Y lo es por dos motivos: en primer lugar porque al ser indistinto su componente humano sólo se necesita de una única estrategia para controlarla y en segundo lugar porque la existencia vermicular-vegetativa sólo precisa del suministro de dosis de estimulantes fisiológicos, de placebos o de analgésicos mentales para que su  discurrir larvario no sufra alteraciones de relieve.

Por contra, lo plural resulta difícil de manipular, pues requiere de diversas estrategias manipulativas (tantas como diferentes grados de transformación interior cada persona haya logrado en un determinado momento de su existencia). Pero claro, si esas transformaciones internas han sido, ya, dignas de consideración supondrán un cierto descondicionamiento con respecto a aquello que mediatiza al ser humano corriente y, por ello, en este estado de cosas el esclavizarlo -existencialmente- resultará empeño prácticamente vano.

Incluso aquellos congéneres no aptos para recorrer caminos interiores de transustanciación no verán (en el seno de comunidades Tradicionales regidas por una aristocracia sacral -de aristos, los mejores) sus existencias abocadas a un discurrir materialista, pues el prestigio y el aura que desprenderán los que han consumado en sí la Realeza interior (la Espiritual) actuarán como si de una especie de polo magnético se tratase que motivará a los más (los incapaces de recorrer caminos de transformación interior) el mirar siempre hacia lo Alto y el  enfocar la cotidianidad de sus existencias a fines que trasciendan lo contingente y apunten hacia lo Trascendente (aunque no puedan transmutar su “naturaleza” más esencial y actualizar lo sacro en su interior).

 

Allá por los años ´20 de la pasada centuria Julius Evola acuñó el término del ´autarca´ para referirse a aquél que no estaba condicionado por nadie ni por nada, a aquél que no vivía mediatizado por lo exterior a él, a aquél -hay que insistir en ello- que nunca podrá ser domeñado. Hablamos, en definitiva, de ese Hombre de la Tradición que es, por ende, persona y no individuo. Es persona en el seno de una comunidad diversa, orgánica y jerárquica y no es -contrariamente a lo que acontece en una actual sociedad con tantos tintes orwellianos- individuo indistinto a sus congéneres, amputado de su dimensión Superior y Trascendente, abocado a la más burda materialidad, sin más condición que una primaria y animalizada y de cuya suma con sus iguales (individuo más individuo) no se obtiene otro resultado que aquél de la ´masa´.

La masa responde al instinto gregario que no es otro que el del rebaño. Y al rebaño se lo manipula sin esfuerzo y se lo conduce al redil que se desee …el redil en el que se halla cautivo el hombre común de nuestros tiempos (pese a la ilusión, que se le ha inculcado, de creerse “libre”). El redil de ese mundo que en su novela “1.984” nos describe George Orwell. Un redil en el que nadie se plantea las injusticias, las contradicciones, las arbitrariedades, las mentiras del Establisment ni, claro está, la inconveniencia de su existencia y de su hegemonía. Los cantos de sirena del “maravilloso” igualitarismo, con cuya prédica se embauca al hombre vulgar propio de estos tiempos postmodernos, también contribuyen a tenerlo sumiso. Se le intenta contentar y, más aún, narcotizar a base del suministro constante y programador de construcciones abstractas (la “Igualdad” de natura entre los hombres, la “Libertad” -tan sólo formal y que, encima, no se cumple,…) que se han erigido en santo y seña del Sistema y que a lo único que lo conducen es a su más absoluta alienación y a la ignonimia más inimaginable. El hombre moderno del que nos hablan los grandes intérpretes de los textos Tradicionales Sapienciales y Perennes (como un Julius Evola o un René Guénon) no es otro que el que Orwell personifica, en la citada novela, en los ´proles´ y en los miembros ´externos´ del Partido Único (extrapolable a la partitocracia reinante). Más concretaríamos todavía y diríamos que estaríamos hablando, con total certeza, del ´hombre fugaz´ que nos describió Evola como propio del de la hegemonía del Quinto Estado. Ya no se trataría, pues, del propio al del Tercer Estado (el prototipo del burgués que triunfa, definitivamente, con la Revolución francesa) ni del propio al del Cuarto Estado (que viene ligado a la figura del proletario enaltecido por el marxismo) sino de un hombre que ya ha incluso dejado de lado la adhesión a cualquier principio e ideología (aun sido éstos nefastos), ha dejado de lado ninguna pretensión por mejorar o por cambiar la sociedad, ha dejado de lado ningún interés por “avanzar” por el camino del “progreso” en busca de un mundo de bienes de consumo ilimitados y al alcance de todos (pretensión del burgués) o en busca de un mundo libre de superestructuras “explotadoras” (la sociedad comunista ansiada por el marxismo) y en su lugar -este ´hombre fugaz´- sólo  muestra interés por el ´aquí y ahora´: por satisfacer sus necesidades más primarias, instintivas y materiales cuanto antes mejor y en la mayor cantidad posible. Las crisis económicas inherentes al sistema capitalista le provocan desazón al verse privado de lo bienes ansiados por su sed consumista pero el Gran Hermano descrito por Orwell buscará -y encuentra- sucedáneos y triviales y vacuos divertimentos para tapar su desazón …y para aquellos pocos rebeldes e inconformistas que no quieran seguir la llamada a la que acude sumiso el   rebaño el Gran Hermano le deparará control, vigilancia (la tecnología actual la facilita enormemente), prohibiciones y, si se requiere, represión (eso sí, enmascarada con alardes de “libertad de expresión” y de libertades de todo tipo).

Ese Gran Hermano es el que dicta a sus -recordando categorías utilizadas en “1.984”- miembros ´internos´ (los políticos de nuestras partitocracias), serviles y cómplices a la vez, las directrices  que deben poner en práctica para que la masa no rechiste y, en su condición de ´masa´, no reaccione ante estos procesos mundialistas de Globalización que estamos padeciendo y que no tienen otro cometido que el de acabar por homogeneizar, más aún si cabe, nuestro planeta hasta convertirlo en esa Aldea Global que no conozca más de diferencias, de identidades, de arraigo y de tradiciones propias y sea, así, pasto fácil del consumismo más extremo y de la explotación -fácil al rebaño- más descarnada. Ese Gran Hermano que se encarna y tiene sus tentáculos en esos organismos e instituciones mundialistas de la usurocracia por todos conocidos (Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional, Consejo de Relaciones Exteriores, Club Bildeberg, Comisión Trilateral, agencias de rating, grandes corporaciones bancarias, trusts, holdings, grandes multinacionales,…) y que conspira por laminar al género humano con el fin de abocarlo a la condición de autómata y de reducir su existencia a una de carácter bovino.

 

Este es nuestro triste presente, pero ¿qué futuro planea ante nosotros?

No es fácil tarea el dirimirlo, pero si tenemos en mente que este mundo orwelliano, en el que la mayoría de nuestros congéneres se agitan sincopada y convulsamente, sólo está triunfando porque el materialismo se ha impuesto a la Espiritualidad de lo que se trataría, si no nos resignamos a la idea del triunfo total del modelo de “1.984” (que podemos asociar a lo que sobre la etapa más decadente del ya de por sí crepuscular kali-yuga o Edad de Hierro nos dejaron descrito, con mucha antelación, diversos textos y autores Tradicionales), deberíamos plantearnos cuáles podrían ser las herramientas más adecuadas para aspirar a provocar su derrumbe. Así, con Evola estamos de acuerdo en que no se le puede hacer frente descarnadamente porque su poder -político, económico, policial, “cultural”,…- es enorme y antes de que pudiésemos reaccionar ya nos habría aplastado inmisericordemente. La tesis del gran intérprete italiano de la Tradición alrededor de cómo plantearse la brega contra el Sistema (instrumento del mundo moderno) la podemos ver magistralmente descrita en su obra “Cabalgar el tigre” y nos habla de accionar persiguiendo el   conseguir poner de manifiesto y al descubierto las incoherencias,  contradicciones y tremendas injusticias del Establisment para ir, así, desprestigiándolo, poniéndolo en evidencia, desgastándolo y minándolo. Nos habla de actuar en su interior, aprovechándonos de sus instituciones, estructuras y organismos y de los vehículos y mecanismos por él autorizados o consentidos para ir dinamitándolo por dentro, para realizar una labor paciente y continuada de zapa que empiece a hacer temblar sus cimientos (“culturales” y políticos). Nos habla, en definitiva, de ir, de este modo, ´cabalgando el tigre´, y no enfrentándolo -en forma suicida- de cara, hasta que éste se agote y, entonces, podamos darle el tiro de gracia y finiquitarlo definitivamente. Quede, pues, bien diáfana la evidencia de que otra táctica, como la de afrontar al ´tigre´ de frente nos destrozaría, pues no hemos nunca de olvidar y dejar de tener bien presente la enorme y omnipresente fuerza (el poder) que el dicho ´tigre´ atesora en estos momentos.

 

¿Quiénes deberían encabezar esta lid contra el mundo moderno -más bien ya ´postmoderno´ del Quinto -Globalizado, mundialista y orwelliano- Estado?

Pues bien, si de lo que se trata es de reemplazar la tiranía demoplutocrática de la materia por el imperio del Espíritu no puede ser más que a través de una especie de Orden como esta lid metapolítica (y metafísica) puede tener algún viso de triunfar. La idea de Orden, tal como se concibe desde el punto de vista de la Tradición, presupone la conjunción de dos elementos: el de la acción y el de la Espiritualidad. La Orden se halla en la antípoda del partido político. En la Orden el hombre se forja interior y exteriormente. La persona forma parte de la Orden con la principal finalidad de transformarse interiormente -primero descondicionándose con relación a lo que ata hacia lo bajo y primario para después aspirar a elevarse a planos Superiores de la Realidad- e ir a la conquista del Espíritu dominando una materia cuya hegemonía se halla en la base del triunfo de esta deletérea postmodernidad orwelliana. Sólo el hombre de la Orden, que ha hecho del Espíritu su bandera, está en condiciones de representar una alternativa radical (de ´raíz´) a un Sistema cuya razón de ser y cuyo soporte no es más que el de un exacerbado y enfermizo crecimiento de la percepción y vivencia de lo material: el materialismo. El miembro de la Orden hace suya la ´vía de la acción´ …vía imprescindible si es que (además de una lucha interior que pretenda su propia Liberación Espiritual) se pretende afrontar la lucha exterior contra esta enorme anomalía que representa el mundo moderno.

El Hombre de la Orden deberá de erigirse en ese Hombre Superior incorruptible e ´inasequible al desaliento´ que tras cabalgar, incansable y metódicamente, el tigre pueda algún día, viendo extenuado al fiero animal, abatirlo, asestándole el golpe de gracia y abrir, así, paso a una nueva edad -cual si se tratase de un retorno a la Tradición Primordial y perenne-: a la Edad de Oro.

 

Eduard Alcántara

eduard_alcantara@hotmail.com