Julius Evola. Septentrionis Lux


TOLKIEN BAJO EL PRISMA DE LA TRADICIÓN*

J.R.R. Tolkien sin duda fue de ese tipo de hombres a los que les hubiera encantado poder vivir en otro tipo de mundo diametralmente diferente del mundo que le tocó vivir. Aunque no abundan mucho uno de vez en cuando se encuentra con personas que se sienten -parafraseando a Julius Evola- como “exiliados en este mundo” pues no comulgan, en absoluto, con ninguno de sus valores o, por mejor decirlo, “antivalores”- hegemónicos y en nada comparten el modo existencial que le es propio al mismo. Sin duda a este tipo de hombres -a los que pertenecía Tolkien- son otros los valores y es otra la cosmovisión con la que se sienten identificados. Abogarían por haber vivido o por vivir en épocas enseñoreadas por el heroísmo, por la valentía, rebosante -como se decía en épocas álgidas de la historia de España- de “hombres esforzados” y disciplinados al servicio de su comunidad, de su regnum o de su imperium, de hombres que enarbolaban la divisa incuestionable de la fidelidad y en cuyo honor no cabía mácula alguna. De hombres de antaño que sabían reconocer la verdadera jerarquía y, así, servían, leal y abnegadamente de por vida, al mando que unía a sus cualidades rectoras su superioridad Espiritual. De hombres desprendidos, sin apegos materiales, de hombres de temple. De hombres con coraje y tenacidad. De hombres sabedores de que el mundo no se reducía a lo que podían captar sus sentidos …sabedores de que el mundo no se restringe a la materia sino que ésta debe subordinarse a lo Superior: a las fuerzas sutiles Suprasensibles que le dan vida y sentido y que, además -¡y no es poco!- se pueden activar y aprehender a través de esa alta magia sin la cual, por otro lado, no se puede llegar a comprender el universo conformado por la pluma de Tolkien …esa alta magia que se debe entender en su acepción genuina como ´ciencia sagrada operativa´. Esa magia que el Mundo de la Tradición sabía que sólo era posible hacer activar a través de la Iniciación o, lo que venía a ser lo mismo, de los Misterios que conoció el antiguo mundo greco-romano. Esa magia que tan solo estaba al alcance de unos pocos elegidos aptos, por sus férrea voluntad y por su potencialidad Espiritual, para transitar por el arduo, perseverante y metódico camino Iniciático. Esa magia que despertada por los héroes de acá -de aquí abajo- compenetraba el mundo terrenal con lo de Allá -con lo de Allí Arriba-. Esa magia, en definitiva, que sacralizaba el plano físico de la existencia y que pretendía no sólo la transformación del hombre en Héroe (la activación de la sacralidad que le es innata) sino también la ordenación y armonización del mundo en el que vivía a la manera -y como reflejo- de la armonía y equilibrio que le es propio al mundo sutil  Superior y Metafísico.

Estos “exiliados en este mundo”, tipo Tolkien, es el Mundo de la Tradición el que sienten como suyo. Es este Mundo Tradicional al que maestros como René Guénon y Julius Evola opusieron como antítesis irreconciliable, sin lugares comunes ni intersección posibles, el ´mundo moderno´ cuya manifestación y desarrollo máximo padecemos en estos nuestros tiempos terminales.

Los héroes del universo creado por Tolkien deben superar lacras propias del mundo moderno como la de la codicia propia y la ajena, dominando la propia en lo que la tradición irania denominó la ´Gran Guerra Santa´ y derrotando a la ajena en lo que calificó como la ´pequeña guerra santa´. El anillo puede conducir a la codicia, a la maldad y a la sed de domino material a aquellos seres innobles y perversos que lo posean pero también puede embrutecer a aquellos otros que sin ser malvados puedan no estar preparados para entrar en contacto con ese objeto mágico, tal cual acontecía en ese Ciclo, de origen céltico-hiperbóreo, del Grial. La sola contemplación del Grial cegaba a aquél que ignoraba todo cuanto estuviese relacionado con el mundo sutil, pues la luz Espiritual causa pavor e inseguridad incontrolable a quien no conoce más que el samsâra, más que el mundo del devenir, más que el mundo sensitivo …a aquél cuyos enormes condicionamientos y ataduras hacia el plano físico-psíquico (que le otorgan la ´seguridad del esclavo´) se ven peligrar ante el brillo incondicionado de los mundos Superiores. Para el no Iniciado en los misterios del macrocosmos no queda otro destino que el de ser fulminado -como si fuese alcanzado por un rayo- al instante de haber osado sentarse en ´el asiento peligroso´ de la mesa redonda de los caballeros del rey Arturo …de esos caballeros en los que vemos reflejados a la Compañía del Anillo tolkiniana.

Pero si, por contra a los efectos deletéreos que puede provocar la posesión del anillo, su portador es merecedor de él los efectos serán benéficos, como acontece en el ciclo griálico para el caballero Parsifal, que habiéndose transformado en su interior (metanoia) está preparado para recibir la luz del Mundo Metafísico, sea ésta la de los planos sutiles del mundo manifestado o incluso, más allá de éstos, la de la pura Iluminación que impregna al Despertado a la Realidad Inmanifestada, Eterna, Incondicionada que se halla en el origen del cosmos. A su vez se debe reseñar que la misma visión del Grial supone en sí una señal o símbolo de que el caballero que la ha experimentado es, ya, a su vez, un Héroe; es, a su vez, alguien que ha conquistado la Inmortalidad mediante la Espiritualización de su alma o, al menos, alguien que se halla en avanzado camino de ello.

Los poderes mágicos que otorga el Grial son parangonables a los que concede el anillo a los hombres nobles, a los ariya (los nacidos dos veces: los nacidos a la Realidad Superior y Sacra) de los que nos hablan los textos sagrados de la tradición indoaria. Gracias al Héroe este mundo físico se ve compenetrado por el mundo mágico (por el mundo nouménico, sutil). El Héroe es aquél que supera su mera condición humana finita y caduca para revestirse y penetrarse de una condición más-que-humana, sobrehumana …ha realizado en sí, pues, una transformación ontológica, incluso cuando los obstáculos para ello podían, a priori, resultar insuperables, tal como podía parecer para esos seres de vida plácida, calma, tranquila, aldeana, timorata, utilitaria y hasta aburguesada como lo son los hobbits de las obras de Tolkien …ese Frodo Bolson que deja su pequeño, seguro y cerrado mundo de La Comarca para ser uno más de entre (inter pares) los de la Compañía del Anillo y convertirse en Héroe. Aquí, pues, el mensaje de Tolkien resulta diáfano: no existen condicionamientos que le puedan resultar fatales al hombre si éste decide recorrer la vía …la via remotionis que libera al hombre de ataduras condicionantes, le pone en conocimiento del mundo sutil, le hace uno con él y con sus potencias e incluso le lleva más allá de éste y le hace uno con el Principio Supremo Incondicionado y Perenne. El hombre es, pues, libre para elegir el camino que lo condene (que condene a su alma) al ciclo de la generación, a la rueda del devenir, o, por contra, es libre para elegir el camino (el Dêva-yana: la ´vía de los dioses´) que lo puede conducir a su Liberación: a la Conquista de la Eternidad.

La certidumbre que arroja la Tradición acerca de la libertad ínsita del hombre no admite determinismos insuperables a la hora de concebir la posibilidad que atesora el ser humano de poder despertar la semilla divina que anida aletargada en su seno, pues ni los devenires históricos, ni los condicionantes sociales, ni una suerte de Destino Fatal, ni ningún tipo de divinidad -como, verbigracia, las de las Religiones del Libro-omnicompresiva y todopoderosa representan una barrera insalvable para poder optar por recorrer la vía de la transustanciación y del renacimiento interiores. Ni tampoco la dinámica de los ciclos cósmicos que desde una lejana Edad de Oro han desembocado al actual estado de postración en el que se arrastra el hombre representa, en estas sus etapas más deletéreas, un escollo infranqueable para no sólo consumar la palingénesis transformadora de la persona sino que tampoco representa un muro infranqueable para la Restauración del Orden Primordial que acaeció en la Edad Áurea. Echando, de entre otros, mano de Hesíodo (de su obra “Los días y los trabajos”) Julius Evola describió perfectamente los llamados Ciclos Heroicos en los que se había podido -y era posible en cualquier época- revertir los procesos de decadencia por los que se estaba atravesando y reconquistar la Tradición Primordial perdida. Es en este contexto y bajo esta idea heroica donde cabe enmarcar las gestas de la Compañía del Anillo que buscan la derrota de un Mal que parecía haberse adueñado irremisiblemente de las riendas del mundo.

La lucha entre el Bien y el Mal (éste simbolizado por los señores oscuros: Morgoth, Sauron) es la lucha metafísica entre las fuerzas anagógicas (que Elevan al hombre hacia lo Alto) y las fuerzas catagógicas (que lo arrastran hacia lo bajo). Es una lid que se inicia, para la Tradición (como reflejan sus textos Sacros y Sapienciales), con el declive de la Edad de Oro o Satya-yuga. Es el combate metafísico entablado entre -echando mano del tantrismo- sattvas (fuerzas sutiles Liberadoras) y tamas (fuerzas de naturaleza ínfera) …combate en el que se ven envueltos los hombres y los seres del universo de Tolkien.

La Tradición concibe la existencia como lucha …lucha interna por derrotar lo primario y turbulento que bestializa y aturde al hombre y lucha externa combatiendo a los esbirros del caos. La figura del guerrero es en la obra de Tolkien y en el saber de los textos sagrados de la Tradición la única que puede Restaurar el Orden Primigenio. Es el guerrero Espiritualizado -es el Héroe, con mayúsculas- el que inaugura un Ciclo Heroico de la mano de los Teseo -rey sacro de Atenas- o de los Ulises -rey sacro de Ítaca- y Restaura la Edad de Oro perdida. Son guerreros los integrantes de la Compañía del Anillo, pues es el guerrero el que conoce de la ´vía de la acción´ y es acción externa -la ´pequeña guerra santa´- pero también ´acción interna´ -la ´Gran Guerra Santa- lo que se necesita para derrotar a las huestes del Mal que amenazan con adueñarse del mundo  y para derrotar también a lo ínfero que nos intenta fijar a un tipo de existencia meramente animal, embrutecida y pulsional.

 

Los basamentos Tradicionales del universo construido por Tolkien son incuestionables. La mitología nórdica es una de sus fuentes de inspiración, pues en Tolkien se pueden rastrear influencias de los Eddas, como lo es en el mismo nombre del mago Gandalf o hasta la misma caracterización física de éste, que nos recuerda una de las encarnaciones de Odín: la de Vegtamr, por su larga barba blanca, su bastón de caminante o su sombrero de ala ancha. La Tierra Media en la que discurren los avatares de la obra de Tolkien está inspirada en el Mitgard -el mundo de los hombres- de la también mitología nórdica. Incluso parece ser que también del Kalevala finlandés (y de un objeto mágico que en éste aparece, el Sampo) toma inspiración nuestro autor a la hora de idear todo el poder y las consecuencias varias que rodean al Anillo Único.

No cabe, pues, ante todo lo enunciado, más que concluir que bajo el prisma de la Tradición el universo elaborado por J.R.R. Tolkien es un universo antagónico a este caótico, gregario, masificado, inorgánico, igualitarizante, anodino, utilitarista, pusilánime, materialista, infausto, ramplón, adocenado, resignado, desangelado, individualista y egoísta mundo moderno por una de cuyas fases más oscuras atravesamos. Es el del autor del Silmarillion, del Hobbit y de El señor de los anillos un mundo de Orden -a imagen del ordo y armonía cósmicas-, de jerarquía, de diferencia, de organicidad, de personalidad, de valentía, de honor, de fidelidad, de lealtad, de autosacrificio, de señores indómitos e inquebrantables y de magia y Espiritualidad …Es, por todo, el universo de Tolkien un universo de genuino corte Tradicional.

 

Eduard Alcántara

*Este trabajo nuestro es uno de los que forman parte del monográfico dedicado a Tolkien que fue  editado por Editorial EAS en la colección “Pensamientos & Perspectivas”: http://editorialeas.com/shop/pensamientos-perspectivas/tolkien-redescubriendo-el-lenguaje-del-mito-y-la-aventura/

Anuncios


PRÓLOGO A “RIVOLTA CONTRO IL MONDO MODERNO”
septiembre 25, 2017, 11:00 am
Filed under: Eduard Alcántara, Tradición

Una de las dos partes en las que se divide esta obra capital del gran intérprete italiano de la Tradición versa sobre el transcurrir de un determinado tipo humano desde los orígenes del actual ciclo humano (o, utilizando terminología cara al hinduismo, Manvantara) hasta nuestros tiempos más recientes. Se trata de una metafísica de los avatares protagonizados o sufridos por dicho tipo humano y no de un recorrido por sus aconteceres al dictado de las pautas formuladas por la llamada ciencia histórica. El fruto de este análisis metahistórico es la constatación de un proceso de caída que iría desde una Edad de plenitud Trascendente hasta otra, la actual, de congoja existencial, disolución total en el plano de lo material y rudo embrutecimiento. El maestro romano nos describe este proceso involutivo con una nitidez sin par …y lo hace a través de las doctrinas de la ‘regresión de las castas’ y de las Cuatro Edades desgranadas en la tradición indoaria y que tiene, especialmente en el caso de la segunda, equivalentes en textos como “Los trabajos y los días” del griego Hesíodo. Remitir a la lectura de “Rebelión contra el mundo moderno” es, sin duda, el mejor modo de apelar a la comprensión del porqué y el cómo de la involución hacia la presente animalización.

Evola nos habla de un tipo humano, al que en ocasiones denomina ‘hijos de los dioses’, que en illo tempore protagonizó una Edad de Oro (Satya-yuga, en términos del hinduismo) en la cual la experiencia del plano Superior de la existencia no representaba una meta a conquistar sino una realidad vivida de manera natural. Nos sitúa esos tiempos en un lugar situado en el septentrión de nuestro planeta, allá donde los diferentes textos sacros -a Oriente y Occidente- hablan de Thule, Hiperbórea, el Aryanem Vaejo, el Monte Mêru o la Isla Blanca. Se trataría de un enclave en el que, a diferencia de la crudeza climática actual, reinaría un clima templado, casi como el de una primavera continua, debido al hecho de estar conformado por unas tierras insulares que al estar rodeadas, como tales, por agua verían atemperadas sus temperaturas. Según clasificación de la ciencia geológica por aquel entonces se viviría en la era del pleistoceno o Edad Glacial. Sin embargo, según señala esa misma rama de la ciencia, en el seno de la Edad Glacial tuvo lugar un período interglacial en el cual las bajísimas temperaturas cedieron a otras más agradables. Incluso hay geólogos que ya hablan de la existencia no de uno sino de varios períodos interglaciales en el seno del pleistoceno. Pues bien, sería en ese interregno (o en uno de esos) –en ese ínterin- cuando debemos situar esa tierra, sede de un áureo existir, descrita por las diferentes tradiciones sapienciales.

La narración que en los primeros capítulos de la Segunda Parte de “Rivolta contro il mondo moderno” (“Rebelión…”, para nuestra edición en castellano) realiza el maestro italiano para situarnos en esa Edad de Oro y en su enclave geográfico se ve reforzada en su verosimilitud por los trabajos de otros autores interesados en esta temática. Así, podríamos destacar de forma especial el libro “El hogar ártico de los Vedas” (1.903) (1), del autor indio Bal Gangadhar Tilak, en el que un estudio pormenorizado de los Vedas indoarios y del Avesta iranio nos aboca a la certeza de que el Satya-yuga no pudo tener lugar en ningún otro lugar más que en las latitudes cercanas al Polo Norte, en esos enclaves que irían desde el Círculo Polar Ártico hasta el dicho Polo Norte; en parajes, pues, circumpolares. Tilak nos muestra los pasajes védicos y del Avesta, descriptivos de las condiciones astronómicas de la Edad Áurea, en los que se hace mención a esos días y esas noches que se prolongan, sin interrupción, por meses; lo cual es exclusivo del área circumpolar. O nos señala aquellos otros cantos védicos y avésticos en los que se describen fenómenos meteorológicos como los de las auroras boreales que sólo pueden ser vistos en aquellas latitudes septentrionales.

Julius Evola nos habla de una primera posible migración protagonizada por esos ‘hijos de los dioses’. Se trataría de una que tomaría la dirección sudeste, atravesando lo que hoy es Europa y adentrándose, con profundidad, en Asia. Después, aconteció una segunda migración, en dirección sur, hacia el norte de otra tierra rodeada de un halo mítico: la Atlántida; sabemos que autores clásicos como Platón o Plotino no dudaron de su existencia. Allá esas gentes hiperbóreas o boreales venidas del norte planetario establecieron una subsede de Thule, una prolongación del hogar áureo. Y desde ella protagonizarían desplazamientos tanto hacia el oeste (tierras americanas) como hacia el este, arribando, en este caso, a la fachada occidental de Europa y siendo, con posterioridad, los autores del megalitismo. El maestro romano concreta en los míticos Tuatha de Dannan -los también denominados ‘helenos del paleolítico’- a algunos de los protagonistas de esta migración; los textos celtas hablan de ellos como de huestes solares: como de seres divinos. Estos pueblos de origen noratlantídeo serían el Cromagnon u Hombre de Aurignac descrito por la ciencia antropológica; ciencia que ignora su origen áureo y pretende situarlo  como el resultado de un fantasioso proceso evolutivo que le haría descender de homínidos con los que, en realidad, ninguna relación de parentesco tiene.

Estos pueblos de procedencia noratlantídea serían también los autores de las pinturas rupestres encontradas en la mencionada fachada atlántica de Europa, en la que primeramente pusieron sus pies: Lascaux y Altamira serían dos ejemplos significativos de ello. A diferencia de lo afirmado por la historiografía oficial no viven en cavernas sino que en ellas se introducen para realizar ritos de carácter Iniciático: ritos de transustanciación interna que transporten al yo hacia el Ser, hacia el Principio Primero inmutable y eterno (2); similar finalidad, p. ej., tendrían los dólmenes.

Y si en su emigración, desde el Norte de la Atlántida, hacia tierras americanas originaron ciclos solares (3) en su camino desde la fachada atlántica de Europa hacia el este los hallamos en el origen de otra civilización de espiritualidad originariamente solar: la egipcia; que, de hecho, es bastante anterior, al igual que sus monumentos más emblemáticos y significativos  -como las mismas pirámides- de lo cifrado por la historia oficial. Un recorrido, éste, que abarcó tanto la ribera sur de Europa como la norte de África y cuya direccionalidad oeste-este queda hasta corroborada científicamente por el análisis realizado con Carbono 14 sobre los conjuntos y restos megalíticos situados en ambas orillas del Mar Meditérraneo, pues cada conjunto situado más al oeste presenta una antigüedad de unos 40 años más que los restos hallados algo más al este de aquél; esto demuestra un movimiento prácticamente cíclico de esos pueblos noratlantídeos en su desplazamiento hacia oriente. Desplazamiento que les hizo adentrarse en tierras asiáticas y que estaría en la base de culturas como la tibetana de los Bon y los Dropa, en la cual, aparte de elementos propios de la preexistente cultura mongoloide también se han rastreado otros consustanciales a un tipo de espiritualidad solar, olímpica y viril como la que tiene su origen en sede ártica. Desplazamiento que más que probablemente debemos ver dejado su sello en China y en textos sapienciales como el I Ching (del que con posterioridad hay que rastrear su impronta en el taoísmo formulado por Lao Tsé en su Tao-tê-king). Y desplazamiento que debe guardar relación directa con la existencia del pueblo ainu en Japón; recordemos que la inmigración mongoloide a tierras niponas aconteció en un período posterior y relativamente reciente: hacia el inicio de la era cristiana -hace, pues, aproximadamente unos 2.000 años.

El mito y las tradiciones y textos sacros nos hablan de un cataclismo, en forma de inhóspita glaciación, que asoló de manera especialmente cruda las latitudes septentrionales de la Tierra. Se trataría del final del benigno -climáticamente hablando- período interglacial propio del geológico pleistoceno. Dichos textos correlacionan -y hacen derivar- esa catástrofe con una caída espiritual de nivel que se habría, pues, reflejado, exteriormente, en la irrupción de esas terribles heladas (4). Como consecuencia de ellas los hombres boreales hubieron de abandonar su hogar circumpolar y desplazarse hacia el sur, estableciéndose en tierras del norte de Europa y, posteriormente (una vez ya finiquitado el pleistoceno y, por tanto, discurriendo el holoceno -la etapa geológica postglacial por la que, a día de hoy, seguimos transitando) descendiendo hacia el centro de la Península Escandinava, dando, entonces, origen al urheimat -o lugar originario- indoeuropeo (5). A partir de este momento ya sí se puede hablar de este tronco antropológico y de su correspondiente lengua (el indoeuropeo originario). Este pueblo se desplaza algo más hacia el sur de la actual Suecia dando forma, ya en el llamado Neolítico, a la cultura de Ertebolle-Ellenberck, que es considerada como la vagina gentum de los pueblos indoeuropeos, esto es, la cultura y el enclave a partir de los cuales estos pueblos se irán diversificando y desplazando hacia destinos geográficos diversos. Así, también hacia el sur de la actual Suecia florecería la ‘cultura de los vasos de embudo’, para posteriormente, continuando con estos flujos de poblaciones indoeuropeas, constituirse -hacia zonas no alejadas del Mar del Norte y, sobre todo, del mar Báltico- la ‘cultura de los vasos globulares’ y, tras ésta, la de la ‘cerámica cordada’; también conocida como la del ‘hacha de doble filo’. Siguiendo, desde su original enclave escandinavo, esa diagonal de la que nos habla Evola llegan a tierras de la actual Ucrania y, aquí, aparece la ‘cultura de los Kurganes’ o de los ‘túmulos’ (por ser en lo alto de éstos donde se depositaban en urnas las cenizas de los fallecidos) (6). Posteriormente arribarán donde hoy en día se halla Irán y se constituirá la cultura irania, de cuya concepción del Hecho Trascendente representa insuperable testimonio su libro sagrado: el Avesta; del cual ya mencionamos su descripción estacional, fenomenológica y/o climática del hogar en el que se vivió la Edad de Oro y que no pudo ser otro que el polar y circumpolar de nuestro planeta …certidumbre que también se corrobora en los Vedas de esa India que igualmente alcanzaron después las gentes indoeuropeas; o, ya allí, indoarias.

El por algunos denominado como ‘el último gibelino’ -Evola- nos sigue explicando que desde aquellas tierras del norte de Europa, desde las que tuvo lugar este movimiento migratorio en diagonal que llega hasta la India, también acaeció, con posterioridad, un segundo flujo en dirección norte-sur encarnado en los aqueos y dorios que encontramos en los orígenes de la civilización griega o en los latinos que fundaron Roma. Asimismo nos habla de que, desde ese emplazamiento del norte europeo, aconteció, bastante después, la tercera y última emigración, también en sentido norte-sur, que sería la de los pueblos germánicos que acabaron, a partir del s. V d. C., invadiendo el Imperio Romano occidental: visigodos, francos, ostrogodos, lombardos, vándalos, suevos,… Nos señala Evola que debido a su lejanía temporal con la Edad de Oro hiperbórea cuando estos últimos pueblos emprenden su recorrido norte-sur lo hacen ya profesando formas religiosas que, aunque son el reflejo de la originaria sabiduría y espiritualidad solar, se hallan prácticamente, en sus ritos, vaciadas de poder operativo transformador y representan sólo un eco lejano de la Edad Primordial. Es por tal motivo por el que el abandono de sus creencias politeístas y su conversión al cristianismo no resultarán especialmente problemáticos.

El gran intérprete italiano de la Tradición también se ocupa de explicarnos los orígenes de otros pueblos y/o razas. Y así sitúa, retrotrayéndonos en el tiempo, en la, aproximadamente, mitad sur de la Atlántida a poblaciones fínico-mongoloides, cuyas emigraciones posteriores se esparcieron por tierras asiáticas, por islas de Oceanía y por todas las latitudes de América; si no, en este último continente, directamente desde la Atlántida sí a través, desde Asia, de un congelado Estrecho de Bering.

Julius Evola igualmente nos narra cómo aquellas gentes noratlantídeas que se habían constituido en subsede de la solar Hiperbórea empiezan también a decaer interiormente y, tras sucesivos procesos involutivos, acaban profesando formas meramente religiosas (y no vías interiores de realización espiritual), sacerdotales, lunares y devocionales. Acaban posicionándose pasivamente ante el Hecho Trascendente y se abocan hacia el matriarcado y la ginecocracia. Se amputa la posibilidad de despertar el Principio Supremo Sacro que anida en el interior del hombre y de hacerse uno con lo Superior y Eterno. Esta caída interna les aboca a mezclarse con las razas fínico-mongoloides sudatlantídeas y a acentuar todavía más su alejamiento de un tipo de Espiritualidad Solar y Olímpica (7). Del resultado de esta hibridación surgen, por un lado, pueblos como los pelásgicos, de cultos telúricos o ‘ctonios’ (siguiendo léxico evoliano), que arribaron a las costas meridionales de Europa y a las septentrionales de África y, surgen, por otro lado, los pueblos semitas. Tal como aconteció con el fin traumático del hogar boreal de la Edad Primordial el maestro romano también percibe el cataclismo que supuso la desaparición de la Atlántida bajo las aguas como la consecuencia externa de esta total debacle interna.

En definitiva, el maestro transalpino, de acuerdo a su vocación shatriya o guerrera, no se conforma con transmitirnos una certera y pormenorizada composición de lugar acerca de lo que se debe entender por Tradición y las formas que, en diferentes épocas y lugares, ésta adquirió. Tampoco se conforma con explicarnos cómo desde unos orígenes sacros los ‘hijos de los dioses’ han sucumbido y se han enfangado en los lodazales del mundo moderno. Sino que hace votos para que tras la lectura de este libro capital los haya quienes se decidan a emprender una “rivolta contro il mondo moderno”. Pretende que los descendientes de aquellos que en la Tierra hiperbórea Primordial vivían la Espiritualidad con absoluta normalidad o eran, tras un primer descenso de nivel, capaces de reavivarla protagonicen, tal como concibió Hesíodo, un Ciclo Heroico y restauren el Orden Tradicional perdido. Pues la semilla de lo Trascendente, Perenne y Sacro sigue anidando, por muy aletargada que se halle, en el interior del hombre de ancestral linaje áureo. Si aquel Hombre Boreal, su descendiente noratlantídeo y los herederos de ambos -tal como del boreal fue el hombre indoeuropeo- tuvieron la certeza de ser ‘hijos de los dioses’ y su luz existencial fue la luz de lo Alto Evola bregó con sus libros y su vida para que los últimos vástagos de aquellos Hombres luminosos de antaño lucharan en pos de su Despertar interior y de la Restauración de la Tradición perdida.

 

 

NOTAS:

(1) La editorial Retorno tuvo a bien publicarlo en castellano hace pocos años, introducido por un prólogo, a cargo de los editores, de un interés excepcional.

(2) En el Medievo, como botón de muestra, podemos encontrar ritos similares cuando los Iniciados templarios se aislaban en la oscuridad de un receptáculo situado bajo el techo de sus monasterios, con el objeto de descondicionarse al amparo de la soledad del pequeño habitáculo (‘bajada a los infiernos’ o proceso de ‘ennegrecimiento’ y ‘putrefacción’ según la tradición hermético-alquímica; el nigredo u ‘obra al negro’). Se trataba de eliminar escorias psíquicas y de domeñar impulsos descontrolados, pasiones desaforadas, sentimientos exacerbados, pulsiones y submundo inconsciente y subconsciente.

(3) Rastreables en el “blanco y solar” Quetzalcoatl y en el linaje, emparentado con él, de los toltecas o tultecas (con el recuerdo de Tula o Thule). Y rastreables, asimismo, en el Viracocha andino o entre los fundadores de los incas y los aztecas (o “aztlantecas”, de Aztlan o ‘Isla Blanca’) de los que se habla en sus mitos.

(4) Tal vez podríamos calibrar la naturaleza de esa caída espiritual en el paso desde una original capacidad para vivir la Trascendencia en el plano ordinario de conciencia hasta la pérdida de ese estado natural de ser uno con lo Alto. Sucediendo, por tal motivo, que tras este descenso el plano Metafísico de la realidad ahora sólo podrá ser apercibido y conquistado a través de la Iniciación y, especialmente, en ‘un tipo de hombre diferenciado’ (utilizando expresión evoliana) que se acabará constituyendo en la primera casta o estamento de un orden que todavía hemos de considerar Tradicional, pues esta primera casta sacro-dirigente impregnará con su Espiritualidad al resto del cuerpo social.

(5) El germano-holandés Herman Wirth, gran estudioso multidisciplinar, descubrió inscripciones rúnicas en latitudes situadas más al norte incluso de la zona central escandinava donde se ubica la zona de gestación del pueblo indoeuropeo, tendiendo, así aún más si cabe, un mayor número de puentes entre la urheimat de este pueblo y el origen circumpolar del que proceden los antepasados del mismo.

(6) La antropóloga lituana Marija Gimbutas estableció, erróneamente, esta ‘cultura de los kurganes’ como la de la patria originaria del mundo indoeuropeo; obviando todo el recorrido anterior protagonizado por estas gentes.

(7) Evola habla incluso de otro enigmático continente, Lemuria, situado hacia latitudes al sur de la Tierra en la que también habitarían razas mongoloides y negroides.

 

Eduard Alcántara



LA ETAPA TRADICIONALISTA DE EVOLA: INFLUENCIAS

La etapa ya meramente Tradicionalista de Julius Evola, la etapa definitiva tras el paso por las dos anteriores -la vanguardista y la filosófica (1)- que podríamos considerar como preparatorias de ésta, abarca desde el inicio de la década de los años ’30 hasta la defunción de nuestro gran intérprete de la Tradición el 11 de junio de 1.974.

La configuración definitiva de la cosmovisión Tradicional del maestro romano tiene influencias definitivas, de manera especial, en tres autores: René Guénon, J.J. Bachofen y Hermann Wirth.

Del francés Guénon Evola hace suya la caracterización de dos categorías existenciales y vitales a las que en diferentes épocas ha adherido el hombre, cuales son ‘El Mundo de la Tradición’ y ‘el mundo moderno’. La visión que del mundo y de la existencia es propia de cada una de ellas se constituirá en el eje a partir del cual el maestro italiano hará girar los diferentes estudios que realice a lo largo de estas definitivas cuatro décadas y media de su vida. La antítesis representada, por un lado, por un tipo de hombre (El Hombre de la Tradición (1)) que consagra todo su existir y que lo hace en el seno de unas comunidades que hacen lo propio (Mundo Tradicional) y, por otro lado, por otro tipo de hombre (el hombre moderno) y por otro tipo de sociedad cuyos lazos con lo Alto se han roto y cuyos accionares se ven abocados al más rudo materialismo (mundo moderno), le aportarán, dicha antítesis, a Evola las claves definitivas para ajustar el punto de mira de todos sus análisis y estudios.

Del suizo J. J. Bachofen sacará buen rédito de sus trabajos acerca de la morfología de dos tipos de culturas y civilizaciones antagónicas que se habrían ido sucediendo a lo largo de la historia de la humanidad: unas de corte patriarcal, que entiende de lo aristocrático, de lo diferenciado, de la forma, de lo jerárquico y de un tipo de espiritualidad viril, apolínea, solar y olímpica y, otras, en cambio, de tipo matriarcal, que entiende de lo ginecocrático, igualitario, de lo promiscuo e indiferenciado y de los cultos de carácter telúrico, ctonio y lunar. Cabe, en otro orden de cosas, señalar que el autor suizo se hace acreedor de un cierto evolucionismo que Evola no comparte, pues sitúa en los orígenes del discurrir humano por el tiempo a las sociedades de carácter matriarcal que habrían sido, felizmente en determinados períodos, sustituidas -en un sentido evolutivo-por otras de carácter patriarcal, cuando, contrariamente a este planteamiento, el maestro italiano sitúa en los orígenes (y de acuerdo a las diferentes tradiciones y textos sacro-sapienciales) a las comunidades de tipo patriarcal (en la Edad de Oro o Satya-yuga) y, posteriormente a éstas – como resultado de un proceso involutivo, de caída-, a las sociedades de naturaleza matriarcal.

Del holandés Hermann Wirth Evola muestra mucho interés por sus investigaciones arqueológicas, ya que a través de los hallazgos efectuados por el investigador neerlandés (en los que el elemento rúnico no es precisamente baladí) se demuestra que si bien el origen de los pueblos indoeuropeos habríase de ser situado en la escandinava cultura de Ertebolle-Ellenberk, estos pueblos son herederos de otros protoindoeuropeos cuyas huellas se remontan todavía más al norte. Es así que Evola retrotrae su hogar originario a los míticos (2) Thule o Hiperbórea de la tradición grecolatina, al Aryanem Vaejo del Avesta iranio o a ese Monte Meru del que hablan los Vedas …a esa, pues, tierra que habría estado situada en las latitudes más septentrionales del Planeta y en la que habría acontecido la Edad de Oro o Satya-yuga (o Krita-yuga): la Tradición Primordial.

Las aportaciones de estos tres autores le resultan al maestro romano capitales a la hora de su desarrollo de una metafísica de la historia, de una morfología del Mundo de la Tradición y de otra del mundo moderno.

 

NOTAS:

  • Algunos de los principales rasgos definitorios de este tipo de hombre se pueden seguir en nuestro libro “El Hombre de la Tradición” (Editorial EAS).
  • “La etapa filosófica de Evola: influencias”: https://septentrionis.wordpress.com/2017/07/21/la-etapa-filosofica-de-evola-influencias/
  • El carácter mítico de ese hogar originario de la Edad de Oro seguramente reviste un carácter también real, tal, como por ejemplo, pensamos que queda demostrado tras la lectura de la obra del autor indio Bal Gangadhar Tilak “El hogar ártico de los Vedas” (Editorial Retorno).

 

Eduard Alcántara

eduard_alcantara@hotmail.com



ROSTRO Y MÁSCARA DEL ESPIRITUALISMO CONTEMPORÁNEO
abril 10, 2017, 12:04 am
Filed under: Eduard Alcántara, Espiritualidad, Metafísica, Tradición

Hemos comentado con personas varias y en momentos diferentes ciertos aspectos sobre el fondo de algunos personajes o grupos que el lector no avesado podría creer tratarse de autores o grupos de obediencia Tradicionalista cuando, por el contrario, se trata de pensadores o de grupos marcadamente antitradicionales que a menudo confunden el esoterismo con lo paranormal, con lo mental y lo psíquico si no con el subconsciente. Es por esto que hemos querido titular este recopilatorio con el mismo título de la obra en la que Evola denunció, en 1.932, ciertas corrientes de falsa espiritualidad.

Asimismo vertimos unos comentarios de dos autores que en lugar de hallarse en esta aparente línea pseudoespiritualista pudieron haber mostrado ciertas vetas de bien dirigida Espiritualidad.

 

RUDOLF STEINER

Ante corrientes, como la teosofía de Madame Blavatsky, tan insostenibles desde un punto de vista Tradicional ha habido quienes, desde posiciones que sinceramente pugnan por poner tierra de por medio con el Sistema de Valores Imperante, han querido ver en el antroposofismo de Rudolf Steiner algo bien alejado de tanto aspecto problemático como presenta el teosofismo y algo que, en esta ocasión sí, no sería una espuria corriente más de la falsa “espiritualidad” que irrumpió ya en la segunda mitad del s. XIX y que continuó bien pujante durante las primeras décadas del siglo pasado; algo, en definitiva, distinto. Personalidades reputadas en su oposición al Establishment como Massimo Scaligero fueron alumnos (fue alumno) del antropósofo Giovanni Colonna di Cesarò, uno de los colaboradores del Gruppo di Ur que en las postrimerías de los años ’20 del S. XX se constituyó bajo la batuta de Julius Evola y de Arturo Reghini. Circunstancias como éstas a alguno le han animado a creer que la antroposofía no bebía de las aguas turbias de los subproductos engendrados por la Revolución Francesa, pero la realidad es otra bien diferente tal como nos lo expone el mismo Evola en su obra “Rostro y máscara del espiritualismo contemporáneo” (1.932), pues al margen, nos dice éste, de lo positivo que representa el que Steiner considere la necesidad de una ciencia de lo Suprasensible (1) que no dé cancha, como tal, en este terreno del Conocimiento Sacro, a la imaginación y a las ocurrencias, al margen, señalábamos, de este apunte positivo nos topamos con otros negativos que nos hacen darnos de bruces con los lugares comunes del humanismo antropocentrista y de las ilustradas Declaraciones Universales de los Derechos Humanos.  Así, en esta línea, defiende Steiner que el desarrollo de las energías naturales y sobrenaturales del hombre deben focalizarse en pos del progreso y bienestar de la humanidad y que, ante este fin primordial, aquél que haya llegado a altas cotas de transformación interior debe incluso renunciar al nirvana, al Despertar, a la Gnosis de lo Eterno e Incondicionado y a la Identificación de su ser con el mismo Principio Primero Imperecedero. El fin, pues, de toda auténtica doctrina Sapiencial queda relegado y subordinado a un objetivo meramente inmanentista de corte humanista.

Steiner hace suyo uno de los pilares fundamentales de la modernidad cual es la idea de progreso, tan de la mano éste como va del antitradicional evolucionismo (2). El mismo descendimiento de Cristo, su manifestación en el mundo, formaría parte de un proceso evolutivo que contemplaría -por mor de una ley fatal y predeterminada (3)- no sólo el evolucionismo darwinista sino que incluso concebiría una suerte de evolucionismo de dimensión quasi planetaria que habría tenido como uno de sus principales hitos el dicho descendimiento de Cristo, a partir del cual lo divino pasa a formar parte de lo humano, cosa que no habría acaecido hasta ese momento y que probaría esa evolución de la que el hombre no sería ajeno, pues antes de que ocurriera esa manifestación de Cristo el hombre no habría poseído Espíritu (la dimensión Trascendente) y éste hallaríase situado fuera de él: en los dioses.

 

NOTAS:

(1) Consúltese nuestro “Ciencia sacra y conocimiento” en https://septentrionis.wordpress.com/2009/07/05/ciencia-sacra-y-conocimiento/

(2) “Contra el darwinismo”: https://septentrionis.wordpress.com/2009/02/19/contra-el-darwinismo/

(3) A propósito del fatalismo se puede consultar el capítulo III de nuestra obra “Reflexiones contra la modernidad”, Ediciones Camzo. El mismo también se puede leer en “Evola contra el fatalismo”: https://septentrionis.wordpress.com/2010/08/19/evola-frente-al-fatalismo/

 

SAMAEL AUN WEOR

Suponemos que desmontar el camino “reencarnacionista” (1) de Samael Aun Weor puede llegar a ser traumático para sus seguidores, pero con la lectura del Bardo Thödol (libro tibetano de los muertos) se desmoronaría, como un castillo de naipes, ese fantasioso periplo “reencarnacionista”, del que dice haber sido sujeto Aun Weor, que pasa, entre otras muchas, por figuras como la del militar que luchó al lado del Emperador Alejandro Magno, como la del mismísimo Julio César, como la de Thomas de Kempis o como la del español Marqués Juan Conrado quemado por orden de Tomás De Torquemada.

Por otro lado sus bases doctrinales son del todo antitradicionales: teosofismo, antroposofismo,… No estaría de más que sus fieles leyesen obras como “El Teosofismo. Historia de una Seudoreligión” (Guénon) o “Rostro y máscara de la espiritualidad contemporánea” (Evola).

De infantil, de esa pseudoespiritualidad new age y de secta ufologista tiene el tufillo eso de que Samael Aun Weor es “el nombre del Arcángel, regente del planeta Marte”, que se logró encarnar en un soporte físico llamado  Víctor Manuel Gómez Rodríguez. Y también a new age y a la Blavatsky (inventora de ´razas matrices´) nos huelen sus elucubraciones sobre “la raza coradi que aparecerá tras la desaparición de la raza aria”.

NOTAS:

(1) Remitimos a nuestra “La ilusión reencarnacionista”: https://septentrionis.wordpress.com/2009/02/08/la-ilusion-reencarnacionista/

 

KRISHNAMURTI

Evola reconoce en Krishnamurti expresiones que prometen y que parecen que lo sitúen en la vía adecuada. Pero enseguida nos pone en alerta sobre la ambigüedad de lo que afirma. Ambigüedad que, por ejemplo, se refleja al hablar de la necesidad de liberarse de lo condicionante sin definir cuál es el objetivo final de dicho descondicionamiento.

El maestro italiano también nos avisa de la ruptura de Krishnamurti con la Tradición al no admitir -el indio-  vías prefijadas a seguir en los procesos internos que él propone. Parece que en la mente de Krishnamurti lo espontáneo tendría mucho que decir en dichos procesos liberadores internos; lo cual, entre otras razones, lo sitúa dentro del neomisticismo. Así nos dice Evola que para Krishnamurti:

“Cuando caen por tierra todas las barreras, cuando no hay nada en nosotros que sea determinado por el pasado o por lo ya conocido, nada que tienda hacia algo, en ese momento podría tenerse conocimiento del verdadero sí, la aparición de lo que Krishnamurti alguna vez llama  ´lo desconocido´, como un hecho espontáneo y con carácter de imprevisto, y no como el ´resultado´ de una disciplina, de un método y de una iniciativa del yo.”

Y en el mismo sentido, sobre lo antitradicional y lo espontaneísta de la doctrina del autor indio,  Evola nos escribe que: “en una declaración reciente incluyó al mismo zen (junto con el hinduismo, con el método cristiano y con ´todos los sistemas´) entre las ´patrañas´, diciendo que una mente que se ejercita en base a cualquier sistema o método ´es incapaz de comprender lo que es verdadero´.”

Otra crítica que le realiza tiene que ver con aquello de echarle perlas a los cerdos o con aquello otro de sentarse (quien no ha visto la Luz) en el asiento peligroso; en el que sería inmediatamente fulminado. Concretamente  Evola nos empieza por recordar una enseñanza hinduista que reza así: “Que el sabio no turbe con su sabiduría la mente de los ignorantes”. Para seguidamente ponernos sobre aviso de lo problemático de: “Venir a proponer ideas, que son verdaderas, si acaso, al nivel de un verdadero ´liberado´, a aquellos desorientados que, como los hombres modernos, tienen demasiados incentivos que los lanzan al caos y a la anarquía, no es ciertamente una cosa sabia.(…) Parece que Krishnamurti no se preocupa de esto: incita democráticamente a todos a la gran rebelión y no a aquellos pocos para quienes solamente ella puede ser saludable y verdaderamente liberadora.”

 

GUSTAV MEYRINK-ALEISTER CROWLEY

El caso representado por Gustav Meyrink puede ser parecido al de Aleister Crowley, en el que las apariencias conformadas por las experiencias y por los simbolismos que utilizó le catalogaron, rápidamente, -antes los ojos de la moral pequeño burguesa- como un completo satanista. Sin embargo hay unos leit motiv en sus obras (“el hombre es una estrella…”) que parecen que miran hacia lo Alto. Suponemos que en la obra de Meyrink las turbulencias, situaciones desgarradas y desgarradoras y lugares angustiosos que son descritos no deben ser bien comprendidos por ciertas mentes bienpensantes. En lugar de cortocircuitos al orden moral existente con el objetivo de aspirar a percibir estados de conciencia diferentes a los ordinarios habrá quien no vea más que el actuar de fuerzas deletéreas y disolventes. En mentes cercanas a religiones lunares y de moralidad agobiante típicas de la luz del sur resultarán dífíciles de asimilar y de aceptar esos golpes a la moralidad que tan próximos se hallan a la doctrina de ´cabalgar el tigre´, en la cual todo lo que es disolvente para el común de los mortales puede ser utilizado provechosamente para el que se quiere descondicionar.

 

CARL GUSTAV JUNG

Los hay quienes desde sus inquietudes espirituales se han asido a las tesis de Jung de forma casi entusiasta al considerarle como una de las escasas mentes privilegiadas que, entre tanto intelectual de renombre de talle materialista y/o positivista, entendió, supuestamente, de otro tipo de Realidades de orden Superior. Sin embargo andan bien errados al creer esto, ya que todos aquellos arquetipos irreductibles de los que habla Jung no serían más que productos de lo ínfero y no de lo Superior, pues en el sistema del psicoanalista suizo dichos arquetipos emanan del “insconciente colectivo” (fuente de suministro del inconsciente personal), esto es, de lo ínfero del ser humano (y que éste debería domeñar en el seno de un genuino sentido de la Espiritualidad) y no emanan, como debería ser, de lo que de Superior dicho ser humano tiene.

Para Jung los mismos mitos no reflejarían Realidades Trascendentes y Supraconscientes (además de valores perennes) sino que serían productos emanados a partir de esos arquetipos que, según este autor, anidan en el “inconsciente colectivo” de la humanidad.

Si se habla de “insconsciente colectivo” se debería, desde la óptica de la Tradición, pensar que más que de mero psiquismo (al que sí corresponde el inconsciente personal; aunque no tanto el concebido por Jung, ya que para este autor el inconsciente personal sería, como hemos señalado, emanación del colectivo), si se habla, decíamos, de “inconsciente colectivo, se debería hablar de algo parecido a una especie de totem o demon indiferenciado e indiscriminado (pues es referido a toda la humanidad sin distinción de razas o estirpes) que imprime una determinada impronta colectiva y gregaria fatalmente determinante del actuar del hombre y coartante del principio Tradicional de la libertad humana consistente en buscar o no el camino de la realización interior Liberadora. No se olvide, como dato ilustrativo, que en las vías de ultratumba que concibe la Tradición la integración del alma (psique) del fallecido en el totem o demon común a su estirpe se halla en lo que el hinduismo denominó como pitra-yâna (vía de los antepasados) que espera a los más (los que no han superado los condicionantes propios del sâmsara o mundo del devenir) ante la vía de la Liberación a la que pueden acceder unos pocos seres de cualificación y aptitud superiores, que correspondería al dêva-yâna (o vía de los dioses).

 

Eduard Alcántara

eduard_alcantara@hotmail.com

 



“El Hombre de la Tradición” (conferencia)
abril 9, 2017, 3:15 pm
Filed under: Eduard Alcántara, Espiritualidad, Metafísica, Tradición

Nuestros amigos de la Legiâo Vertical han considerado el publicarnos la conferencia que hace unos años pronunciamos sobre “El Hombre de la Tradición”:

http://legiaovertical.blogspot.com.es/2017/04/o-homem-da-tradicao-conferencia-de.html

 



LOS HÉROES: MITAD DIOSES MITAD HOMBRES
marzo 19, 2017, 10:13 pm
Filed under: Eduard Alcántara, Espiritualidad, Metafísica, Tradición

Todas las tradiciones sapienciales han sabido ver en el hombre ese potencial espiritual que anida en su fuero interno, como formando parte de su misma esencia. Por mor de ese entender el cosmos como el resultado de la manifestación del Principio Primero Inmanifestado y Eterno esas tradiciones sacras han concebido siempre que esa figura clave de la dicha manifestación cual es el hombre es portadora de la esencia misma de ese Principio Supremo e Imperecedero. Por ello han sostenido que el ser humano la alberga cual si se tratase de una especie de semilla que no ha germinado pero que podría hacerlo si así su portador se lo propusiese. Hemos, pues, de considerar que se halla en estado latente, cual si de una larva se tratase. Que pase de potencia a acto depende del uso que haga el hombre de su libertad; de esa libertad que lo puede Liberar (en sentido Absoluto) o que, por el contrario, lo perpetúa en la rueda del devenir.

El Primer Principio o -acordándonos de la tradición hinduista- Brahman se manifestó, decíamos, formando el cosmos y lo hizo, señalábamos, alargando su misma esencia como Atman en el hombre, pero también se manifestó como fuerzas sutiles que armonizan el mundo manifestado y armonizan ese microcosmos que es el hombre mismo, así como dando lugar a otras formas de vida -animal, vegetal,…- y materializándose, asimismo, en el reino mineral y en el mundo, en definitiva, físico …plano físico que, junto al psíquico, también es constitutivo del hombre.

Del uso que haga el ser humano de su libertad dependerá, decíamos líneas más arriba, que consiga despertar de su letargo ese -al decir de los rosacruces- ‘átomo crístico’ Eterno haciéndolo, así, desasirse de la ignorancia (avidja) que esa semilla divina padece desde que periclitó la Edad de Oro propia de la Tradición Primordial o, por el contrario, que perpetúe ese sueño y no le quede, al hombre, otra que vivir sumido en el único plano de la existencia que le queda: el físico-mental.

Los mitos de todas los ciclos tradicionales han hablado siempre de seres semidivinos que lo eran por ser hijos de un dios y una humana o de una diosa y de un humano. Seres que ignoraban su ascendencia divina y tan sólo conocían su filiación humana. Si eran capaces de descubrir su lado divino poniéndose a prueba en situaciones límite su camino quedaba, en ese momento, trazado hacia la Conquista de la Inmortalidad y pasaban, así, a convertirse en Héroes.

El mito nos ofrece la figura del semidiós para que el hombre mejor entienda que él mismo también comparte esa doble naturaleza: por un lado la mortal y caduca (la físico-psíquica) y, por otro lado, la perenne e incorruptible. En su mano estará, pues, que su alma su suma en el psiquismo y, en parte, perezca tras el óbito, y, en parte, no le quede otra opción que perpetuarse en ‘el ciclo de la generación’ o que ella, por el contrario, opte -como los Héroes mitológicos- por el camino de su Espiritualización y, tras el fallecimiento, pueda apuntar hacia el camino que le lleve a su total Liberalización.

 

eduard_alcantara@hotmail.com

Eduard Alcántara



ENTREVISTA A EDUARD ALCÁNTARA, EN TLV1, SOBRE JULIUS EVOLA Y EL TRADICIONALISMO
Esperemos que resulte de interés esta entrevista que se nos hizo desde el canal de televisión argentino TLV1; a la cual se puede acceder a través del presente enlace.
Sólo una pequeña aclaración: el prólogo a nuestros libros no corrió a cargo de nuestro apreciado Pedro Varela sino de Enric Ravello y Santiago de Andrés.
También puntualizar que nuestra relación con la Historia es sólo como mero aficionado a ella.
En cierto momento de la entrevista nos queríamos referir a la relación de Julius Evola con el príncipe Karl Anton von Rohan.
También señalar que el paganismo acabó, en las postrimerías del Imperio Romano, en mero panteísmo.
Saludos