Julius Evola. Septentrionis Lux


PRÓLOGO A “RIVOLTA CONTRO IL MONDO MODERNO”
septiembre 25, 2017, 11:00 am
Filed under: Eduard Alcántara, Tradición

Una de las dos partes en las que se divide esta obra capital del gran intérprete italiano de la Tradición versa sobre el transcurrir de un determinado tipo humano desde los orígenes del actual ciclo humano (o, utilizando terminología cara al hinduismo, Manvantara) hasta nuestros tiempos más recientes. Se trata de una metafísica de los avatares protagonizados o sufridos por dicho tipo humano y no de un recorrido por sus aconteceres al dictado de las pautas formuladas por la llamada ciencia histórica. El fruto de este análisis metahistórico es la constatación de un proceso de caída que iría desde una Edad de plenitud Trascendente hasta otra, la actual, de congoja existencial, disolución total en el plano de lo material y rudo embrutecimiento. El maestro romano nos describe este proceso involutivo con una nitidez sin par …y lo hace a través de las doctrinas de la ‘regresión de las castas’ y de las Cuatro Edades desgranadas en la tradición indoaria y que tiene, especialmente en el caso de la segunda, equivalentes en textos como “Los trabajos y los días” del griego Hesíodo. Remitir a la lectura de “Rebelión contra el mundo moderno” es, sin duda, el mejor modo de apelar a la comprensión del porqué y el cómo de la involución hacia la presente animalización.

Evola nos habla de un tipo humano, al que en ocasiones denomina ‘hijos de los dioses’, que en illo tempore protagonizó una Edad de Oro (Satya-yuga, en términos del hinduismo) en la cual la experiencia del plano Superior de la existencia no representaba una meta a conquistar sino una realidad vivida de manera natural. Nos sitúa esos tiempos en un lugar situado en el septentrión de nuestro planeta, allá donde los diferentes textos sacros -a Oriente y Occidente- hablan de Thule, Hiperbórea, el Aryanem Vaejo, el Monte Mêru o la Isla Blanca. Se trataría de un enclave en el que, a diferencia de la crudeza climática actual, reinaría un clima templado, casi como el de una primavera continua, debido al hecho de estar conformado por unas tierras insulares que al estar rodeadas, como tales, por agua verían atemperadas sus temperaturas. Según clasificación de la ciencia geológica por aquel entonces se viviría en la era del pleistoceno o Edad Glacial. Sin embargo, según señala esa misma rama de la ciencia, en el seno de la Edad Glacial tuvo lugar un período interglacial en el cual las bajísimas temperaturas cedieron a otras más agradables. Incluso hay geólogos que ya hablan de la existencia no de uno sino de varios períodos interglaciales en el seno del pleistoceno. Pues bien, sería en ese interregno (o en uno de esos) –en ese ínterin- cuando debemos situar esa tierra, sede de un áureo existir, descrita por las diferentes tradiciones sapienciales.

La narración que en los primeros capítulos de la Segunda Parte de “Rivolta contro il mondo moderno” (“Rebelión…”, para nuestra edición en castellano) realiza el maestro italiano para situarnos en esa Edad de Oro y en su enclave geográfico se ve reforzada en su verosimilitud por los trabajos de otros autores interesados en esta temática. Así, podríamos destacar de forma especial el libro “El hogar ártico de los Vedas” (1.903) (1), del autor indio Bal Gangadhar Tilak, en el que un estudio pormenorizado de los Vedas indoarios y del Avesta iranio nos aboca a la certeza de que el Satya-yuga no pudo tener lugar en ningún otro lugar más que en las latitudes cercanas al Polo Norte, en esos enclaves que irían desde el Círculo Polar Ártico hasta el dicho Polo Norte; en parajes, pues, circumpolares. Tilak nos muestra los pasajes védicos y del Avesta, descriptivos de las condiciones astronómicas de la Edad Áurea, en los que se hace mención a esos días y esas noches que se prolongan, sin interrupción, por meses; lo cual es exclusivo del área circumpolar. O nos señala aquellos otros cantos védicos y avésticos en los que se describen fenómenos meteorológicos como los de las auroras boreales que sólo pueden ser vistos en aquellas latitudes septentrionales.

Julius Evola nos habla de una primera posible migración protagonizada por esos ‘hijos de los dioses’. Se trataría de una que tomaría la dirección sudeste, atravesando lo que hoy es Europa y adentrándose, con profundidad, en Asia. Después, aconteció una segunda migración, en dirección sur, hacia el norte de otra tierra rodeada de un halo mítico: la Atlántida; sabemos que autores clásicos como Platón o Plotino no dudaron de su existencia. Allá esas gentes hiperbóreas o boreales venidas del norte planetario establecieron una subsede de Thule, una prolongación del hogar áureo. Y desde ella protagonizarían desplazamientos tanto hacia el oeste (tierras americanas) como hacia el este, arribando, en este caso, a la fachada occidental de Europa y siendo, con posterioridad, los autores del megalitismo. El maestro romano concreta en los míticos Tuatha de Dannan -los también denominados ‘helenos del paleolítico’- a algunos de los protagonistas de esta migración; los textos celtas hablan de ellos como de huestes solares: como de seres divinos. Estos pueblos de origen noratlantídeo serían el Cromagnon u Hombre de Aurignac descrito por la ciencia antropológica; ciencia que ignora su origen áureo y pretende situarlo  como el resultado de un fantasioso proceso evolutivo que le haría descender de homínidos con los que, en realidad, ninguna relación de parentesco tiene.

Estos pueblos de procedencia noratlantídea serían también los autores de las pinturas rupestres encontradas en la mencionada fachada atlántica de Europa, en la que primeramente pusieron sus pies: Lascaux y Altamira serían dos ejemplos significativos de ello. A diferencia de lo afirmado por la historiografía oficial no viven en cavernas sino que en ellas se introducen para realizar ritos de carácter Iniciático: ritos de transustanciación interna que transporten al yo hacia el Ser, hacia el Principio Primero inmutable y eterno (2); similar finalidad, p. ej., tendrían los dólmenes.

Y si en su emigración, desde el Norte de la Atlántida, hacia tierras americanas originaron ciclos solares (3) en su camino desde la fachada atlántica de Europa hacia el este los hallamos en el origen de otra civilización de espiritualidad originariamente solar: la egipcia; que, de hecho, es bastante anterior, al igual que sus monumentos más emblemáticos y significativos  -como las mismas pirámides- de lo cifrado por la historia oficial. Un recorrido, éste, que abarcó tanto la ribera sur de Europa como la norte de África y cuya direccionalidad oeste-este queda hasta corroborada científicamente por el análisis realizado con Carbono 14 sobre los conjuntos y restos megalíticos situados en ambas orillas del Mar Meditérraneo, pues cada conjunto situado más al oeste presenta una antigüedad de unos 40 años más que los restos hallados algo más al este de aquél; esto demuestra un movimiento prácticamente cíclico de esos pueblos noratlantídeos en su desplazamiento hacia oriente. Desplazamiento que les hizo adentrarse en tierras asiáticas y que estaría en la base de culturas como la tibetana de los Bon y los Dropa, en la cual, aparte de elementos propios de la preexistente cultura mongoloide también se han rastreado otros consustanciales a un tipo de espiritualidad solar, olímpica y viril como la que tiene su origen en sede ártica. Desplazamiento que más que probablemente debemos ver dejado su sello en China y en textos sapienciales como el I Ching (del que con posterioridad hay que rastrear su impronta en el taoísmo formulado por Lao Tsé en su Tao-tê-king). Y desplazamiento que debe guardar relación directa con la existencia del pueblo ainu en Japón; recordemos que la inmigración mongoloide a tierras niponas aconteció en un período posterior y relativamente reciente: hacia el inicio de la era cristiana -hace, pues, aproximadamente unos 2.000 años.

El mito y las tradiciones y textos sacros nos hablan de un cataclismo, en forma de inhóspita glaciación, que asoló de manera especialmente cruda las latitudes septentrionales de la Tierra. Se trataría del final del benigno -climáticamente hablando- período interglacial propio del geológico pleistoceno. Dichos textos correlacionan -y hacen derivar- esa catástrofe con una caída espiritual de nivel que se habría, pues, reflejado, exteriormente, en la irrupción de esas terribles heladas (4). Como consecuencia de ellas los hombres boreales hubieron de abandonar su hogar circumpolar y desplazarse hacia el sur, estableciéndose en tierras del norte de Europa y, posteriormente (una vez ya finiquitado el pleistoceno y, por tanto, discurriendo el holoceno -la etapa geológica postglacial por la que, a día de hoy, seguimos transitando) descendiendo hacia el centro de la Península Escandinava, dando, entonces, origen al urheimat -o lugar originario- indoeuropeo (5). A partir de este momento ya sí se puede hablar de este tronco antropológico y de su correspondiente lengua (el indoeuropeo originario). Este pueblo se desplaza algo más hacia el sur de la actual Suecia dando forma, ya en el llamado Neolítico, a la cultura de Ertebolle-Ellenberck, que es considerada como la vagina gentum de los pueblos indoeuropeos, esto es, la cultura y el enclave a partir de los cuales estos pueblos se irán diversificando y desplazando hacia destinos geográficos diversos. Así, también hacia el sur de la actual Suecia florecería la ‘cultura de los vasos de embudo’, para posteriormente, continuando con estos flujos de poblaciones indoeuropeas, constituirse -hacia zonas no alejadas del Mar del Norte y, sobre todo, del mar Báltico- la ‘cultura de los vasos globulares’ y, tras ésta, la de la ‘cerámica cordada’; también conocida como la del ‘hacha de doble filo’. Siguiendo, desde su original enclave escandinavo, esa diagonal de la que nos habla Evola llegan a tierras de la actual Ucrania y, aquí, aparece la ‘cultura de los Kurganes’ o de los ‘túmulos’ (por ser en lo alto de éstos donde se depositaban en urnas las cenizas de los fallecidos) (6). Posteriormente arribarán donde hoy en día se halla Irán y se constituirá la cultura irania, de cuya concepción del Hecho Trascendente representa insuperable testimonio su libro sagrado: el Avesta; del cual ya mencionamos su descripción estacional, fenomenológica y/o climática del hogar en el que se vivió la Edad de Oro y que no pudo ser otro que el polar y circumpolar de nuestro planeta …certidumbre que también se corrobora en los Vedas de esa India que igualmente alcanzaron después las gentes indoeuropeas; o, ya allí, indoarias.

El por algunos denominado como ‘el último gibelino’ -Evola- nos sigue explicando que desde aquellas tierras del norte de Europa, desde las que tuvo lugar este movimiento migratorio en diagonal que llega hasta la India, también acaeció, con posterioridad, un segundo flujo en dirección norte-sur encarnado en los aqueos y dorios que encontramos en los orígenes de la civilización griega o en los latinos que fundaron Roma. Asimismo nos habla de que, desde ese emplazamiento del norte europeo, aconteció, bastante después, la tercera y última emigración, también en sentido norte-sur, que sería la de los pueblos germánicos que acabaron, a partir del s. V d. C., invadiendo el Imperio Romano occidental: visigodos, francos, ostrogodos, lombardos, vándalos, suevos,… Nos señala Evola que debido a su lejanía temporal con la Edad de Oro hiperbórea cuando estos últimos pueblos emprenden su recorrido norte-sur lo hacen ya profesando formas religiosas que, aunque son el reflejo de la originaria sabiduría y espiritualidad solar, se hallan prácticamente, en sus ritos, vaciadas de poder operativo transformador y representan sólo un eco lejano de la Edad Primordial. Es por tal motivo por el que el abandono de sus creencias politeístas y su conversión al cristianismo no resultarán especialmente problemáticos.

El gran intérprete italiano de la Tradición también se ocupa de explicarnos los orígenes de otros pueblos y/o razas. Y así sitúa, retrotrayéndonos en el tiempo, en la, aproximadamente, mitad sur de la Atlántida a poblaciones fínico-mongoloides, cuyas emigraciones posteriores se esparcieron por tierras asiáticas, por islas de Oceanía y por todas las latitudes de América; si no, en este último continente, directamente desde la Atlántida sí a través, desde Asia, de un congelado Estrecho de Bering.

Julius Evola igualmente nos narra cómo aquellas gentes noratlantídeas que se habían constituido en subsede de la solar Hiperbórea empiezan también a decaer interiormente y, tras sucesivos procesos involutivos, acaban profesando formas meramente religiosas (y no vías interiores de realización espiritual), sacerdotales, lunares y devocionales. Acaban posicionándose pasivamente ante el Hecho Trascendente y se abocan hacia el matriarcado y la ginecocracia. Se amputa la posibilidad de despertar el Principio Supremo Sacro que anida en el interior del hombre y de hacerse uno con lo Superior y Eterno. Esta caída interna les aboca a mezclarse con las razas fínico-mongoloides sudatlantídeas y a acentuar todavía más su alejamiento de un tipo de Espiritualidad Solar y Olímpica (7). Del resultado de esta hibridación surgen, por un lado, pueblos como los pelásgicos, de cultos telúricos o ‘ctonios’ (siguiendo léxico evoliano), que arribaron a las costas meridionales de Europa y a las septentrionales de África y, surgen, por otro lado, los pueblos semitas. Tal como aconteció con el fin traumático del hogar boreal de la Edad Primordial el maestro romano también percibe el cataclismo que supuso la desaparición de la Atlántida bajo las aguas como la consecuencia externa de esta total debacle interna.

En definitiva, el maestro transalpino, de acuerdo a su vocación shatriya o guerrera, no se conforma con transmitirnos una certera y pormenorizada composición de lugar acerca de lo que se debe entender por Tradición y las formas que, en diferentes épocas y lugares, ésta adquirió. Tampoco se conforma con explicarnos cómo desde unos orígenes sacros los ‘hijos de los dioses’ han sucumbido y se han enfangado en los lodazales del mundo moderno. Sino que hace votos para que tras la lectura de este libro capital los haya quienes se decidan a emprender una “rivolta contro il mondo moderno”. Pretende que los descendientes de aquellos que en la Tierra hiperbórea Primordial vivían la Espiritualidad con absoluta normalidad o eran, tras un primer descenso de nivel, capaces de reavivarla protagonicen, tal como concibió Hesíodo, un Ciclo Heroico y restauren el Orden Tradicional perdido. Pues la semilla de lo Trascendente, Perenne y Sacro sigue anidando, por muy aletargada que se halle, en el interior del hombre de ancestral linaje áureo. Si aquel Hombre Boreal, su descendiente noratlantídeo y los herederos de ambos -tal como del boreal fue el hombre indoeuropeo- tuvieron la certeza de ser ‘hijos de los dioses’ y su luz existencial fue la luz de lo Alto Evola bregó con sus libros y su vida para que los últimos vástagos de aquellos Hombres luminosos de antaño lucharan en pos de su Despertar interior y de la Restauración de la Tradición perdida.

 

 

NOTAS:

(1) La editorial Retorno tuvo a bien publicarlo en castellano hace pocos años, introducido por un prólogo, a cargo de los editores, de un interés excepcional.

(2) En el Medievo, como botón de muestra, podemos encontrar ritos similares cuando los Iniciados templarios se aislaban en la oscuridad de un receptáculo situado bajo el techo de sus monasterios, con el objeto de descondicionarse al amparo de la soledad del pequeño habitáculo (‘bajada a los infiernos’ o proceso de ‘ennegrecimiento’ y ‘putrefacción’ según la tradición hermético-alquímica; el nigredo u ‘obra al negro’). Se trataba de eliminar escorias psíquicas y de domeñar impulsos descontrolados, pasiones desaforadas, sentimientos exacerbados, pulsiones y submundo inconsciente y subconsciente.

(3) Rastreables en el “blanco y solar” Quetzalcoatl y en el linaje, emparentado con él, de los toltecas o tultecas (con el recuerdo de Tula o Thule). Y rastreables, asimismo, en el Viracocha andino o entre los fundadores de los incas y los aztecas (o “aztlantecas”, de Aztlan o ‘Isla Blanca’) de los que se habla en sus mitos.

(4) Tal vez podríamos calibrar la naturaleza de esa caída espiritual en el paso desde una original capacidad para vivir la Trascendencia en el plano ordinario de conciencia hasta la pérdida de ese estado natural de ser uno con lo Alto. Sucediendo, por tal motivo, que tras este descenso el plano Metafísico de la realidad ahora sólo podrá ser apercibido y conquistado a través de la Iniciación y, especialmente, en ‘un tipo de hombre diferenciado’ (utilizando expresión evoliana) que se acabará constituyendo en la primera casta o estamento de un orden que todavía hemos de considerar Tradicional, pues esta primera casta sacro-dirigente impregnará con su Espiritualidad al resto del cuerpo social.

(5) El germano-holandés Herman Wirth, gran estudioso multidisciplinar, descubrió inscripciones rúnicas en latitudes situadas más al norte incluso de la zona central escandinava donde se ubica la zona de gestación del pueblo indoeuropeo, tendiendo, así aún más si cabe, un mayor número de puentes entre la urheimat de este pueblo y el origen circumpolar del que proceden los antepasados del mismo.

(6) La antropóloga lituana Marija Gimbutas estableció, erróneamente, esta ‘cultura de los kurganes’ como la de la patria originaria del mundo indoeuropeo; obviando todo el recorrido anterior protagonizado por estas gentes.

(7) Evola habla incluso de otro enigmático continente, Lemuria, situado hacia latitudes al sur de la Tierra en la que también habitarían razas mongoloides y negroides.

 

Eduard Alcántara

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LA ETAPA TRADICIONALISTA DE EVOLA: INFLUENCIAS

La etapa ya meramente Tradicionalista de Julius Evola, la etapa definitiva tras el paso por las dos anteriores -la vanguardista y la filosófica (1)- que podríamos considerar como preparatorias de ésta, abarca desde el inicio de la década de los años ’30 hasta la defunción de nuestro gran intérprete de la Tradición el 11 de junio de 1.974.

La configuración definitiva de la cosmovisión Tradicional del maestro romano tiene influencias definitivas, de manera especial, en tres autores: René Guénon, J.J. Bachofen y Hermann Wirth.

Del francés Guénon Evola hace suya la caracterización de dos categorías existenciales y vitales a las que en diferentes épocas ha adherido el hombre, cuales son ‘El Mundo de la Tradición’ y ‘el mundo moderno’. La visión que del mundo y de la existencia es propia de cada una de ellas se constituirá en el eje a partir del cual el maestro italiano hará girar los diferentes estudios que realice a lo largo de estas definitivas cuatro décadas y media de su vida. La antítesis representada, por un lado, por un tipo de hombre (El Hombre de la Tradición (1)) que consagra todo su existir y que lo hace en el seno de unas comunidades que hacen lo propio (Mundo Tradicional) y, por otro lado, por otro tipo de hombre (el hombre moderno) y por otro tipo de sociedad cuyos lazos con lo Alto se han roto y cuyos accionares se ven abocados al más rudo materialismo (mundo moderno), le aportarán, dicha antítesis, a Evola las claves definitivas para ajustar el punto de mira de todos sus análisis y estudios.

Del suizo J. J. Bachofen sacará buen rédito de sus trabajos acerca de la morfología de dos tipos de culturas y civilizaciones antagónicas que se habrían ido sucediendo a lo largo de la historia de la humanidad: unas de corte patriarcal, que entiende de lo aristocrático, de lo diferenciado, de la forma, de lo jerárquico y de un tipo de espiritualidad viril, apolínea, solar y olímpica y, otras, en cambio, de tipo matriarcal, que entiende de lo ginecocrático, igualitario, de lo promiscuo e indiferenciado y de los cultos de carácter telúrico, ctonio y lunar. Cabe, en otro orden de cosas, señalar que el autor suizo se hace acreedor de un cierto evolucionismo que Evola no comparte, pues sitúa en los orígenes del discurrir humano por el tiempo a las sociedades de carácter matriarcal que habrían sido, felizmente en determinados períodos, sustituidas -en un sentido evolutivo-por otras de carácter patriarcal, cuando, contrariamente a este planteamiento, el maestro italiano sitúa en los orígenes (y de acuerdo a las diferentes tradiciones y textos sacro-sapienciales) a las comunidades de tipo patriarcal (en la Edad de Oro o Satya-yuga) y, posteriormente a éstas – como resultado de un proceso involutivo, de caída-, a las sociedades de naturaleza matriarcal.

Del holandés Hermann Wirth Evola muestra mucho interés por sus investigaciones arqueológicas, ya que a través de los hallazgos efectuados por el investigador neerlandés (en los que el elemento rúnico no es precisamente baladí) se demuestra que si bien el origen de los pueblos indoeuropeos habríase de ser situado en la escandinava cultura de Ertebolle-Ellenberk, estos pueblos son herederos de otros protoindoeuropeos cuyas huellas se remontan todavía más al norte. Es así que Evola retrotrae su hogar originario a los míticos (2) Thule o Hiperbórea de la tradición grecolatina, al Aryanem Vaejo del Avesta iranio o a ese Monte Meru del que hablan los Vedas …a esa, pues, tierra que habría estado situada en las latitudes más septentrionales del Planeta y en la que habría acontecido la Edad de Oro o Satya-yuga (o Krita-yuga): la Tradición Primordial.

Las aportaciones de estos tres autores le resultan al maestro romano capitales a la hora de su desarrollo de una metafísica de la historia, de una morfología del Mundo de la Tradición y de otra del mundo moderno.

 

NOTAS:

  • Algunos de los principales rasgos definitorios de este tipo de hombre se pueden seguir en nuestro libro “El Hombre de la Tradición” (Editorial EAS).
  • “La etapa filosófica de Evola: influencias”: https://septentrionis.wordpress.com/2017/07/21/la-etapa-filosofica-de-evola-influencias/
  • El carácter mítico de ese hogar originario de la Edad de Oro seguramente reviste un carácter también real, tal, como por ejemplo, pensamos que queda demostrado tras la lectura de la obra del autor indio Bal Gangadhar Tilak “El hogar ártico de los Vedas” (Editorial Retorno).

 

Eduard Alcántara

eduard_alcantara@hotmail.com



ROSTRO Y MÁSCARA DEL ESPIRITUALISMO CONTEMPORÁNEO
abril 10, 2017, 12:04 am
Filed under: Eduard Alcántara, Espiritualidad, Metafísica, Tradición

Hemos comentado con personas varias y en momentos diferentes ciertos aspectos sobre el fondo de algunos personajes o grupos que el lector no avesado podría creer tratarse de autores o grupos de obediencia Tradicionalista cuando, por el contrario, se trata de pensadores o de grupos marcadamente antitradicionales que a menudo confunden el esoterismo con lo paranormal, con lo mental y lo psíquico si no con el subconsciente. Es por esto que hemos querido titular este recopilatorio con el mismo título de la obra en la que Evola denunció, en 1.932, ciertas corrientes de falsa espiritualidad.

Asimismo vertimos unos comentarios de dos autores que en lugar de hallarse en esta aparente línea pseudoespiritualista pudieron haber mostrado ciertas vetas de bien dirigida Espiritualidad.

 

RUDOLF STEINER

Ante corrientes, como la teosofía de Madame Blavatsky, tan insostenibles desde un punto de vista Tradicional ha habido quienes, desde posiciones que sinceramente pugnan por poner tierra de por medio con el Sistema de Valores Imperante, han querido ver en el antroposofismo de Rudolf Steiner algo bien alejado de tanto aspecto problemático como presenta el teosofismo y algo que, en esta ocasión sí, no sería una espuria corriente más de la falsa “espiritualidad” que irrumpió ya en la segunda mitad del s. XIX y que continuó bien pujante durante las primeras décadas del siglo pasado; algo, en definitiva, distinto. Personalidades reputadas en su oposición al Establishment como Massimo Scaligero fueron alumnos (fue alumno) del antropósofo Giovanni Colonna di Cesarò, uno de los colaboradores del Gruppo di Ur que en las postrimerías de los años ’20 del S. XX se constituyó bajo la batuta de Julius Evola y de Arturo Reghini. Circunstancias como éstas a alguno le han animado a creer que la antroposofía no bebía de las aguas turbias de los subproductos engendrados por la Revolución Francesa, pero la realidad es otra bien diferente tal como nos lo expone el mismo Evola en su obra “Rostro y máscara del espiritualismo contemporáneo” (1.932), pues al margen, nos dice éste, de lo positivo que representa el que Steiner considere la necesidad de una ciencia de lo Suprasensible (1) que no dé cancha, como tal, en este terreno del Conocimiento Sacro, a la imaginación y a las ocurrencias, al margen, señalábamos, de este apunte positivo nos topamos con otros negativos que nos hacen darnos de bruces con los lugares comunes del humanismo antropocentrista y de las ilustradas Declaraciones Universales de los Derechos Humanos.  Así, en esta línea, defiende Steiner que el desarrollo de las energías naturales y sobrenaturales del hombre deben focalizarse en pos del progreso y bienestar de la humanidad y que, ante este fin primordial, aquél que haya llegado a altas cotas de transformación interior debe incluso renunciar al nirvana, al Despertar, a la Gnosis de lo Eterno e Incondicionado y a la Identificación de su ser con el mismo Principio Primero Imperecedero. El fin, pues, de toda auténtica doctrina Sapiencial queda relegado y subordinado a un objetivo meramente inmanentista de corte humanista.

Steiner hace suyo uno de los pilares fundamentales de la modernidad cual es la idea de progreso, tan de la mano éste como va del antitradicional evolucionismo (2). El mismo descendimiento de Cristo, su manifestación en el mundo, formaría parte de un proceso evolutivo que contemplaría -por mor de una ley fatal y predeterminada (3)- no sólo el evolucionismo darwinista sino que incluso concebiría una suerte de evolucionismo de dimensión quasi planetaria que habría tenido como uno de sus principales hitos el dicho descendimiento de Cristo, a partir del cual lo divino pasa a formar parte de lo humano, cosa que no habría acaecido hasta ese momento y que probaría esa evolución de la que el hombre no sería ajeno, pues antes de que ocurriera esa manifestación de Cristo el hombre no habría poseído Espíritu (la dimensión Trascendente) y éste hallaríase situado fuera de él: en los dioses.

 

NOTAS:

(1) Consúltese nuestro “Ciencia sacra y conocimiento” en https://septentrionis.wordpress.com/2009/07/05/ciencia-sacra-y-conocimiento/

(2) “Contra el darwinismo”: https://septentrionis.wordpress.com/2009/02/19/contra-el-darwinismo/

(3) A propósito del fatalismo se puede consultar el capítulo III de nuestra obra “Reflexiones contra la modernidad”, Ediciones Camzo. El mismo también se puede leer en “Evola contra el fatalismo”: https://septentrionis.wordpress.com/2010/08/19/evola-frente-al-fatalismo/

 

SAMUEL AUN WEOR

Suponemos que desmontar el camino “reencarnacionista” (1) de Samel Aun Weor puede llegar a ser traumático para sus seguidores, pero con la lectura del Bardo Thödol (libro tibetano de los muertos) se desmoronaría, como un castillo de naipes, ese fantasioso periplo “reencarnacionista”, del que dice haber sido sujeto Aun Weor, que pasa, entre otras muchas, por figuras como la del militar que luchó al lado del Emperador Alejandro Magno, como la del mismísimo Julio César, como la de Thomas de Kempis o como la del español Marqués Juan Conrado quemado por orden de Tomás De Torquemada.

Por otro lado sus bases doctrinales son del todo antitradicionales: teosofismo, antroposofismo,… No estaría de más que sus fieles leyesen obras como “El Teosofismo. Historia de una Seudoreligión” (Guénon) o “Rostro y máscara de la espiritualidad contemporánea” (Evola).

De infantil, de esa pseudoespiritualidad new age y de secta ufologista tiene el tufillo eso de que Samael Aun Weor es “el nombre del Arcángel, regente del planeta Marte”, que se logró encarnar en un soporte físico llamado  Víctor Manuel Gómez Rodríguez. Y también a new age y a la Blavatsky (inventora de ´razas matrices´) nos huelen sus elucubraciones sobre “la raza coradi que aparecerá tras la desaparición de la raza aria”.

NOTAS:

(1) Remitimos a nuestra “La ilusión reencarnacionista”: https://septentrionis.wordpress.com/2009/02/08/la-ilusion-reencarnacionista/

 

KRISHNAMURTI

Evola reconoce en Krishnamurti expresiones que prometen y que parecen que lo sitúen en la vía adecuada. Pero enseguida nos pone en alerta sobre la ambigüedad de lo que afirma. Ambigüedad que, por ejemplo, se refleja al hablar de la necesidad de liberarse de lo condicionante sin definir cuál es el objetivo final de dicho descondicionamiento.

El maestro italiano también nos avisa de la ruptura de Krishnamurti con la Tradición al no admitir -el indio-  vías prefijadas a seguir en los procesos internos que él propone. Parece que en la mente de Krishnamurti lo espontáneo tendría mucho que decir en dichos procesos liberadores internos; lo cual, entre otras razones, lo sitúa dentro del neomisticismo. Así nos dice Evola que para Krishnamurti:

“Cuando caen por tierra todas las barreras, cuando no hay nada en nosotros que sea determinado por el pasado o por lo ya conocido, nada que tienda hacia algo, en ese momento podría tenerse conocimiento del verdadero sí, la aparición de lo que Krishnamurti alguna vez llama  ´lo desconocido´, como un hecho espontáneo y con carácter de imprevisto, y no como el ´resultado´ de una disciplina, de un método y de una iniciativa del yo.”

Y en el mismo sentido, sobre lo antitradicional y lo espontaneísta de la doctrina del autor indio,  Evola nos escribe que: “en una declaración reciente incluyó al mismo zen (junto con el hinduismo, con el método cristiano y con ´todos los sistemas´) entre las ´patrañas´, diciendo que una mente que se ejercita en base a cualquier sistema o método ´es incapaz de comprender lo que es verdadero´.”

Otra crítica que le realiza tiene que ver con aquello de echarle perlas a los cerdos o con aquello otro de sentarse (quien no ha visto la Luz) en el asiento peligroso; en el que sería inmediatamente fulminado. Concretamente  Evola nos empieza por recordar una enseñanza hinduista que reza así: “Que el sabio no turbe con su sabiduría la mente de los ignorantes”. Para seguidamente ponernos sobre aviso de lo problemático de: “Venir a proponer ideas, que son verdaderas, si acaso, al nivel de un verdadero ´liberado´, a aquellos desorientados que, como los hombres modernos, tienen demasiados incentivos que los lanzan al caos y a la anarquía, no es ciertamente una cosa sabia.(…) Parece que Krishnamurti no se preocupa de esto: incita democráticamente a todos a la gran rebelión y no a aquellos pocos para quienes solamente ella puede ser saludable y verdaderamente liberadora.”

 

GUSTAV MEYRINK-ALEISTER CROWLEY

El caso representado por Gustav Meyrink puede ser parecido al de Aleister Crowley, en el que las apariencias conformadas por las experiencias y por los simbolismos que utilizó le catalogaron, rápidamente, -antes los ojos de la moral pequeño burguesa- como un completo satanista. Sin embargo hay unos leit motiv en sus obras (“el hombre es una estrella…”) que parecen que miran hacia lo Alto. Suponemos que en la obra de Meyrink las turbulencias, situaciones desgarradas y desgarradoras y lugares angustiosos que son descritos no deben ser bien comprendidos por ciertas mentes bienpensantes. En lugar de cortocircuitos al orden moral existente con el objetivo de aspirar a percibir estados de conciencia diferentes a los ordinarios habrá quien no vea más que el actuar de fuerzas deletéreas y disolventes. En mentes cercanas a religiones lunares y de moralidad agobiante típicas de la luz del sur resultarán dífíciles de asimilar y de aceptar esos golpes a la moralidad que tan próximos se hallan a la doctrina de ´cabalgar el tigre´, en la cual todo lo que es disolvente para el común de los mortales puede ser utilizado provechosamente para el que se quiere descondicionar.

 

CARL GUSTAV JUNG

Los hay quienes desde sus inquietudes espirituales se han asido a las tesis de Jung de forma casi entusiasta al considerarle como una de las escasas mentes privilegiadas que, entre tanto intelectual de renombre de talle materialista y/o positivista, entendió, supuestamente, de otro tipo de Realidades de orden Superior. Sin embargo andan bien errados al creer esto, ya que todos aquellos arquetipos irreductibles de los que habla Jung no serían más que productos de lo ínfero y no de lo Superior, pues en el sistema del psicoanalista suizo dichos arquetipos emanan del “insconciente colectivo” (fuente de suministro del inconsciente personal), esto es, de lo ínfero del ser humano (y que éste debería domeñar en el seno de un genuino sentido de la Espiritualidad) y no emanan, como debería ser, de lo que de Superior dicho ser humano tiene.

Para Jung los mismos mitos no reflejarían Realidades Trascendentes y Supraconscientes (además de valores perennes) sino que serían productos emanados a partir de esos arquetipos que, según este autor, anidan en el “inconsciente colectivo” de la humanidad.

Si se habla de “insconsciente colectivo” se debería, desde la óptica de la Tradición, pensar que más que de mero psiquismo (al que sí corresponde el inconsciente personal; aunque no tanto el concebido por Jung, ya que para este autor el inconsciente personal sería, como hemos señalado, emanación del colectivo), si se habla, decíamos, de “inconsciente colectivo, se debería hablar de algo parecido a una especie de totem o demon indiferenciado e indiscriminado (pues es referido a toda la humanidad sin distinción de razas o estirpes) que imprime una determinada impronta colectiva y gregaria fatalmente determinante del actuar del hombre y coartante del principio Tradicional de la libertad humana consistente en buscar o no el camino de la realización interior Liberadora. No se olvide, como dato ilustrativo, que en las vías de ultratumba que concibe la Tradición la integración del alma (psique) del fallecido en el totem o demon común a su estirpe se halla en lo que el hinduismo denominó como pitra-yâna (vía de los antepasados) que espera a los más (los que no han superado los condicionantes propios del sâmsara o mundo del devenir) ante la vía de la Liberación a la que pueden acceder unos pocos seres de cualificación y aptitud superiores, que correspondería al dêva-yâna (o vía de los dioses).

 

Eduard Alcántara

eduard_alcantara@hotmail.com

 



“El Hombre de la Tradición” (conferencia)
abril 9, 2017, 3:15 pm
Filed under: Eduard Alcántara, Espiritualidad, Metafísica, Tradición

Nuestros amigos de la Legiâo Vertical han considerado el publicarnos la conferencia que hace unos años pronunciamos sobre “El Hombre de la Tradición”:

http://legiaovertical.blogspot.com.es/2017/04/o-homem-da-tradicao-conferencia-de.html

 



LOS HÉROES: MITAD DIOSES MITAD HOMBRES
marzo 19, 2017, 10:13 pm
Filed under: Eduard Alcántara, Espiritualidad, Metafísica, Tradición

Todas las tradiciones sapienciales han sabido ver en el hombre ese potencial espiritual que anida en su fuero interno, como formando parte de su misma esencia. Por mor de ese entender el cosmos como el resultado de la manifestación del Principio Primero Inmanifestado y Eterno esas tradiciones sacras han concebido siempre que esa figura clave de la dicha manifestación cual es el hombre es portadora de la esencia misma de ese Principio Supremo e Imperecedero. Por ello han sostenido que el ser humano la alberga cual si se tratase de una especie de semilla que no ha germinado pero que podría hacerlo si así su portador se lo propusiese. Hemos, pues, de considerar que se halla en estado latente, cual si de una larva se tratase. Que pase de potencia a acto depende del uso que haga el hombre de su libertad; de esa libertad que lo puede Liberar (en sentido Absoluto) o que, por el contrario, lo perpetúa en la rueda del devenir.

El Primer Principio o -acordándonos de la tradición hinduista- Brahman se manifestó, decíamos, formando el cosmos y lo hizo, señalábamos, alargando su misma esencia como Atman en el hombre, pero también se manifestó como fuerzas sutiles que armonizan el mundo manifestado y armonizan ese microcosmos que es el hombre mismo, así como dando lugar a otras formas de vida -animal, vegetal,…- y materializándose, asimismo, en el reino mineral y en el mundo, en definitiva, físico …plano físico que, junto al psíquico, también es constitutivo del hombre.

Del uso que haga el ser humano de su libertad dependerá, decíamos líneas más arriba, que consiga despertar de su letargo ese -al decir de los rosacruces- ‘átomo crístico’ Eterno haciéndolo, así, desasirse de la ignorancia (avidja) que esa semilla divina padece desde que periclitó la Edad de Oro propia de la Tradición Primordial o, por el contrario, que perpetúe ese sueño y no le quede, al hombre, otra que vivir sumido en el único plano de la existencia que le queda: el físico-mental.

Los mitos de todas los ciclos tradicionales han hablado siempre de seres semidivinos que lo eran por ser hijos de un dios y una humana o de una diosa y de un humano. Seres que ignoraban su ascendencia divina y tan sólo conocían su filiación humana. Si eran capaces de descubrir su lado divino poniéndose a prueba en situaciones límite su camino quedaba, en ese momento, trazado hacia la Conquista de la Inmortalidad y pasaban, así, a convertirse en Héroes.

El mito nos ofrece la figura del semidiós para que el hombre mejor entienda que él mismo también comparte esa doble naturaleza: por un lado la mortal y caduca (la físico-psíquica) y, por otro lado, la perenne e incorruptible. En su mano estará, pues, que su alma su suma en el psiquismo y, en parte, perezca tras el óbito, y, en parte, no le quede otra opción que perpetuarse en ‘el ciclo de la generación’ o que ella, por el contrario, opte -como los Héroes mitológicos- por el camino de su Espiritualización y, tras el fallecimiento, pueda apuntar hacia el camino que le lleve a su total Liberalización.

 

eduard_alcantara@hotmail.com

Eduard Alcántara



ENTREVISTA A EDUARD ALCÁNTARA, EN TLV1, SOBRE JULIUS EVOLA Y EL TRADICIONALISMO
Esperemos que resulte de interés esta entrevista que se nos hizo desde el canal de televisión argentino TLV1; a la cual se puede acceder a través del presente enlace.
Sólo una pequeña aclaración: el prólogo a nuestros libros no corrió a cargo de nuestro apreciado Pedro Varela sino de Enric Ravello y Santiago de Andrés.
También puntualizar que nuestra relación con la Historia es sólo como mero aficionado a ella.
En cierto momento de la entrevista nos queríamos referir a la relación de Julius Evola con el príncipe Karl Anton von Rohan.
También señalar que el paganismo acabó, en las postrimerías del Imperio Romano, en mero panteísmo.
Saludos



EL BUDISMO ZEN, prólogo
julio 3, 2016, 10:09 am
Filed under: Buddhismo, Eduard Alcántara, Espiritualidad, Metafísica, Tradición

EL BUDISMO ZEN, prólogo

Hemos sido honrados con la petición que nos ha hecho llegar el autor de la presente obra en el sentido de que tuviéramos a bien el prologarla y no podíamos por menos que acceder a ella por una cuestión de cortesía y agradecimiento, por otra cuestión de cercanía y fructífera relación que mantenemos desde hace ya un tiempo con él y por una tercera que responde a nuestra alta valoración sobre el tema objeto de estudio del libro. Si a todo esto añadimos el que, tras su lectura, hemos concluido que los aportes que se nos ofrecen en sus páginas resultan de mucho interés se comprenderá el porqué de nuestra respuesta afirmativa ante tal petición.

Esta obra sigue los pasos lógicos que la hacen desembocar donde tiene que desembocar, pues empieza su andadura en los orígenes del budismo de la mano del príncipe Gautama Siddharta en el s. VI a. C., la continúa con su llegada a la China en el s. VI d. C., de la mano de Bodhidharma, en la forma conocida como chan y acaba desembocando en el budismo zen por la llegada, desde aquel país, del budismo chan al Japón. Un budismo zen que nuestro autor ha tenido a bien explicar en su faceta doctrinal y en su otra práctica. Es por ello que a través de la lectura de sus páginas el lector aprehenderá los fundamentos que vertebran el zen y recibirá incluso un aporte práctico que puede serle de mucha utilidad si es que alberga intereses que vayan más allá de lo meramente teórico para adentrarse en el terreno de la propia experimentación interior.

Nos referíamos en el primer párrafo a nuestra alta valoración del budismo zen. Podríamos señalar que el budismo, a nivel genérico, hace ya bastante tiempo que despertó nuestro interés y es por ello que no en vano hasta hemos vertebrado algunos de nuestros ensayos alrededor de esta vía Espiritual y alrededror de algunas de sus doctrinas constitutivas; tal como, p. ej., hicimos, en su día, en nuestro escrito “Consideraciones metafísicas sobre el aborto. La doctrina de los nidana” (https://septentrionis.wordpress.com/2009/02/08/consideraciones-metafisicas-sobre-el-aborto-la-doctrina-de-los-nidana/ ). Pero en concreto a su versión japonesa del zen le otorgamos una consideración especial pues lo concebimos como una especie de vuelta al espíritu del budismo originario, el implementado por Sakyamuni y que quedó por escrito en el canon pali. Es esencialmente gracias a los indispensables trabajos del gran intérprete italiano de la Tradición Julius Evola que hemos podido valorar, por un lado, en su justa y exacta medida el enorme caudal del budismo de los orígenes y, por otro lado, la concordancia de la esencia del zen con las enseñanzas originarias del Buddha. Nos congraciamos con el autor del libro que prologamos en que también haya considerado la importancia de los aportes de Evola y haya, por ello, echado mano a su “La dottrina del risveglio. Saggio sull´ascesi buddhista” (en alguna de sus versiones en lengua castellana) y a trabajos específicos que el gran maestro romano dedicó en concreto al zen; alguno de los cuales fueron editados por Ediciones Heracles dentro del libro “Tradiciones varias. Escritos sobre pitagorismo, mitraísmo y zen”; aclaremos también que la primera obra citada de Evola dedica algún capítulo específico al zen. El resto de la bibliografía en que se ha basado nuestro Augustus Rex nos parece de lo más caudal, acertada, bien seleccionada y hasta, en muchos aspectos, complementaria entre sí.

Acordamos con el autor de la presente obra en que el budismo apareció como una vía de realización interior y no como una forma religiosa. Perseguía, pues, la transformación interior del practicante y no la adhesión a una fe determinada. Abogaba por la automatización de una serie de hábitos y de un estilo de vida que pusieran en disposición de poder pasar a unas etapas en las que lo que se pretendía era el descondicionamiento, de forma metódica, con respecto de todo aquello que aturde, domina, ata, esclaviza y aliena al hombre …con respecto a las pasiones, a los bajos instintos, a los sentimientos exacerbados, a las pulsiones primarias, a las emociones embriagadoras, a los egoísmos, a los miedos, a los complejos, a la ira o al odio. Sólo de este modo el hombre puede vaciar su mente o alma de elementos perturbadores y dejarla limpia como una patina en la que se podrá reflejar la Realidad Suprasensible, pues el fin de esta vía de transformación interior no tiene como objetivo último el lograr la calma y el autocontrol mentales del practicante sino el ir, gracias a estos logros, más allá en busca de la realización espiritual, esto es, en busca del conocimiento de planos sutiles de la realidad que no pueden ser aprehendidos con los sentidos, en busca de la consecución de planos de conciencia superiores al ordinario, en busca de la activación en el propio cuerpo de toda la potencialidad sutil que lo vehicula en sus raíces suprafisiológicas y que lo hará unirse con el entramado nouménico del cosmos, lo hará ser Uno con este entramado y lo hará desechar la dualidad que lo agitaba ansiando y deseando lo otro con respecto a lo cual se consideraba diferente. En busca -incluso más allá de todo esto- de traspasar los umbrales de todo este plano sutil y metafísico de la realidad manifestada y llegar a la Gnosis de lo Inmanifestado que se halla en el origen de todo el mundo manifestado (sea del sensible sea del Suprasensible), llegar al Conocimiento del Vacío Absoluto, de lo Imperecedero, lo Eterno, lo Indefinible, lo Incalificable y llegar, asimismo, a la Identificación ontológica (transustanciación del, ya, Despertado) con Esto: con lo Absoluto, con el Principio Supremo y Primero. En este punto se habrá llegado a la Iluminación …y si éste es el fin último que no en vano define al Buda como ´el Iluminado´ se desecharán las posturas que contemplan al budismo como algo así como una terapia mental para el control de la psique, tal como ha acontecido con la interpretación mayoritaria que de esta disciplina interna de realización espiritual se ha hecho y se viene haciendo en Occidente …Y es que la realidad del budismo, tal como Evola la expresó, va “más allá del teísmo y del ateísmo”, pues, por un lado, como vía esotérica emprende el camino del conocimiento y de la activación de fuerzas sutiles que vertebran nuestra fisiología sutil y que se hallan en todo el entramado cósmico y, por ello, directamente soslaya la “existencia” y el culto a divinidades del tipo concebido por las formas religiosas (va, pues, “más allá del teísmo”) y, por otro lado, ha quedado claro que el budismo concibe la existencia de planos Metafísicos de la realidad a los que debe aspirarse a integrarse (va, pues, “más allá del ateísmo”; más allá, pues, de una concepción materialista del mundo).

Con el devenir del tiempo el budismo de los orígenes fue convirtiéndose en una nueva forma religiosa. Una mayoría lo malinterpretó y lo entendió como una nueva fe hacia unas nuevas deidades: los Budas. De este modo, por un lado apareció el budismo mahayana, que aunque en un principio no renunció al carácter esotérico del budismo original -a la búsqueda y gnosis de lo Superior- acabó deviniendo en un ritualismo exagerado y vaciado del poder de transformación del rito y por otro lado surgió el budismo hinayana, que aunque renunció a esa especie de barroquismo ritual vacío en que había decaído el mahayana lo hizo a cambio de también renunciar a cualquier tipo de esoterismo y, por tanto, a cualquier objetivo de transustanciación interna del hombre …su estilo austero podía recordar el espíritu original del budismo pero ya no se trataba más de una vía de realización interior sino de una forma religiosa, meramente, por ende, de carácter exotérico: piadoso y devocional.

Esta bajada de nivel -de lo iniciático y esotérico a lo religioso y exotérico- fue consecuencia directa de su adopción masiva, pues es evidente que son sólo unos pocos -portadores de una especial potencialidad espiritual y de la determinación y voluntad necesarias para poderla hacer pasar de potencia a acto- los que son aptos para recorrer el arduo, metódico, difícil y riguroso camino de la transformación interior. Se trata, pues, ésta de una opción existencial de corte aristocrático: sólo los aristos -en su sentido etimológico, entendido como los mejores- los que pueden transitar por esta tan difícil y exigente vía.

Para Julius Evola el perdido sentido del budismo original pudo, con el tiempo, ser recuperado cuando en Japón se asumió el budismo objeto de este nuestro libro: el zen. Así, el zen recobró, por un lado, la esencia iniciática del budismo como vía de realización y, por otro lado, se mostró con ese estilo austero que fue el que transmitió Sakyamuni (Gautama Siddharta), pues para la práctica del zen -tal como de forma muy ilustrativa comentaba en cierta ocasión un buen conocedor suyo: Ernesto Milà- “no se necesita más que un muro desnudo frente al que sentarse para meditar y concentrarse”.

El budismo plasmado en el canon pali y el zen nos recuerdan en su estilo austero con ese otro estilo que definió al hombre clásico de la antigüedad greco-latina. Nos recuerdan, especialmente, esa opción existencial que en la antigua Roma fue el estoicismo. Sin duda la templanza, el autocontrol, el dominio de sí mismo y la indiferencia ante todo aquello que no es sustancial en nuestra vida son logros del alma –mente- que la mantienen alejada de los disturbios que acontecen a nuestro alrededor y que pueden distorsionar la psique del común de los mortales. El estoicismo, el budismo originario y el zen se erigen como instrumentos de gran valor ante cualquier turbulencia que pueda desatarse a nuestro alrededor. Turbulencia que se quedará en agua de borrajas cuando llegue al alma de aquél que sepa permanecer impasible ante lo accesorio y ante lo que turba y perturba al hombre común. Los Séneca o los Marco Aurelio pueden ser un perfecto modelo existencial a seguir. Estos logros descondicionadores de la mente constituyen la médula del nigredo del que hablaba la tradición hemético-alquímica, ya que sólo a partir de la putrefacción y de la limpieza de escorias psíquicas –del subconsciente y lo irracional- puede aspirarse a la calma psíquica ante los vaivenes y desequilibrios que acosan al ser humano en el seno de este mundo del devenir y especialmente en plena Edad Crepuscular por la que transita el presente ya de por sí deletéreo kali-yuga (la Edad de Hierro de la que hablaba Hesíodo). En esta línea, podemos leer en el libro objeto de nuestro prólogo que “el verdadero dhyana (meditación, trabajo interno) es el que hace que nuestra mente resplandezca mientras los conflictos explotan a nuestro alrededor”. Estas concomitancias entre el budismo zen y el espíritu clásico de la vieja Europa nos hacen percibir como muy cercana a nuestra más genuina idiosincracia la vía interior fundada por el príncipe Sakya y seguida, de manera fidedigna, en el zen japonés y no nos la hacen contemplar como algo exótico, extraño y exógeno a nosotros, al homo europaeus.

La extinción del apego y del deseo comportan un estado de calma, sosiego, autodominio e impasibilidad que en caso de llegarse al Despertar alumbran, en el Iluminado, un sello de natural Majestad hierática que es del tipo olímpico y solar (el Sol, el astro imperturbable que no se mueve) que fuera propio del Hombre de la Tradición Primordial que aconteció durante el Satya-yuga o Edad de Oro hiperbórea y que es la propia de aquéllos que gracias a haber emprendido la ´vía del Héroe´ han arribado a tal condición de Despertados. Sólo el arquetipo del guerrero es válido para encarar estos procesos de transustanciación ontológica pues, como comentábamos en nuestro ensayo “Los ciclos heroicos”, “es acción interior lo que se precisa a lo largo de todos estos procesos conocidos con el nombre de Iniciación. El ascesis no es otra cosa que ejercicio interno. La necesaria e imprescindible práctica interior es, en definitiva, acción. Y es por todo esto por lo que la vía más apropiada para completar el arduo y metódico proceso iniciático es aquella conocida como ´vía de la acción´ o vía del guerrero o shatriya.” (https://septentrionis.wordpress.com/2009/02/08/los-ciclos-heroicos/ )

No puede, por ello, sorprendernos el que el fundador del budismo perteneciese a la casta shatriya de la India (una de las castas compuestas por los descendientes de los indoeuropeos -indoarios- que llevaron a la Península del Indostán la tradición védica), pues Gautama Siddharta era un príncipe del linaje con más fama de bravura en el combate: los Sakyas (de aquí que también fuese conocido como Sakyamuni: ´el sabio del clan sakya´). Y no puede, por ello, sorprendernos que el zen calara muy hondo entre la casta guerrera del Japón, los samuráis, pues el código de honor y comportamiento -el bushido– por el que los guerreros japoneses conducían sus vidas casa totalmente con la autodisciplina, el espíritu de autosacrificio y de superación que exige la severa vía heroica iniciática del zen.

Estamos, pues, tratando con un tipo de Espiritualidad solar, alumbrada por lo que Evola definió como ´la luz del norte´ (por el origen norpolar y circumpolar -Thule, Hiperbórea, Airianem Vaejo, Monte Meru, la Isla Blanca,…- de este tipo de Espiritualidad y por hallarse -en el hemisferio norte- esa Estrella Polar situada siempre -inamovible, imperturbable- al norte). Nos hallamos ante un tipo de espiritualidad Regia, mayestática, guerrera y heroica del mismo tenor que la que resplandeció aquí en Occidente, p. ej., alrededor de una saga artúrica y de un ciclo del Grial en los que los buscadores del Grial eran caballeros y no clérigos y en los que no aparecen iglesias sino castillos como el de Camelot o el del rey Anfortas. El carácter Regio de este tipo de espiritualidad -iniciática y heroica- se reconoce en la misma tradición hermético-alquímica, donde en Occidente fue conocida como el Ars Regia. Podrá el lector comprobar cómo mismamente el autor de nuestro libro señala que “en el zen la Conciencia Iluminada se compara con un Rey”.

En contraposición con este tipo de espiritualidad iniciática, solar, olímpica, regia, heroico-guerrera y activa nos topamos con esa otra manera de mirar al Hecho Trascendente sin posibilidad de actualizarlo en uno mismo ni de llegar a su Conocimiento, sino conformándose, simplemente, con creer en Él, con tener fe en Él y con rendirle pasiva devoción …hablamos, en este caso, de religiosidad más que de espiritualidad y lo hacemos de un tipo de religiosidad sacerdotal, pasiva y propia de lo que Evola catalogó como ´luz del sur´.

Nuestras filias por el budismo zen nos vienen también dadas por considerarlo una vía Tradicional stricto sensu, ya que no concebimos el significado de ´Tradición´ como equiparable al de ´metafísca pura´. Para mejor aclarar estas divergencias nos remitimos a unas reflexiones que hace un tiempo vertíamos al respecto:

No hay que obviar el significado de ´Espiritualizar la materia´ en el sentido iniciático de actualizar el Espíritu en el seno de la materia representada por nuestro cuerpo y nuestra mente. Tras lo cual no se trata de evadirse en una especie de ´Metafísica pura´ que ignore y se desgaje del cuerpo sino que se trata de ´materializar el Espíritu´, esto es, de impregnar nuestro cuerpo y nuestra mente con ese Espíritu que habíamos Despertado a través de la Iniciación. De este modo, ahora sí, nos dice Evola que podemos hablar de Tradición y no, repetimos, de ´Metafísica pura´, por cuanto la Tradición exige la sacralización  de la materia: sacralizar el mundo, trasladar el macrocosmos al microcosmos y aspirar a la consecución del Imperium, aquí abajo, como reflejo del Ordo que rige allí arriba.

     El concepto de ´materializar el Espíritu´ hay, pues, que entenderlo en el sentido de que el Espíritu, una vez pasado de potencia a acto a través de la Iniciación, no debe ignorar al cuerpo (la materia), para que puedan evitarse, de este modo, posturas como las de aquellos ayunos extenuantes suicidas o el propio suicidio en sí practicado como medio de ´liberar al Espíritu aprisionado por un cuerpo al que había, pues, que eliminar´; posturas ejecutadas, p. ej., por maniqueístas extremos como los cátaros. Nos alejamos, de este modo, de evasionismos con respecto a la posibilidad de actuar en este mundo de aquí abajo. (Por supuesto que esta alusión al catarismo no debe llamar a confusión, pues como religiosidad de tipo lunar y, por ende, meramente devocional no conocía de la Iniciación.)

     Podríamos., en similar línea, echar mano de algo que comentamos en un trabajo nuestro (“Evola frente al fatalismo”: https://septentrionis.wordpress.com/2010/08/19/evola-frente-al-fatalismo/ ) cuando escribíamos que “el maestro italiano afirma que “el punto de vista del Vedânta es que el mundo, procedente de estados no manifestados, vuelve a sumergirse en ellos al final de cierto período, y ello recurrentemente. Al final de tal período, todos los seres, bon gré mal gré, serán por tanto liberados, ´restituidos´. Evola nos advierte del fatalismo que envuelve a estas creencias y nos advierte de que si el hombre, junto a toda la manifestación, volverá a Reintegrarse en el Principio Supremo del que procede y será, así, restituido a lo Eterno e Inmutable no se hace necesaria ninguna acción: ni interna tendente a la Liberación ni externa que apunte a la Restauración del Orden Tradicional, ya que, tarde o temprano, toda la humanidad (así como todo el mundo manifestado) acabará Liberada cuando haya sido reabsorbida por el Principio Primero. Obvia el haber de señalar la pasividad a la que dichas creencias pueden llevar.

     Igualmente nos advertía Evola de que considerar, tal como hace el Vedânta, al mundo manifestado como mera ensoñación (Mâya) puede abocar a posturas evasionistas con respecto al plano de la inmanencia. Puede llevar al refugio en el Mundo de la Trascendencia y a dar la espalda a una realidad sensible sobre la que el Hombre Tradicional debe tener muy claro que debe actuar para sacralizarla y convertirla  en un reflejo de lo Alto (recuérdese el Imperiumhttps://septentrionis.wordpress.com/2009/02/08/el-imperium-a-la-luz-de-la-tradicion/, en el microcosmos, como reflejo del Ordo macrocósmico). De no actuar en este sentido nos olvidaríamos -empleando terminología del hermetismo alquímico- del coagula que debe seguir al solve en todo proceso de metanoia o transformación interna; nos olvidaríamos, pues, de la ´materialización del Espíritu´ que debe seguir a la fase de ´Espiritualización de la materia´ propia de los procesos Iniciáticos.

Este considerar lo incontestablemente Tradicional (y alejado, pues, de lo que sería la ´metafísica pura´) de los fundamentos del budismo zen nos lo recuerda Augustus Rex cuando señala que “los maestros zazen dicen que la Tierra es la Tierra Pura del Buda”, su ámbito de actuación. O cuando nos recuerda que la extinción del deseo a la que puede llevar la práctica iniciática del zen no consiste en la anulación total de los sentimientos, de las emociones o de la sensibilidad …no consiste, pues, en la negación del compuesto físico-psíquico del ser humano sino que de lo que se trata es de llegar a ser “ni apasionado ni desapasionado, ni hipersensible ni insensible” y se trata, en la misma línea, de “subyugar a los sentimientos negativos (a éstos, no a todos) al control de la propia voluntad”, De este modo llegaremos a “la justa medida: ni exceso ni privación.”

La certidumbre de que el zen está totalmente alejado de concepciones de carácter evasionista con respecto al mundo de aquí abajo, al microcosmos, nos la vuelve a afianzar nuestro autor cuando nos explica el contenido del cuarto de los Cinco Rangos que algunas escuelas del zen enumeran a la hora de explicar los logros que van jalonando la vía que puede conducir al Despertar. Ese cuarto rango aludido es el conocido como “Rango de los méritos cooperados” …quien lo ha consumado en sí debe brindarse para ejercer el gobierno de su comunidad, con el objeto, en definitiva, de contribuir a armonizar el mundo de aquí abajo -el microcosmos- a semejanza de la armonía que rige en el macrocosmos.

Creemos llegado ya el momento, tras todo lo que hemos expuesto, de pasarle directamente el testigo a esta valiosa obra.

Eduard Alcántara

eduard_alcantara@hotmail.com