Julius Evola. Septentrionis Lux


EN PIE…

“Sé firme como una torre, cuya cúspide no se doblega jamás al embate de los tiempos“.

Dante Alighieri

«El poder del símbolo es más grande que el de los hombres».

Olimpiodoro

EN PIE…

En la Italia fascista de 1930 empezó a aparecer una extraordinaria publicación marcada por una nueva corriente de pensamiento: “LA TORRE”, que tendría en el gran Guido de Giorgio (1890-1957, alpinista, tradicionalista católico, experto en simbolismo occidental y representante de una corriente de pensamiento que se denominó “Fascismo Sacro”, que veían en la Roma antigua como el gran mito movilizador y como la idea-fuerza del Orden Nuevo, Roma era la Luz de Occidente para ellos), como a uno de sus principales inspiradores. Evola, gran admirador de Guido de Giorgio, definió a éste como “un iniciado en estado salvaje, de vida austera y costumbres espartanas, obsesionado con la idea de purificación, bajo el dominio de una cierta mística de carácter ascético, desde la aversión profunda al mundo moderno, hacia las ciudades, símbolo de mediocridad y sede de la nivelación caótica y democrática”, de hecho Guido murió a la edad de 67 años retirado y en la soledad de las montañas piamontesas, tal era su aversión al odioso mundo de la subhumanidad democrática con sus junglas de asfalto, atomización y brutal materialismo característicos , máquinas, ruido y suciedad . Pensador poco conocido y cuya obra literaria no fue muy amplia (su monumental “La Tradición Romana” no fue publicada en Italia hasta 1973, es decir 16 años después de su muerte acaecida en 1957), profundizaría dicho autor en el concepto de Tradición, cosmovisión opuesta totalmente a los decadentes y disolutos tiempos actuales de la Modernidad profana y profanadora. “Su indiferencia hacia el mundo moderno era tal que se había retirado a los montes, sentidos por aquél como su propio ambiente natural” (Julius Evola).

En “LA TORRE” se pretendía o se quería reunir a los pocos que eran capaces de una rebelión frente a la actual pseudo-civilización tiránica, parodia grotesca de auténtica civilización que es la Modernidad y sus infernales pseudo-valores, anti-mítica y anti-espiritual por esencia; crear algo así como una especie de vanguardia intelectual, guerrera y metafísica al servicio del Orden Nuevo, con Roma como mito fundacional y como exportadora de la Nueva Idea al resto de Europa: “Roma se erige como ese símbolo perenne e inmortal de la Tradición universal, el eje del mundo, entre el Este y el Oeste, la síntesis absoluta, armonizando opuestos,

generando esa unidad orgánica simbolizada en el Silencio, como Unidad Superior de lo Divino. Roma cae y vuelve a levantarse, aparece como la luz de Occidente, que nunca muere y siempre resurge de sus cenizas para salvar a Occidente” (Guido de Giorgio). Hay que decir que para este autor -todo lo contrario que para Julius Evola y otros como el también italiano Pio Filippani Ronconi-, no hay una ruptura entre “paganismo” y “cristianismo” en lo que respecta al fondo del mensaje tradicional, sino más bien una “continuidad”: “Para restaurar las vías que conducen a lo divino, se encuentra en la Tradición Romana, bajo la égida de los cuatro grandes símbolos cósmico-tradicionales de Jano y el Fascio Litorio, culminado en la continuidad del cristianismo de la cruz, la fuente renovadora del mensaje tradicional, que no se plantea, en ningún caso, como una ruptura con respecto a la norma tradicional de la Roma primitiva, más bien es un nuevo impulso ante la degeneración de las fuentes espirituales previas al advenimiento del cristianismo, corrompidas y sumidas en la exterioridad, presa de la idolatría y vaciadas de todo su simbolismo originario”. La eterna polémica, el cristianismo como “vampiro” y “asesino” del mundo antiguo, o bien como vivificador e inspirador de una nueva Roma y de un nuevo Ciclo Heroico (al fin y al cabo eso fue el Medievo gibelino y su Sacro Imperio Romano-Germánico)…

La elección de una torre como símbolo de la nueva corriente de pensamiento no fue casual, ya que el mismo no sólo representaba al “refugio” o al lugar de residencia de una mayor o menor mística, sino que en mayor medida representaba un puesto de resistencia, de combate, de lucha y de afirmación superiores (hoy sin duda el mejor símbolo para aquellos núcleos “que representen la salvaguarda de lo permanente” y que siguen defendiendo lo Absoluto frente a los embates de las hordas democráticas). El carácter heroico y viril, solar y aristocrático, de la nueva corriente de pensamiento era clara, por ello no hay mejor reivindicación para el mundo en ruinas que tenemos en ciernes y del que poco o nada merece ya ser salvado, en el que pocas “torres” van a quedar firmes ante el vendaval que se avecina, que el título de un famoso boletín de determinada fuerza paramilitar falangista de antaño y ya periclitada, y con el que hemos encabezado este pequeño artículo: EN PIE!!!, y ello frente al actual mundo del caos y de las tinieblas encarnados en los modernos totalitarismos del “pensamiento único” y de lo “políticamente correcto” que hoy se nos imponen con fuerza arrolladora y aplastante, el mundo de la anti-Tradición sin fronteras encarnado por el Nuevo Orden Mundial y sus acólitos o tontos útiles…

Joan Montcau

 

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DOMINIQUE VENNER, EL ESTOICO
diciembre 27, 2018, 11:43 pm
Filed under: Ética y valores, Cultura y pensamiento, Eduard Alcántara, Metapolítica

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DOMINIQUE VENNER, EL ESTOICO

 

No va a ser éste lugar dedicado a trazos biográficos ni a reflexiones políticas sobre la figura de Venner. Otros ya han escrutado esos caminos con buenas dotes de síntesis y con brillantez y acierto analíticos. Nuestro cometido va a ser el de sopesar el accionar, los gestos y los escritos del político y pensador francés con el enfoque propio de los valores y cosmovisión de la Tradición, pues para nosotros el valor de Dominique Venner (D.V.) responde a que encarna un tipo de hombre y expresa unas ideas que se hallan en consonancia con un modo de existir y concebir el mundo que fue el propio del Hombre que protagonizó las Civilizaciones del Ser. Hablamos de ese Hombre Vertical que tenía como faro de su discurrir el faro de lo Trascendente e Inmutable. Hablamos de un Hombre opuesto a ese otro ‘hombre horizontal’ paridor de nuestro mutilado y desnortado mundo moderno y, a su vez, parido por éste …Un Hombre opuesto al ‘homo vulgar’ de las actuales ‘civilizaciones del devenir’ …Opuesto a este -parafraseando a Julius Evola- ‘hombre fugaz’ que arrastra su existencia por las miasmas del hedonismo, del materialismo, de la superficialidad, del fáustico devenir, de la inconsistencia, de la inconstancia y de la banalidad. Todo cuanto veamos en D.V. como cercano, acorde o evocador de ese Hombre Tradicional merecerá nuestra atención, pues nos ayudará a conformar un arquetipo que si es tomado como punto de referencia y punto de llegada (meta a alcanzar) por alguno de nuestros lectores sin duda servirá para que éstos tengan más asideros a los que agarrarse con firmeza para no dejarse arrastrar por las disoluciones alienantes del mundo moderno.

En la línea trazada, no nos interesará hablar de los pensamientos y posiciones doctrinales que podamos percibir como contaminados por los efluvios de la modernidad. No nos interesará detenernos donde veamos subproductos emanados de las corrientes filosóficas, de pensamiento o políticas que han acelerado la descomposición del Mundo de la Tradición o de lo que pudiera quedar -a menudo como reflejo sin alma- de él. No nos interesará, verbigracia, ese rechazo que desde la revista Europe-Action, que D.V. dirigió a principios de los años ’60, se hace de un autor como Joseph de Maistre porque se realiza desde la confusión provocada por el hecho de ser contra-revolucionario …pero contrarevolucionario con respecto a las ideas, a la legislación y a las instituciones propias de la Revolución Francesa o emanadas de ésta y no -tal como se mal interpreta desde dicha revista- con respecto al capitalismo y a las injusticias sociales que éste comporta. No nos interesará el posicionamiento antimonárquico -sin distinción ni matización algunas- de dicha publicación porque la monarquía en sí es rechazable en su forma liberal-parlamentaria pero no cuando se reviste -tal como sucedió en otra épocas- de la sacralidad que el mismo monarca ha actualizado en su interior a través de un duro y riguroso ascesis; sacralidad con la que impregnará su Regnum (si pugnamos por sustituir este deletéreo lodazal materialista no puede ser más que por su opuesta Civilización: la iluminada por lo Alto). No nos interesará la reivindicación de figuras como -durante la Revolución francesa- la del jacobino Louis-Antoine de Saint-Just ni, con posterioridad, la de los dirigentes de la Comuna de París de 1.871, pues si no se sabe ver en la Revolución iniciada, en Francia, en 1.789 el gran aldabonazo al triunfo definitivo del mundo moderno no se sabrán detectar los orígenes, las causas y los hitos más significativos que explican los males, las injusticias, las disoluciones y las fracturas de nuestro mundo. No nos interesará la defensa del laicismo hecha desde las páginas de Europe-Action, pues la oposición a un cristianismo que cada vez se asemejaba más (se rondaba el Concilio Vaticano II) al igualitarista, antijerárquico, salvífico y cosmopolitista de los orígenes no debe hacernos descender aún más peldaños en dirección al laicismo desacralizador sino que nos debe empujar a alejarnos de él (de ese cristianismo) superándolo -ascendiendo en peldaños- hacia formas y vías de genuina Espiritualidad que admitan posibilidades de realización interior para un tipo de ‘hombre diferenciado’ (Evola dixit) y que, fuera de universalismos que no conocen de las diferencias, se adecúen a la idiosincracia, al palpitar y a la manera de entender y de vivir el Hecho Trascendente propios de cada pueblo.

Aunque no haya necesariamente que asignar a D.V., sino a la generalidad de la revista Europe-Action, estos posicionamientos ideológicos lastrados por excrecencias del mundo moderno lo cierto es que él fue director de la misma y no le podemos hacer escurrir el bulto con respecto a su responsabilidad a la hora de asumirlos. Pero de todos modos, repetimos, lo que nos interesa reivindicar en torno a la figura de nuestro personaje se halla en otras coordenadas bien alejadas de las expuestas en el párrafo anterior.

A nosotros nos interesa reivindicar a ese D.V. que no sin profundas motivaciones elige la catedral de Nôtre Dame como el escenario de su inmolación, pues lo hace al rastrear en ella un enclave de culto casi inmemorial que la liga con un pasado en el que los ancestros concebían la existencia como si de un continuo ritual sacro se tratase …ritual gracias al cual quedaba sacralizado todo el accionar humano. No en vano la catedral parisina se alza en el mismo enclave en el que los romanos levantaron el templo de Júpiter y, antes, los galos honraban al dios Lug (1) …Y es que hablar de nuestros ancestros, reivindicar nuestra identidad a través del rescate de nuestro orígenes y hacerlo, al mismo tiempo, mutilando al hombre de la dimensión Trascendente, que fue su eje vertebrador, significarían un total y absurdo contrasentido.

Es en esta línea en la que Fernando José Vaquero Oroquieta nos trae a colación un editorial escrito por D.V., titulado “La memoria de un impulso heroico”, en el que nos dice Vaquero Oroquieta que partiendo del hecho incuestionable de la decadencia de la civilización europea, Dominique Venner se plantea la eterna cuestión de, en estas precisas circunstancias, “¿qué hacer?”. D.V. toma partido en la alternativa que presentan, a su juicio, las dos posibles respuestas: que denomina, respectivamente, «la solución sistémica» y la solución espiritual. Correspondería a la primera “imaginar otro sistema político y social a través de una revolución. La segunda es una transformación de los hombres por la propagación de otra visión de la vida, otra filosofía espiritual. Es lo que hizo el estoicismo en la Roma imperial.

D.V se sumaría, pues, a esa línea postulada ya antes por otros, como la del caso del rumano Corneliu Zelea Codreanu cuando manifestaba su convicción de que sin la prioridad por la que bregar, que no es otra que la de forjar un ‘hombre nuevo’, cualquier cambio sistémico, que llevara a la abolición de la liberal-plutocracia y a la implantación de un orden tradicional vertebrado, resultaría efímero, pues el tipo de hombre surgido como consecuencia de tantos años de fomento del individualismo, del egoísmo, del consumismo y del materialismo en breve tiempo intentaría subvertir los cambios politicos logrados y maquinaría en pos de la restauración del status capitalista; en el que sus impulsos compulsivos hacia el consumo y su egoísmo incompatible con un ordenamiento social orgánico volverían a tomar carta de libertad y desarrollo ilimitado.

 

Como se ha señalado nuestro autor se refería en “La memoria de un impulso heroico” al “estoicismo en la Roma Imperial”. Venner se sentía muy identificado, existencialmente, con esta corriente filosófica para la cual la templanza, el autocontrol, el dominio de sí mismo y la indiferencia ante todo aquello que no es sustancial en la vida son logros del alma –mente- que la mantienen alejada de los disturbios y turbulencias que acontecen a nuestro alrededor y que pueden distorsionar la psique del común de los mortales. Se trata de lograr permanecer impasible ante lo accesorio y ante lo que turba y perturba al hombre común. Los Séneca o los Marco Aurelio pueden ser un perfecto modelo existencial a seguir. De hecho estos logros descondicionadores de la mente constituyen la médula del nigredo (u ‘obra al negro’) de la tradición hermético-alquímica …y es que sólo a partir de la putrefacción y de la limpieza de escorias psíquicas –del subconsciente y lo irracional- puede aspirarse a la calma psíquica frente a los vaivenes y desequilibrios que acosan al ser humano en el seno de este enloquecido y desnortado mundo del devenir.

 

Georges Feltin-Tracol nos recuerda en un texto titulado  Dominique Venner o la fundación del porvenir” que En su texto del 23 de abril de 2013 ”¡Salud, Caballero rebelde!”, interrogándose ante el soberbio grabado de Albrecht Dürer “El Caballero, la Muerte y el Diablo”, Dominique Venner concluía que “la imagen del estoico caballero me ha acompañado a menudo en mis rebeliones. Es cierto que soy un corazón rebelde y que nunca he dejado de rebelarme contra la fealdad invasora, contra la bajeza promovida como una virtud y contra las mentiras elevadas al rango de verdades. Nunca he dejado de sublevarme contra todos aquellos que han querido la muerte de Europa, de nuestra civilización milenaria, sin la cual yo no sería nada.

De lo que se trata, pues, no es de mantener pasividad ante lo que acaece y, sobremanera, ante lo que corroe y aliena sino de ‘golpear sin odio’, esto es, actuar sin alterarse interiormente. Nada más alejado de posturas pasivas y de apoliticismo (2), pues en Venner vemos igualmente un identificarse con la figura del guerrero, del caballero andante, del samurái, del shatriya de la sociedad de castas indoaria, con la ‘vía de la acción’. Y es tal así que el mismo Georges Feltin-Tracol nos sigue diciendo que D. V. en “El corazón rebelde” insistía en la figura del samurái y su última metamorfosis histórica, el kamikaze, el combatiente de asalto que, en nombre de sus principios, se sobrepasa una vez más. “Morir como un soldado, con la ley de su parte, exige menos imaginación y audacia moral que morir como un rebelde solitario, en una operación suicida, sin más justificación íntima que la orgullosa certeza de ser el único en poder cumplir lo que debe ser llevado a cabo.

Siento que tengo el deber de actuar mientras tenga todavía fuerza para ello.” 

El altruismo heroico, combatiente y radical, defendido por Dominique Venner, se concreta en un acto decisivo que trasciende todo una obra de escritura y de reflexiones para alcanzar los antiguos preceptos de los romanos, en particular los del estoico Séneca para quien “bien morir es escapar al peligro de mal vivir. ”

Este convencimiento de cumplir lo que debe ser llevado a cabo y del deber de actuar se hallan en consonancia con aquella máxima indoaria de hacer lo que debe ser hecho y de la que nosotros en cierta ocasión señalábamos que El hombre diferenciado debe hacer lo que debe ser hecho, independientemente de cuáles puedan ser los resultados obtenidos; independientemente de si llega a conseguir unos fines concretos o no. Independientemente de si arriba a ciertas metas o no las alcanza.

Es en esta línea en la que en nuestro ensayo “Evola frente al fatalismo reproducíamos una cita autoría de un encriptado grupo de personas que allá por los años ´70 de la pasada centuria redactaron una serie de interesantes escritos que bebían del legado Tradicional transmitido por Julius Evola y que firmaban sus escritos como “Los dioscuros“. Cita en la que decían que “nosotros encendemos tal llama, en conformidad con el precepto ariya de que sea hecho lo que debe ser hecho, con espíritu clásico que no se abandona ni a vana esperanza ni a tétrico descorazonamiento”.

Los textos sapienciales del hinduismo señalan que tal manera de actuar haciendo lo que en cada momento debe ser hecho -sin hacerlo buscando algo a cambio- adecuan al hombre con el “dharma”, esto es, con la ley cósmica-natural que se altera cada vez que alguien no obra como debe obrar (3).

 

En la nota en la que anunciaba su decisión sacrificial D.V. declaraba que cuando tantos hombres se hacen esclavos de su vida, mi gesto encarna una ética de la voluntad. (…) Me sublevo contra la fatalidad. Con esta afirmación nuestro autor da un gran salto hacia atrás en el tiempo para enlazar directamente con el Hombre de la Tradición, para el cual no existían condicionantes ni determinismos de signo fatalista que coartaran su libertad. El hombre era dueño de su destino. Él con su proceder lo determinaba. Saltaba, pues, Venner, por encima de la noche oscura del mundo moderno y de sus medios de esclavizar la voluntad del hombre. El Hombre de la Tradición es un Hombre Liberado interiormente y no determinado fatalmente ni por -a diferencia de lo que sucede a día de hoy- un determinado Sistema de Enseñanza ni por -siguiendo a Hegel- una especie de Razón Universal ni por un Hado o Destino que todo lo tendría irremisiblemente prefijado ni por el dios todopoderoso, omniscente y omnipresente de las Religiones del Libro (4).

Posturas que Guillaume Faye corrobora como propias de D.V. cuando en una entrevista sobre nuestro protagonista (5) afirma que éste defendía la idea de que los dioses no deciden, porque el pagano (6) es un hombre libre. El opuesto absoluto del pagano es el seguidor del Islam, es decir, de la sumisión. Y señala, en el mismo sentido, de que no hay que dejar la muerte en las manos del destino, sino de la elección.

     Y en la misma línea se expresa Adriano Erriguel cuando escribe, en un artículo que lleva por nombre “El sol blanco de Dominique Venner”, que el suicidio de Venner debe explicarse como la decisión de ser dueño del propio destino. O José Javier Esparza cuando, en el escrito “Dominique Venner y el destino de Europa”, dice que cualquier movimiento de conciencia puede transformar la sociedad materialista que hoy conocemos, pues -añadimos nosotros- no se trata tan solo -¡que ya es mucho!- de no ser coartados por ningún condicionamiento que impida recorrer ese camino de transformación interior propio del Iniciado de las grandes Tradiciones sino que, asimismo, se trata, de no concebir como fatal ningún status quo como el que política, social, económica y “culturalmente” impera a día de hoy, sino que, al contrario, se conciba la posibilidad de derrocarlo y sustituirlo por otro que permita la realización -espiritual, social, política, laboral,…- de cada miembro de la sociedad al máximo de lo que sus aptitudes le permitan. Por lo cual no únicamente debe ser rechazado el fatalismo en el plano personal e interior sino también en el social y exterior.

Mi gesto encarna una ética de la voluntad –anunció D.V. para explicar su autosacrificio. Es la voluntad que se impone ante cualquier obstáculo, contratiempo y condicionante que resultaría insalvable para el homo vulgaris débil, sin pulso y vencido que ha excretado la modernidad.

En similar orden de cosas D.V. nos transmite en su escrito “El sentido de la muerte y de la vida” que la muerte voluntaria proclama la soberanía que uno ejerce sobre sí mismo.

   

      Julius Evola tipificó con gran nitidez dos formas diferentes y contrapuestas de vivir y concebir la existencia y el mundo manifestado. Las presentó, de forma gráfica, como las guiadas la una por ‘la luz del norte’ y la otra por ‘la luz del sur’. La primera representa la propia del Mundo de la Tradición y entiende de lo diferenciado, lo jerárquico, del honor, el valor, la fides,… La segunda, por contra, corresponde a un tipo humano, que ya inoculado por el virus del mundo moderno, adhiere al igualitarismo, al gregarismo, a la promiscuidad, al tejemaneje, al espíritu mercantil,… Venner en su obra “El blanco sol de los vencidos” sitúa frente a frente a estos dos tipos humanos yuxtapuestos y lo hace en el contexto de ese Norte y ese Sur que acabaron enfrentándose en la Guerra de Secesión de los Estados Unidos (1.861-64). Nos cita al por entonces Gobernador de Carolina del Sur James H. Hammond cuando afirmó que No han existido sobre la tierra dos naciones, que estuvieran separadas de forma distinta y hostil como nosotros. Ni Cartago y Roma, ni Francia e Inglaterra, en ningún momento. También a Mary Chesnut, esposa de un senador de Carolina del Sur quien anotó en su diario que nos hemos separado por incompatibilidad de caracteres. D. V. habla de dos mundos ajenos el uno al otro. Se trata lo que determinadas corrientes geopolíticas han denominado como la alteridad existente, a lo largo de la historia, entre ‘potencias continentales’ y ‘talasocracias mercantiles’. Las primeras apostarían por el afán civilizador y las segundas por el meramente monetario; entre las primeras, verbigracia, la Antigua Roma y entre las segundas Cartago (de fenicia afiliación). Venner nos explica, en este libro, cómo el Norte encuentra como justificación a su sed de acaparar riquezas la argumentación calvinista que responde al silogismo de que el Señor bendice la riqueza. Nos recuerda que se forja en el Sur una tradición aristocrática y agraria, en oposición a la tradición burguesa y mercantil del Norte y que estas diferencias se acentuaron a mediados del siglo XVII, con la llegada (al Sur) de nuevos emigrantes de noble cuna, los “Cavaliers”. Estos barones huían de Inglaterra tras la ejecución de Carlos I Estuardo. Mientras que el Norte se enriqueció en el curso del decenio siguiente con los “Cabezas Redondas”, los “niveladores”, antiguos partidarios de Cromwell y adversarios de los “Cavaliers” que la restauración de los Estuardo sobre el trono de Inglaterra expulsó a su vez. Basta reemplazar a los “Cavaliers” por los carlistas y los Cabezas Redondas por los isabelinos para imaginar los sentimientos que los colonos del Sur podían alimentar respecto a los del Norte y recíprocamente.

Al plantador del Sur (…) se opone el puritano de Nueva Inglaterra. Este hombre de Dios ha firmado un contrato con el Cielo para triunfar sobre la tierra. A cambio del rigorismo de su existencia, espera de Jehová que favorezca sus negocios.

     Nos cita, asimismo, a Michel Chevalier, quien en sus “Lettres sur l’Amerique du Nord(publicadas en 1.836), asevera que el yankee y el virginiano son dos seres muy dispares.    

    Del mismo D.V. escribe Javier Ruiz Portella, en el artículo “El aristócrata y el hombre de las pantuflas”, como de ese hombre con alma de aristócrata que pertenecía a la alta “aristocracia secreta”, como él la llamaba.

     En “El blanco sol de los vencidos”, D. V. habla de los grandes propietarios del Sur cual si de señores feudales se tratase; siempre guiados por esos principios propios al hombre de ‘la luz del norte’. Nos dice de ellos que los plantadores son puntillosos en su honor, dispuestos a pedir reparación por las armas.(…) Velan también sobre los granjeros y los “pequeños blancos” de su condado, administran justicia y socorren a los indigentes. Más aun que el “squire” inglés, entre sus granjeros, el plantador es el señor de su tierra. Un señor feudal sin soberano. (7)

El ya citado Javier Ruiz Portella escribe sobre los pareceres que D. V. tenía acerca de las dos maneras de concebir cuál es el motor del mundo, ya sea si se trata del parecer de los hijos de ‘la luz del norte’ o si se trata de los de ‘la luz del sur’: Venner, apoyándose en Max Weber, piensa que no son los intereses económicos los que determinan las ideologías, sino al revés, que son las ideologías, las religiones, los principios, los que determinan las formas económicas.

Es, pues, ese ‘demon de la economía’, al que denunciaba Evola, el que guía el pensamiento y el accionar del ‘hombre común’ de la modernidad. Ante el ‘homo oeconomicus‘ se alza, para Venner, el caballero y su ética del honor; se alzan el guerrero y el Héroe -que no sólo transita el mundo exterior sino también su vida interior con el objeto de realizarse espiritualmente.

Si seguimos caracterizando al hijo de ‘la luz del norte’ qué mejor que seguir echando mano el autor francés cuando en su artículo “El individualismo: origen último de la corrupción” plantea que si el interés personal es el único fundamento del pacto social, no se ve que es lo que podría prohibir que cada cual se aproveche de ello lo mejor que pueda, según sus intereses y sus apetencias, llenándose el bolsillo si su cargo le ofrece tal oportunidad.

Individualismo en hipertrofía mayúscula que contrasta con el sentido comunitario que caracterizó siempre, por contra, al ‘hijo de la luz del norte’, que era activo partícipe de los ‘cuerpos intermedios’ (hermandades, gremios, cofradías, órdenes,…) a los que pertenecía y los cuales vertebraban y estructuraban las sociedades Tradicionales orgánicas. Y en semejante orden de ideas nuestro autor nos hace ver, en este último escrito, que en Europa, desde la más remota Antigüedad, siempre había dominado la idea de que cada individuo era inseparable de su comunidad, clan, tribu, pueblo, polis, imperio, al que se encontraba unido por un vínculo más sagrado que la propia vida.

Y nos advierte de que estas agrupaciones orgánicas -que fueron las inherentes a la Tradición- han degenerado, en el mundo moderno, en conglomerados inorgánicos y desestructurados y en una suma de individuos reunidos para pasarlo bien o satisfacer lo que por su interés entienden.

 

Dominique Venner no es ajeno al plano Trascendente de la realidad. Desde el punto de referencia del llamado pensamiento Tradicional revisten especial interés sus apreciaciones al respecto. Nuestro autor no concibe un tipo de religión quasi abstracta (que no exhibe puntos de conexión con lo concreto, con la realidad antropológica de cada cultura), de corte cosmopolita, que pueda ser profesada aquí, allá y acullá, sin ninguna relación con el palpitar particular de cada pueblo. Pues, por contra, él defiende la convicción de que cada grupo humano tiene una manera diferente de percibir la existencia y el Hecho Trascendente. Y, a nuestro entender, se carga de razón al defender esta posición, pues, existen grupos humanos a los que su idiosincracia particular les hace identificarse con prácticas de corte animista, así como otros lo hacen con otras totémicas, otros con la mera creencia en lo Alto y, en cambio, otros son -o, al menos, fueron- capaces de emprender -sobre todo en sus miembros más dados a ello, por capacitación espiritual y por voluntad- capaces de emprender, decíamos, la vía interior que lleva al Conocimiento del plano Suprasensible de la Realidad e incluso a Identificarse ontológicamente con dicho plano. Este último grupo humano siempre concibió el cosmos como un todo armónico en el que fluyen fuerzas sutiles-metafísicas con las que se puede -y debe- interactuar. Otros grupos humanos, en cambio, conciben un vacío metafísico entre el Creador y las “criaturas”, por lo que creen imposible acceder a la Gnosis del dicho Creador por no existir los “peldaños metafísicos” intermedios –numina– que harían posible el acceso del hombre al mentado Creador. D. V. piensa, en este sentido, que Europa no podrá reencontrarse a sí misma, a sus raíces, a su esencia y a su Tradición a través de una religión, ya bimilenaria, que no encaja con el palpitar Espiritual del homo europaeus y que es extrapolable a cualquier latitud y rincón del planeta. Postula, Venner, por contra, que la esencia metafísica el europeo la debe indagar en otras fuentes. Y es por esto por lo que en “Las razones de una muerte voluntaria” afirma que no poseyendo una religión identitaria a la cual amarrarnos, compartimos desde Homero una memoria propia, depósito de todos los valores en los cuales podremos volver a fundar nuestro futuro renacimiento.

    Así se ha recogido en un artículo titulado “La muerte de Dominique Venner no es un fin sino un comienzo” (8). En él su autor detecta una ‘religión identitaria’ en otros pueblos, mientras en cambio, los europeos tienen una religión universal y afirma, por esto, que el cristianismo tiene una vocación universal.

Si para los pueblos indoeuropeos Tradicionales el hombre podía transmutarse interiormente a través de la Iniciación era porque concebían que como emanación que era -el hombre- del Principio Supremo y Eterno (y no creación ex nihilo de éste) compartía con el mismo su esencia imperecedera; la cual se trataba de activar. Y es que  en todas las culturas Tradicionales el hombre siempre se creyó descendiente de los dioses. Los clanes, las tribus, las “genes” creían tener en alguna divinidad a su antepasado más remoto. Los Iniciados, al ir más allá de la forma concreta y antropomórfica que se le otorgaba a la divinidad, concebían al hombre como emanación de un Principio Supremo y, en consecuencia, lo hacían partícipe y portador de la Esencia Inmutable y Sacra de dicho Principio.(9)

D.V. , en un escrito suyo ya reseñado con anterioridad (10), escribe que (…) esta indiscutida conciencia, de la que la Iliada nos ofrece la más antigua y poética expresión, tomaba formas diversas. Basta pensar en el culto a los ancestros a quienes la “polis” debía su existencia …Ancestros que solían ser identificados con dioses o con héroes divinizados.

 

La actitud del estoico ante la vida, con el que -ya lo hemos señalado- se identificaba el autor francés, es la de cierto distanciamiento interior, pues el estoico ha logrado una buena dosis de desapego con respecto a la vida; desapego fruto de un trabajo interno que el Mundo de la Tradición llamó Iniciación o al que, concretamente, el orbe clásico se refirió cuando hablaba de la consecución y gnosis de los ‘Pequeños Misterios’ y de los ‘Grandes Misterios’.  Desapego con respecto a los bienes materiales, a las ambiciones humanas, a las pulsiones más primarias, a los sentimientos desaforados o a las pasiones y emociones embriagadoras y cegadoras. Como a uno de los arquetipos de este tipo de hombre descondicionado nos presenta Venner al samurái, al cual nos recuerda que el “Hagakuré” -libro escrito por Yamamoto Tsunetomo– impelía a prepararse para la muerte mañana y noche y día tras día, como técnica de superación de un apego a la vida que conlleva a ese miedo a perderla que debe ser ajeno al samurái.

El estoico, para nuestro autor, responde a un comportamiento y una edificación interna que se hallan en las antípodas de aquellos que, como el hombrecillo moderno, deambulan en unas vidas que no son nada y que no tienen otro objetivo que vivir por vivir, cualquiera que sea su vacuidad. (11)

Este ‘hombre moderno’ atribulado y que se agita con convulsión es el fruto de una modernidad ante la cual un tipo de ‘hombre diferenciado’ se siente como un ‘exiliado en este mundo’ …se siente, tal como nos recuerda Venner, como se sentía Antoine de Saint-Exupéry cuando en su “Carta al general X, escrita en 1943, ya declaraba su aversión por el mundo que ante él se alzaba: «Odio mi época con todas mis fuerzas […]. El hombre está castrado, cortado de sus resonancias originales» (12); unas ‘resonancias originales’ que no pueden ser otras que las que vibran al son de la Trascendencia …y una dimensión Trascendente de la cual el hombre moderno ha sido amputado.

Ante el apego a la vida que desapega de lo que es ‘más-que-vida’ (el plano del Espíritu) y que, por otro lado, impide cualquier trazo de comportamiento heroico, Javier Ruiz Portella en su homenaje a la memoria de D.V. nos dice que basta que alguien sea capaz de jugarse la vida en un acto heroico para que ello choque profundamente a la chusma amorfa que nos rodea (esa chusma que nada tiene que ver, recordaba antes, con el pueblo que, cuando aún existía, se inclinaba ante los héroes). Pero hoy no. Hoy lo que más detesta el hombre-masa (el de arriba, el de abajo y el de en medio) es todo lo que pueda oler, así sea de lejos, a grandeza y heroicidad. (13)

Dominique Venner, en ese jugarse la vida, al poner fin a sus horas terrenales, lo hace con esa mentalidad inseparable del estoicismo, pues nos recuerda que cuando Catón de Útica, Séneca, Petronio y tantos más ponen voluntariamente fin a sus días, son fieles a la filosofía estoica que enseña a morirun estoicismo para el cual los motivos del autosacrificio no pueden separarse del concepto del honor, tal como comprobamos cuando afirma que La muerte voluntaria, atributo del Japón de los samuráis, puede traducirse en alta aspiración al honor y a la dignidad. O cuando añade que es imposible no sentir estima por el almirante von Friedeburg, último comandante en jefe de la Kriegsmarine, que se dio muerte después de haber sido obligado a firmar la capitulación de 1945. (14)

 

¡Que no nos abandone no sólo el legado escrito de Venner sino, más aún, el ejemplo de su sacrificio por un elevado ideal …el único por el que merece que consumamos nuestra vida!

 

 

NOTAS:

 

(1)En su nota de despedida, la misma mañana de su autosacrificio, nuestro autor francés señalaba que escojo un lugar altamente simbólico, la catedral de  Notre-Dame de París que respeto y admiro, esa catedral edificada por el genio de mis antepasados en sitios de culto más antiguos que recuerdan nuestros orígenes inmemoriales.

(2)   Merece ser destacada la diferencia existente el apoliticismo nihilista e irresponsable inherente a la postmodernidad como forma de despreocupación ante los fenómenos del mundo de la política que nos intentan determinar (¡y de qué deletérea manera!) y el concepto de “apoliteia” que defiende Julius Evola en su obra “Cabalgar el tigre”, como aquella actitud que persigue un cierto distanciamiento ante los accionares disolventes del entramado político del mundo moderno. Un distanciamiento (tanto exterior como interior; guiado, éste último, por una especie de actitud estoica) que pretende el que no nos veamos influenciados por sus cáusticas influencias pero que, al mismo tiempo, no nos prive de la posibilidad de actuar, en un momento dado, desde dentro del mismo Sistema siguiendo la estrategia de intentar minarlo en sus fundamentos y de poner al descubierto sus contradicciones.

  • “El deber”, capítulo IV de nuestra obra “El Hombre de la Tradición”. Ediciones Camzo.  También puede leerse en    https://septentrionis.wordpress.com/2012/10/04/el-hombre-de-la-tradicion-iv-el-deber/
  • Ideas que hemos desarrollado ampliamente en “Evola frente al fatalismo”, capítulo III de nuestro libro “Reflexiones contra la modernidad”. Ediciones Camzo. También se puede acceder a su contenido en https://septentrionis.wordpress.com/2010/08/19/evola-frente-al-fatalismo/.
  • Traducida al castellano por Francisco Albanese.
  • Sería conveniente descartar el término ‘pagano’ y sustituirlo por el de ‘precristiano’ o (fuera del área de expansión del cristianismo) el de ‘politeísta’ o, sencillamente, por el de ‘Hombre de la Tradición’, ya que el vocablo ‘pagano’ reviste connotaciones despectivas asignadas por el primigenio cristianismo y que tendrían que ver con lo rústico y primario; amén del hecho de que el “paganismo” de los últimos siglos del Imperio Romano Occidental involucionó en algo así como una especie de panteísmo
  • Nosotros ya en su día intentamos mostrar los parabienes que, desde el punto de vista Tradicional, fueron propios de la Edad Media (en especial la Alta Edad Media) y los hicimos en un escrito que llevaba por título “Lanzas a favor del Medievo” (https://septentrionis.wordpress.com/2014/11/04/lanzas-a-favor-del-medievo/)
  • Puede leerse en su totalidad en http://www.alertadigital.com/2013/06/04/la-muerte-de-dominique-venner-no-es-un-fin-sino-un-comienzo/
  • Párrafo recogido en ciertas reflexiones nuestras que se pueden consultar en https://septentrionis.wordpress.com/2010/05/25/el-emanatismo/
  • “El individualismo, origen último de la corrupción”
  • Del escrito “El sentido de la muerte y de la vida”, Dominique Venner.
  • Íbidem.
  • “El sacrificio heroico y el sentir mayoritario”, Javier Ruiz Portella.
  • “El sentido de la vida y de la muerte”, Dominique Venner.

 

Eduard Alcántara

eduard_alcantara@hotmail.com

 

 



audio conferencia. “Güelfos vs gibelinos: buscando las claves de la decadencia”

En el siguiente enlace se podrá descargar sin problemas (no hay que temer el aviso de virus) el audio de nuestra conferencia “Güelfos vs gibelinos: buscando las claves de la decadencia”:

https://drive.google.com/uc?id=1aTNcGOGC17BK50BaASi3tLJy02wcdBhP&export=download

Eduard Alcántara

eduard_alcantara@hotmail.com



LA (NO) ESPIRITUALIDAD EN LA SOCIEDAD ORWELLIANA

El dominio del hombre sobre las especies animales resulta tanto más sencillo cuanta más condición de rebaño sea connatural a una u otra especie. Los individuos que forman parte del rebaño no actúan, nunca, por sí solos …carecen de autonomía. El individuo es parangonable al átomo indistinto que forma la materia. Entre individuos o átomos no cabe la diferencia. Lo disímil puede no moverse en la misma dirección, en cambio en el seno de lo indiferenciado no cabe la autonomía, por lo que su manipulación resulta harto sencilla.

El hegemónico igualitarismo imperante en nuestras actuales sociedades ha sido posible gracias a un proceso de nivelación por lo bajo, ya que la nivelación por lo alto resulta imposible al no poder llegar todos nuestros congéneres a determinadas excelencias; ya sean éstas de carácter anímico-mental (valores, carácter, voluntad e intelecto) o ya sean éstas de una “naturaleza” superior que tiene que ver con ver con el plano del Espíritu y, más concretamente, con determinadas transformaciones interiores que responden, en un primer momento, al desapego de la persona con respecto a aquello que la aliena, aturde, somete, ata y esclaviza (la vida meramente fisiológico-vegetativo-pulsional e instintiva y el psiquismo henchido a la vez que aturdido por todo un torbellino pasional, emocional y sentimental sobredimensionado y, por ello, imposible de controlar y dominar) y, en un consecuente -y, en ocasiones, incluso paralelo- momento, estas transformaciones interiores responden a auténticos cambios ontológicos que ponen en contacto a la persona (y la hacen partícipe) con el plano sutil y metafísico de la realidad y que incluso la pueden hacer participar de lo que se halla en el origen -y más allá- de ese plano sutil de la realidad: el plano de lo Absoluto: el plano de lo totalmente Incondicionado. A este nivel de logros internos la manipulación de la persona resulta imposible, pues nada la puede condicionar al haberse situado -ontológicamente- más allá del plano de la contingencia: del plano de lo que cambia y es caduco. Una comunidad regida por este tipo de Hombres se vería irradiada por la Espiritualidad de esta élite rectora y los intereses de la misma ya no estarían centrados en lo vegetativo y mutable sino en lo Alto y Permanente. El materialismo no tendría cabida. Cada cual superaría las barreras antinaturales del ´igualitarismo de lo bajo´ (impuesto por obra y gracia de los “Inmortales Principios” emanados de la nefasta Revolución Francesa) según sus potencialidades espirituales y según la propia voluntad para ir despertándolas y actualizándolas (para que de potencia pasen a acto). Una comunidad marcada, pues, por las diferencias fruto de los logros internos es una comunidad en la que prima la diversidad, la diferencia y es, en definitiva, una comunidad jerarquizada de acuerdo a la consumación -por parte de cada uno de sus miembros- de los diferentes grados de conquista de esos planos metafísicos de la realidad. Una comunidad, de tal género, caracterizada por el principio de la diversidad -y no de la igualdad bovina- resulta imposible de manipular y adocenar. Por contra, una colectividad homogeneizada y anclada en lo bajo, de encefalograma plano y que responde a un único estímulo (el vegetativo) es fácilmente dirigible. Y lo es por dos motivos: en primer lugar porque al ser indistinto su componente humano sólo se necesita de una única estrategia para controlarla y en segundo lugar porque la existencia vermicular-vegetativa sólo precisa del suministro de dosis de estimulantes fisiológicos, de placebos o de analgésicos mentales para que su  discurrir larvario no sufra alteraciones de relieve.

Por contra, lo plural resulta difícil de manipular, pues requiere de diversas estrategias manipulativas (tantas como diferentes grados de transformación interior cada persona haya logrado en un determinado momento de su existencia). Pero claro, si esas transformaciones internas han sido, ya, dignas de consideración supondrán un cierto descondicionamiento con respecto a aquello que mediatiza al ser humano corriente y, por ello, en este estado de cosas el esclavizarlo -existencialmente- resultará empeño prácticamente vano.

Incluso aquellos congéneres no aptos para recorrer caminos interiores de transustanciación no verán (en el seno de comunidades Tradicionales regidas por una aristocracia sacral -de aristos, los mejores) sus existencias abocadas a un discurrir materialista, pues el prestigio y el aura que desprenderán los que han consumado en sí la Realeza interior (la Espiritual) actuarán como si de una especie de polo magnético se tratase que motivará a los más (los incapaces de recorrer caminos de transformación interior) el mirar siempre hacia lo Alto y el  enfocar la cotidianidad de sus existencias a fines que trasciendan lo contingente y apunten hacia lo Trascendente (aunque no puedan transmutar su “naturaleza” más esencial y actualizar lo sacro en su interior).

 

Allá por los años ´20 de la pasada centuria Julius Evola acuñó el término del ´autarca´ para referirse a aquél que no estaba condicionado por nadie ni por nada, a aquél que no vivía mediatizado por lo exterior a él, a aquél -hay que insistir en ello- que nunca podrá ser domeñado. Hablamos, en definitiva, de ese Hombre de la Tradición que es, por ende, persona y no individuo. Es persona en el seno de una comunidad diversa, orgánica y jerárquica y no es -contrariamente a lo que acontece en una actual sociedad con tantos tintes orwellianos- individuo indistinto a sus congéneres, amputado de su dimensión Superior y Trascendente, abocado a la más burda materialidad, sin más condición que una primaria y animalizada y de cuya suma con sus iguales (individuo más individuo) no se obtiene otro resultado que aquél de la ´masa´.

La masa responde al instinto gregario que no es otro que el del rebaño. Y al rebaño se lo manipula sin esfuerzo y se lo conduce al redil que se desee …el redil en el que se halla cautivo el hombre común de nuestros tiempos (pese a la ilusión, que se le ha inculcado, de creerse “libre”). El redil de ese mundo que en su novela “1.984” nos describe George Orwell. Un redil en el que nadie se plantea las injusticias, las contradicciones, las arbitrariedades, las mentiras del Establisment ni, claro está, la inconveniencia de su existencia y de su hegemonía. Los cantos de sirena del “maravilloso” igualitarismo, con cuya prédica se embauca al hombre vulgar propio de estos tiempos postmodernos, también contribuyen a tenerlo sumiso. Se le intenta contentar y, más aún, narcotizar a base del suministro constante y programador de construcciones abstractas (la “Igualdad” de natura entre los hombres, la “Libertad” -tan sólo formal y que, encima, no se cumple,…) que se han erigido en santo y seña del Sistema y que a lo único que lo conducen es a su más absoluta alienación y a la ignonimia más inimaginable. El hombre moderno del que nos hablan los grandes intérpretes de los textos Tradicionales Sapienciales y Perennes (como un Julius Evola o un René Guénon) no es otro que el que Orwell personifica, en la citada novela, en los ´proles´ y en los miembros ´externos´ del Partido Único (extrapolable a la partitocracia reinante). Más concretaríamos todavía y diríamos que estaríamos hablando, con total certeza, del ´hombre fugaz´ que nos describió Evola como propio del de la hegemonía del Quinto Estado. Ya no se trataría, pues, del propio al del Tercer Estado (el prototipo del burgués que triunfa, definitivamente, con la Revolución francesa) ni del propio al del Cuarto Estado (que viene ligado a la figura del proletario enaltecido por el marxismo) sino de un hombre que ya ha incluso dejado de lado la adhesión a cualquier principio e ideología (aun sido éstos nefastos), ha dejado de lado ninguna pretensión por mejorar o por cambiar la sociedad, ha dejado de lado ningún interés por “avanzar” por el camino del “progreso” en busca de un mundo de bienes de consumo ilimitados y al alcance de todos (pretensión del burgués) o en busca de un mundo libre de superestructuras “explotadoras” (la sociedad comunista ansiada por el marxismo) y en su lugar -este ´hombre fugaz´- sólo  muestra interés por el ´aquí y ahora´: por satisfacer sus necesidades más primarias, instintivas y materiales cuanto antes mejor y en la mayor cantidad posible. Las crisis económicas inherentes al sistema capitalista le provocan desazón al verse privado de lo bienes ansiados por su sed consumista pero el Gran Hermano descrito por Orwell buscará -y encuentra- sucedáneos y triviales y vacuos divertimentos para tapar su desazón …y para aquellos pocos rebeldes e inconformistas que no quieran seguir la llamada a la que acude sumiso el   rebaño el Gran Hermano le deparará control, vigilancia (la tecnología actual la facilita enormemente), prohibiciones y, si se requiere, represión (eso sí, enmascarada con alardes de “libertad de expresión” y de libertades de todo tipo).

Ese Gran Hermano es el que dicta a sus -recordando categorías utilizadas en “1.984”- miembros ´internos´ (los políticos de nuestras partitocracias), serviles y cómplices a la vez, las directrices  que deben poner en práctica para que la masa no rechiste y, en su condición de ´masa´, no reaccione ante estos procesos mundialistas de Globalización que estamos padeciendo y que no tienen otro cometido que el de acabar por homogeneizar, más aún si cabe, nuestro planeta hasta convertirlo en esa Aldea Global que no conozca más de diferencias, de identidades, de arraigo y de tradiciones propias y sea, así, pasto fácil del consumismo más extremo y de la explotación -fácil al rebaño- más descarnada. Ese Gran Hermano que se encarna y tiene sus tentáculos en esos organismos e instituciones mundialistas de la usurocracia por todos conocidos (Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional, Consejo de Relaciones Exteriores, Club Bildeberg, Comisión Trilateral, agencias de rating, grandes corporaciones bancarias, trusts, holdings, grandes multinacionales,…) y que conspira por laminar al género humano con el fin de abocarlo a la condición de autómata y de reducir su existencia a una de carácter bovino.

 

Este es nuestro triste presente, pero ¿qué futuro planea ante nosotros?

No es fácil tarea el dirimirlo, pero si tenemos en mente que este mundo orwelliano, en el que la mayoría de nuestros congéneres se agitan sincopada y convulsamente, sólo está triunfando porque el materialismo se ha impuesto a la Espiritualidad de lo que se trataría, si no nos resignamos a la idea del triunfo total del modelo de “1.984” (que podemos asociar a lo que sobre la etapa más decadente del ya de por sí crepuscular kali-yuga o Edad de Hierro nos dejaron descrito, con mucha antelación, diversos textos y autores Tradicionales), deberíamos plantearnos cuáles podrían ser las herramientas más adecuadas para aspirar a provocar su derrumbe. Así, con Evola estamos de acuerdo en que no se le puede hacer frente descarnadamente porque su poder -político, económico, policial, “cultural”,…- es enorme y antes de que pudiésemos reaccionar ya nos habría aplastado inmisericordemente. La tesis del gran intérprete italiano de la Tradición alrededor de cómo plantearse la brega contra el Sistema (instrumento del mundo moderno) la podemos ver magistralmente descrita en su obra “Cabalgar el tigre” y nos habla de accionar persiguiendo el   conseguir poner de manifiesto y al descubierto las incoherencias,  contradicciones y tremendas injusticias del Establisment para ir, así, desprestigiándolo, poniéndolo en evidencia, desgastándolo y minándolo. Nos habla de actuar en su interior, aprovechándonos de sus instituciones, estructuras y organismos y de los vehículos y mecanismos por él autorizados o consentidos para ir dinamitándolo por dentro, para realizar una labor paciente y continuada de zapa que empiece a hacer temblar sus cimientos (“culturales” y políticos). Nos habla, en definitiva, de ir, de este modo, ´cabalgando el tigre´, y no enfrentándolo -en forma suicida- de cara, hasta que éste se agote y, entonces, podamos darle el tiro de gracia y finiquitarlo definitivamente. Quede, pues, bien diáfana la evidencia de que otra táctica, como la de afrontar al ´tigre´ de frente nos destrozaría, pues no hemos nunca de olvidar y dejar de tener bien presente la enorme y omnipresente fuerza (el poder) que el dicho ´tigre´ atesora en estos momentos.

 

¿Quiénes deberían encabezar esta lid contra el mundo moderno -más bien ya ´postmoderno´ del Quinto -Globalizado, mundialista y orwelliano- Estado?

Pues bien, si de lo que se trata es de reemplazar la tiranía demoplutocrática de la materia por el imperio del Espíritu no puede ser más que a través de una especie de Orden como esta lid metapolítica (y metafísica) puede tener algún viso de triunfar. La idea de Orden, tal como se concibe desde el punto de vista de la Tradición, presupone la conjunción de dos elementos: el de la acción y el de la Espiritualidad. La Orden se halla en la antípoda del partido político. En la Orden el hombre se forja interior y exteriormente. La persona forma parte de la Orden con la principal finalidad de transformarse interiormente -primero descondicionándose con relación a lo que ata hacia lo bajo y primario para después aspirar a elevarse a planos Superiores de la Realidad- e ir a la conquista del Espíritu dominando una materia cuya hegemonía se halla en la base del triunfo de esta deletérea postmodernidad orwelliana. Sólo el hombre de la Orden, que ha hecho del Espíritu su bandera, está en condiciones de representar una alternativa radical (de ´raíz´) a un Sistema cuya razón de ser y cuyo soporte no es más que el de un exacerbado y enfermizo crecimiento de la percepción y vivencia de lo material: el materialismo. El miembro de la Orden hace suya la ´vía de la acción´ …vía imprescindible si es que (además de una lucha interior que pretenda su propia Liberación Espiritual) se pretende afrontar la lucha exterior contra esta enorme anomalía que representa el mundo moderno.

El Hombre de la Orden deberá de erigirse en ese Hombre Superior incorruptible e ´inasequible al desaliento´ que tras cabalgar, incansable y metódicamente, el tigre pueda algún día, viendo extenuado al fiero animal, abatirlo, asestándole el golpe de gracia y abrir, así, paso a una nueva edad -cual si se tratase de un retorno a la Tradición Primordial y perenne-: a la Edad de Oro.

 

Eduard Alcántara

eduard_alcantara@hotmail.com



Prólogo a “Incorrectus, análisis y crítica de la posmodernidad”
agosto 30, 2017, 3:07 pm
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Hace un tiempo se nos invitó a redactar el prólogo del libro “Incorrectus: análisis y crítica de la posmodernidad” (http://www.aureacatena.cl/libros/incorrectus.html), escrito por Guillermo Sepúlveda Castro y Walter Bilbao Vilches. Así, gustosamente, lo hicimos. Helo aquí:

 Prólogo a “Incorrectus, análisis y crítica de la posmodernidad”

Cuando tantos disconformes con los tiempos que, hasta hace apenas varias décadas, corrían nos hacíamos cruces ante la hegemonía política, social, económica y “cultural” que evidenciaban las diferentes corrientes político-ideológicas de corte y esencia materialista difícilmente nos podríamos haber pensado que la involución hacia formas incluso más deletéreas todavía estaba por dar un salto más que significativo en una suerte de descenso aún más vertiginoso hacia el abismo. Lo cierto, es que la realidad ha superado los peores augurios de ese tugurio que es el mundo moderno. Las grandes doctrinas sapienciales de la Tradición ya habían hablado de un tiempo por venir (kali yuga lo llamaron los textos sagrados del hinduismo, Edad de Hierro lo denominó Hesíodo) en el que se vivirían los mayores desajustes, los más grandes desequilibrios, las disoluciones más absolutas y las degradaciones mayores inimaginables. Habían hablado de un tiempo en el que el demon de la economía llevaría la batuta rectora y en el que el materialismo más burdo se enseñorearía de todos los aspectos de la vida y de la mente de las gentes. De un tiempo en el que la versión más primaria, bestializada, primitiva y animalesca del hombre tomaría cuerpo. Creíamos haber tocado, por aquel entonces, fondo. El predominio total de los dos principales rostros del materialismo socio-político y económico no dejaba lugar a ningún tipo de alternativa real e integral. Aquel status quo suponía el triunfo y el asentamiento de lo que la interpretación Tradicional de la historia del hombre había calificado como el Tercer y el Cuarto Estado, esto es, el de la burguesía y el del proletario, respectivamente. O lo que viene a ser lo mismo, el del liberal capitalismo y el del marxismo. Fuese en el plano político, fuese en el económico o fuese en el cultural uno u otro rostro se habían erigido en los mandamases tiránicos. Aquel Primer Estado que unía a su función dirigente y política su otra función sacra hacía mucho que había dejado de ser el rector de sociedades Tradicionales, por ello periclitadas. El Segundo Estado, que correspondía a la función exclusivamente guerrera, tampoco contaba en nada. El Tercero y el Cuarto anteponían la economía a cualquier criterio (fuese el Trascendente o fuese el propio de los milites) y sus dirigentes y acólitos bregaban por su consumación ideal: pugnaban por la consecución, unos, de una sociedad con abundancia de bienes de consumo (por lo ilimitado de la riqueza material) y luchaban, los otros, por el establecimiento del “paraíso” terrenal de una sociedad (el comunismo en estado puro) en la que el proletariado hubiese acabado con la existencia del resto de clase sociales y en la que ya no existiesen más vestigios de lo que el marxismo denomina superestructuras (Estado, ejército, religión,…) Disolventes ideologías, ambas, pero que todavía contaban con gentes a las que les ilusionaba un futuro en el que sus utopías se hicieran realidad; aun cuando ese futuro no les viera vivos a ellos. Todavía existía un punto de sacrificarse por otros; por aquellos que disfrutarían de esa arcadia de tiempos por venir: fuesen sus hijos, sus nietos o la humanidad en general.

Pues bien, lo que hace varias décadas suponía para nosotros haber tocado fondo resultó ser, con el paso de los años, el penúltimo peldaño de esa escalera involutiva. El mundo moderno todavía podía degradarse más. Y así pasó. De la modernidad se fue entrando en la postmodernidad. Todavía había que esperar la irrupción demoledora de un Quinto Estado con el que los autores Tradicionalistas, excepto uno, no habían contado. Hubo, pues, uno, el italiano Julius Evola, que nos explicó que tras la hegemonía, en momentos diversos, de alguna de las cuatro castas o estamentos del Mundo Tradicional (aristos sacro-dirigentes, guerreros, artesanos-comerciantes o burguesía y mano de obra) les llegaría el turno a los sin casta. Les llegaría el turno a aquellos que tras deshonrar los principios y los valores de su casta habían sido expulsados de ella y se habían convertido en los sin casta, los descastados, los sin ley ni tradición propia. Les llegaría el turno a los parias. Con ello el Quinto Estado y la postmodernidad daría una vuelta más de tuerca a la asfixia insufrible de la humanidad.

Ahora ya no se estaría dispuesto a luchar por los demás, por el futuro, por el porvenir de los congéneres. Bregar por la soñada sociedad de bienes ilimitados de consumo o por la consumación del “paraíso” comunista pasaba a formar parte del baúl de los recuerdos. En vez el mundo postmoderno empezaba a conocer del hombre del “aquí y ahora”. Del individuo que sólo quiere vivir el momento con el objeto de darle inmediata satisfacción. Del que lo que quiere y desea lo quiere y desea ya, al momento. Lo demás y los demás poco, o nada, le importan. Del individuo que si consigue lo que, voluptuosamente, ansía, se cansa enseguida de ello y se agita, acto seguido, por obtener algo diferente o por conseguir más de lo que obtuvo la vez anterior. Del individuo cambiante, fluctuante, efímero. Del homo vulgaris al que Evola definió como el hombre fugaz.

Es de este desnortado mundo postmoderno y de este hombre fugaz de los que a lo largo de las páginas de este libro se ocupan con especial agudeza sus dos autores: Guillermo Sepúlveda Castro y Walter Bilbao Vilches. Los desentrañan con una intuición digna de encomio. Y lo hacen desde el sólido bagaje intelectual que demuestran y desde la atalaya que les da el poseer una bien edificada visión del mundo y de la existencia. Una cosmovisión que se erige alrededor de una concepción Trascendente de la existencia y de unos valores que se mueven el torno al heroísmo, al espíritu de servicio, al sentido del esfuerzo o a la valoración de lo comunitario. De lo cual se deriva un rechazo a cualquier forma de materialismo, de individualismo, de livianidad, de superficialidad, de hedonismo o de explotación del hombre por el hombre. No cabe, pues, para nuestros dos autores, lugar para la demoplutocracia, el marxismo o el anarquismo. No hay sitio, para ellos, en el que tengan cabida el igualitarismo defenestrador de las excelencias de los más aptos y voluntariosos o la infatuación democrática que tiene en él su sustento. Demolen, con brillantez y argumentario irrebatible, estos falsos mitos, las entelequias usurpadoras, el Discurso de Valores Dominante y todos los lugares comunes en los que se asienta el Establishment y en cuyo cáustico magma ha brotado esta anomalía terminal de la postmodernidad.

Tratamos con una obra que combina reflexiones de mucho calado, en las que no trasluce ningún ápice de dilettantismo ni adorno retórico superfluo, con análisis de hechos concretos, de problemáticas candentes, de sucesos y de noticias de actualidad que atraerán tanto al lector reflexivo como a ese otro de talante no dado tanto a la introspección.

Nuestros autores no se limitan a realizar un brillante análisis y una consecuente crítica a las muchas taras de la postmodernidad ni a sus anormalidades estructurales, sino que también proponen, a cada tara y a cada anormalidad, una alternativa sólida. Concebimos la Tradición como la antítesis del mundo moderno y esto es el resultado de la pérdida de aquélla. Tanto las críticas vertidas en esta obra -la radiografía que del mundo moderno se hace- como las alternativas propuestas responden totalmente a nuestra manera de concebir y entender la vida y la existencia; la manera acorde con los parámetros propios al Mundo Tradicional.

Vamos a proceder, a modo más que ilustrativo y significativo, a reproducir algunos de los muchos asertos expuestos en el presente libro y lo vamos a hacer tanto al respecto de críticas vertidas como de alternativas raigales propuestas.

Así, se nos habla de que la postmodernidad reemplaza los verdaderos Derechos Humanos (derecho a la vivienda, a una vida sana y próspera) por caprichos de una burguesía hedonista y egoísta (derecho al matrimonio homosexual; derecho al aborto; derecho a la libertad empresarial, etc.).

O, acerca de la fragilidad en las relaciones de pareja en el seno de la familia, se denuncia la incapacidad de sufrimiento” (de resistencia ante las problemáticas de la vida).

Igualmente se critica que no se han fomentado más que libertades y derechos, una verdadera cultura del “eterno niñito irresponsable“. (1)

Se reflexiona acerca de que el modelo de “persona” postmoderna se rige bajo la mecánica Ley del Mínimo Esfuerzo.

La ausencia de espíritu de sacrificio conlleva a la molicie y a la aparición de un tipo de hombre que responde al modelo del hippie liberal hedonistaasociado a la consigna progresista de la vida es lo que puedes disfrutar y a la postura de ser exigentes con el otro, pero jamás consigo mismo.

Ante lo cual se propone fortalecer el sacrificarse por el otro, con lo cual se hace frente al egoísmo, al hedonismo y a esa “vida muelle” inherentes al hombre contrahecho de estos tiempos terminales.

Del mismo modo se nos presenta un arquetipo opuesto a esta “persona” postmoderna inmadura, y por ende, frágil y con pilares poco sustentables que, como se señala en otro capítulo, debido a su vacuidad interior yace en su personalidad, deseos de ser vistos y vanagloriados; fruto de su superficialidadEse opuesto arquetipo sería el del guerrero, al cual le son innatos valores como el espíritu de entrega y sacrificio; buenos antídotos, éstos, ante tanta indolencia y tan poca actitud para superar contratiempos que la vida depara. Asimismo se nos presenta este arquetipo del “shatriya” (echamos mano del término propio de la tradición hindú) como el que debería bregar por hacer suyo el hombre si es que, en otro orden de cosas, se quiere evitar esta proliferación espectacular de casos de lo que Julius Evola vino a denominar “el tercer sexo”, esto es, de homosexualidad, sea masculina o femenina …y es que los opuestos se atraen y si no existe una polaridad bien definida esta atracción entre sexos opuestos languidece y propicia las derivas hacia la homosexualidad. La dulzura de la fémina se debe complementar con la virilidad representada por la figura del guerrero. Así, se reclama en nuestro libro objeto de este estudio preliminar: Devolvámosle esa admiración a las mujeres por guerreros. 

Es esta ausencia de educación basada en la autosuperación y el espíritu de sacrificio la que se halla en la explicación de cierta evidencia puesta en solfa en esta obra: No es extraño ver tanto homosexual en las juventudes de las derechas o en las marchas de las izquierdas …y es que una formación laxa en la infancia y en la adolescencia, sin ningún esfuerzo viril  puede conllevar a estos resultados.

En estas páginas, en relación directa con el arquetipo del guerrero, también aparece el del Héroe. Si al infante, al púber y al adolescente se le presenta éste como modelo en el que fijarse y espejo en el que reflejarse, y no el afeminado presentador de programas de “entertainment”, sin duda se reducirán sobremanera los casos de aparición del “tercer sexo”. Pero, por desgracia, tal como denuncia uno de nuestros autores, prevalece la denigración a los Héroes Históricos, la cual manifiesta sociológicamente un no querer ser como ellos. (2)

Hemos hablado párrafos arriba de ese “hombre fugaz” característico de la era postmoderna y no son pocos los trazos que en este libro lo describen. Podemos leer que vivimos en una Sociedad construida en base a una cultura del “querer todo lo que quiero”. O también recordar una cita ya señalada con anterioridad: La vida, según la consigna progresista, es lo que “puedes disfrutar”. O esta otra que denuncia  …el disfrute “presentista”, efímero, por sobre la durabilidad, sostenibilidad y permanencia del gusto. Por sobre la pieza musical clásica duradera, el cortometraje, el “clip” de vídeo y la pastilla energizante “de efecto inmediato.”  

El “hombre fugaz”, cambiante, desasosegado en un loco buscar sin rumbo, fruto de su propia agitación, es fruto de los tiempos terminales de esta Civilización del Devenir, del cambio constante, de la inestabilidad. Frente a la cual cabe alzar las Civilizaciones del Ser, las Tradicionales, las de la Estabilidad, las que buscan ser impregnadas por lo Eterno e Inmutable. El “hombre fugaz” vive arrastrado por esa velocidad del Mundo Posmoderno, identificado como Progresista, que es claramente una causa directa a la gran parte de nuestras angustias internas. Angustias internas que en buena parte son el resultado de esa sed, de esa ansia de posesión que aboca, según afirman doctrinas como la budista, al sufrimiento.

 

La postmodernidad viene marcada -en lo socioeconómico, en lo cultural y aun en lo político- por la globalización y el mundialismo. Frente a éstos hay que alzar la bandera de la identidad y, por ello, de la pluma de los autores de esta obra se puede leer que (…) nos referimos aquí a conceptos como la memoria, la herencia cultural, los rasgos identitarios, y tantas otras características que en medio de la Globalización y la Postmodernidad se niegan.  O, se puede igualmente leer, que en su ensayo, “Cómo se ha roto el lazo social”, el pensador francés Alain de Benoist critica el individualismo y defiende las nociones identitarias, según las cuales el individuo es parte de su grupo social, de su clan, de su tribu y es allí donde encuentra su razón de ser. Asimismo leemos que la resistencia orgánica a no querer ser “aculturalizados” y vaciados de toda identidad, se vuelve grito de guerra.

Ante las desvertebraciones sociales (que están llegando ahora a su paroxismo) provocadas, hace un par de siglos, por la irrupción del capitalismo y del liberalismo y ante sus nefastas consecuencias (como la de tratar al hombre -vaciado de identidad, de referentes, de vínculos y de tradición- como si de átomo intercambiable por otro se tratase: génesis del individualismo) nuestros autores oponen una sociedad estructurada, vertebrada y orgánica en la cual toda una serie de vínculos familiares, gremiales, comunales,… deben hacer del hombre una pieza insustituible, única e irrepetible del entramado social. Por ello -repitiendo una cita ya aparecida-  afirman que el individuo es parte de su grupo social, de su clan, de su tribu y es allí donde encuentra su razón de ser. O hablan -también volvemos a reproducir- de la resistencia orgánica a no querer ser “aculturizados”. O señalan que entre más involucrado se encuentre el ciudadano orgánico con su barrio y comuna, su destino será igual al de su comunidad y sus necesidades dejarán de ser “siutiquerías” para ser obra social. Al igual que postulan por la constitución de cuerpos sociales intermedios, donde estén representados todos los oficios (competencias y habilidades).

 

Frente a la infatuación de la democracia y a su basamento en el igualitarismo homogeneizante, que cercena las aptitudes superiores, y frente a su inherente dogmatismo se apela al principio jerárquico y diferenciador: es necesaria una estructura dotada de la debida jerarquía, donde las funciones estén claramente asignadas. Y se denuncia el hecho evidente de que tras toda una defensa de la Democracia, se encuentren más garabatos que argumentos, pues la consagración, a nivel de dogma religioso, de sus “inmortales principios” no representa más que el propósito de otorgarle esencia a lo que no es más que un soufflé; a lo que no es más que algo así como un globo inflado.

…Y es que debe ser rebatido el manido recurrente lugar según el cual los conceptos de “democracia” y “libertad” resultarían ser algo así como sinónimos que se implican el uno al otro, pues, para nosotros la verdadera libertad se halla irreductiblemente enfrentada a la democracia, ya que el concepto democrático de libertad tan solo conoce de las “libertades formales” y éstas no revisten más que un carácter externo y, por tanto, accesorio; libertades que, por otro lado, no se respetan para los que disienten integralmente de los dogmas y de las realidades del Establishment.

La libertad verdadera es la que ha sido culminada por el hombre que se ha deshecho de las cadenas que representa ese magma interior convulso de pasiones, de emociones embriagadoras, de sentimientos exacerbados, de instintos primarios y de bajas pulsiones que lo aturden, obnubilan, alteran, ciegan y lo mantienen en constante estado de agitación. Hablamos de la libertad interior y en los mismos términos lo entienden nuestros dos autores cuando uno de ellos escribe que el hombre es libre “hacia afuera”, predica la consigna post-moderna, pero es esclavo “hacia adentro”. O cuando les leemos el que esta máquina biológica llamada individuo es libre de operar como el esclavo que es internamente, ya que niega el alma. Pero al negarla hace suya su peor esclavitud habida en la Historia humana: la de sí mismo. O cuando, en otro lugar, concluyen que será obligatorio apelar a un cambio dentro de sí mismos. Un ‘hombre nuevo’ se precisa, pues. Un ‘hombre nuevo’ que haga suyos los valores del honor, el pundonor, el heroísmo, la valentía, el tesón, la camaradería, la fidelidad, la lealtad y el espíritu de servicio, entrega y sacrificio. Un ‘hombre nuevo’ no amputado de su componente Trascendente …una componente que debe impregnar la vida del todo social. En esta línea se nos dice que  la  “construcción social de la realidad”, que alguna vez propugnaron P. Berger y Th. Luckmann, debe ser desarrollada en el contexto histórico de una constante superación espiritual y no una perenne lucha de clases” (R. de la Cierva). Y referentes históricos para construirla no faltan pues a diferencia de los colonos ingleses que poblaron Norteamérica, los conquistadores españoles eran fieles defensores de tradiciones religiosas que, en su esencia, se oponían a los modernos principios del liberalismo, que ya se empezaban a manifestar con todo su vigor en los albores de nuestra Independencia.

 

Pensamos, para acabar, que las citas que hemos seleccionado son harto significativas de todo el universo en el que se mueven nuestros dos autores. Es tanta la sintonía, en maneras de concebir la vida y la existencia y de encarar los muchos rotos inherentes a la postmodernidad, en la que se hallan Guillermo Sepúlveda Castro y Walter Bilbao Vilches que, en ocasiones, al presentar algunas citas suyas de esta obra lo hemos hecho en plural y no especificando quién es el concreto autor de cada una de ellas.

 

 

NOTAS:

  1. En relación con esta problemática se puede consultar el capítulo XVIII de nuestro libro “Reflexiones contra la modernidad”, titulado “El infantilismo, denominador común de nuestros tiempos”. También se puede leer en https://septentrionis.wordpress.com/2009/02/08/el-infantilismo-denominador-comun-de-nuestros-tiempos/

 

  1. En este orden de ideas estuvimos reflexionado, en su día, en nuestros dos artículos “Virilidad y homosexualidad”:

https://septentrionis.wordpress.com/2009/07/05/virilidad-y-homosexualidad/
https://septentrionis.wordpress.com/2009/07/05/virilidad-y-homosexualidad-ii/

 

 

 

Eduard Alcántara

eduard_alcantara@hotmail.com



PROGRESISTAS
julio 19, 2017, 10:41 am
Filed under: Cultura y pensamiento, Eduard Alcántara, Metapolítica

Son hoy inmensa mayoría las que quieren ser calificados como de ‘progresistas’. Ser progresista es lo que vende. Ser progresista es ser alguien “avanzado”, alguien que (así se cree) busca la mejora de sus congéneres y de la sociedad en la que vive. No todos de entre esta mayoritaria masa de progresistas asumen también el que se los denomine ‘progres’, pues este término queda como más escorado hacia posiciones políticamente de izquierdas y resulta que bastantes de los que no le hacen ascos a la denominación de ‘progresistas’ se identifican con la derecha liberal y, por ello, no suelen sentirse cómodos con el vocablo ‘progres’.

Pocos se arriesgan a rechazar el ser considerados como progresistas pues aun cuando a unos pocos no les agradase dicho término lo asumirían porque de no admitirlo para sí correrían el riesgo de ser tachados de lo que se considera su antónimo, esto es, de retrógrados …o de carcas o de reaccionarios u oscurantistas. ¿Quién sería capaz de cargar con semejante baldón? ¿Quién quiere ser condenado al ostracismo si alguien le define con semejante léxico? ¿Quién quiere recibir los anatemas de los políticamente correctos y ser silenciado por éstos? ¿Quién quiere que, por este motivo, sus opiniones sean vilipendiadas o ignoradas y censuradas de antemano?

Se le tiene tanto miedo a que caigan sobre uno esas denominaciones incapacitantes que pocos osan poner en tela de juicio o simplemente poner a estudio las reales connotaciones de lo que representa el progresismo.

¿y qué es el progresismo? Pues el progresismo no es otra cosa que la aceptación de las dinámicas sociales, políticas, culturales y morales que suceden desde que el mundo moderno (como antítesis del Mundo Tradicional) empezó a consolidarse en el discurrir de los tiempos. Es la asunción del devenir de la humanidad en los últimos siglos. Es, concretando, la aceptación de la tendencia a la amputación de una de las tres dimensiones que conforman el ser humano (formado por cuerpo, alma o mente y Espíritu): la amputación de su dimensión Trascendente. Es la aceptación del proceso de desarraigo del hombre, al cual la Revolución Industrial arrancó del campo y lo incrustó en el anonimato de las metrópolis; proceso que llevó a la disgregación en urbes diferentes de  unos clanes familiares que le otorgaban consistencia, base y organicidad a las comunidades. Es la aceptación de que el hombre haya sido convertido en un engranaje más del mecanicista sistema de producción y consumo, en el conjunto alienante de un mundo industrializado y mecanizado. Es la aceptación de la supresión de todos los cuerpos intermedios que en una sociedad de tipo Tradicional existían entre las estructuras estatales y la persona …cuerpos intermedios que integraban la vida del hombre en el conjunto de la comunidad y que hacían de ésta un todo orgánico, vertebrado y estructurado. Es la aceptación, por la anterior deriva inorgánica, de la transformación de la persona en individuo intercambiable por otro individuo cualquiera por el hecho de no diferenciarse en nada el uno con respecto al otro, pues ya ha perdido su pertenencia a un oficio determinado, a una institución concreta, a una cofradía en especial, a una hermandad determinada o a un gremio o corporación específicos (no hay ya pertenencia ni función que valgan: el individuo-átomo ha sido despersonalizado y enajenado y ahora fácilmente podrá ser utilizado, explotado, lobotomizado y programado como el Establishment crea oportuno para aumentar sus réditos o sus oscuros planes mundialistas). El progresismo es, en definitiva, la aceptación de la degradación del hombre.

¡Hagamos un mínimo de reflexión!: ¿Es todo esto lo que queremos defender? ¿Seguimos entestados en declararnos progresistas y defender, a capa y espada, el progresismo? ¿Debe ser el progresismo el Sancta Sanctorum incuestionable de nuestros tiempos modernos? ¿A la puesta en marcha y consolidación de estos procesos disolventes, que se acaban de enunciar, se los considera ‘progresar’? ¿Estamos realmente progresando y evolucionando o, en realidad, estamos involucionando?

 

Eduard Alcántara

eduard_alcantara@hotmail.com



¿CONSUMISMO O DECRECIMIENTO?

La principal preocupación de las sociedades capitalistas se centra en las crisis económicas, las alteraciones que éstas puedan provocar y la manera de salir de ellas. Las alteraciones que puedan provocar sólo les preocupa a sus gestores por si pudiesen, éstas, repercutir en brotes de descontento social que pudieran llegar a desestabilizar las dichas sociedades o por si la pérdida de puestos de trabajo o de poder adquisitivo de los afectados por ellas pudiesen dar al traste con los índices de consumo deseables y, pudiesen, por tanto, debilitar el tejido productivo.

No existe para el Establishment especial preocupación que la que representan este tipo de crisis: las económicas. Las crisis políticas que afectan a los partidos que lo sustentan no le suponen especial trascendencia si el poder político no corre riesgo de caer en alguna opción política realmente alternativa al mencionado Establishment. ¡Y no hablemos de las crisis de valores…! Éstas últimas le traen sencillamente al pairo con tal de que el individuo-masa gregario que han configurado no ponga en cuestión el Sistema de Valores Dominantes y, al no hacerlo, siga sirviendo de sustento, con su autómata accionar, al engranaje de producción-consumo.

El discurso que los gobiernos mantienen a la hora de analizar si las cosas van bien se reduce a parámetros meramente económicos y a examinar si el consumo de las familias ha aumentado o disminuido …si ha aumentado es síntoma -bajo su óptica- de que la economía va bien y si la economía va bien –a sus reduccionistas ojos- todo va bien. Y es que, sumergidos ya en plena postmodernidad, la economía domina la vida de los pueblos …una economía que hace mucho que suplantó el papel rector que debería tener la política y se colocó, por tanto, por encima de ésta para hacerla bailar al son de sus dictados. En este orden de cosas el hombre que se ha ido plasmando es el homo oeconomicus.

Vista la deriva que, en los tiempos nuestros, la economía ha tomado habría que plantearse si no se deberían cuestionar los mismos basamentos de nuestras sociedades, pues si el aumento del consumo es, para éstas, lo más importante no se está haciendo otra cosa que incentivar el crecimiento descontrolado de ese monstruo que es el consumismo. Y si el consumismo es el rey de la forma de vida de nuestros desangelados conciudadanos es porque la producción de bienes (de todo tipo, aun de fútiles y a menudo innecesarios) no para de aumentar. Pero ¿es deseable este aumento de la producción; aumento que no conoce límites? ¿Es deseable el crecimiento ilimitado de la economía? ¿o, por contra, éste presenta serios inconvenientes y consecuencias que pueden resultar irreversibles? ¿Es deseable seguir expoliando los recursos del planeta? ¿Se debe seguir atentando contra el equilibrio de la naturaleza? ¿Debemos seguir contaminando este hogar nuestro que es la Tierra? Sin duda las respuestas a estas preguntas, para un hombre cuerdo, deberían ser negativas; si no es que la ceguera o el masoquismo (atentando contra el planeta atentamos como nosotros) hayan trastocado seriamente esa cordura y el sentido común.

El consumismo no sólo tiene repercusiones, como las relacionadas, en el plano físico (en la naturaleza o en la salud) sino que también acarrea consecuencias en el plano mental …consecuencias que degradan el modus vivendi del depauperado hombrecillo moderno (y, ya más concretamente, postmoderno) ya que lo hacen esclavo del más burdo y, atrofiado hasta la exageración, materialismo (el cual reduce al hombre a su componente físico-psíquico y le mutila su dimensión Trascendente). Además lo convierte en un ser compulsivo. Su compulsión por consumir, su delirio por comprar y poseer le provoca una ansiedad que no le deja vivir y no le permite mantener la mente sosegada y que, por otro lado, se troca en insatisfacción cuando no puede ser saciada esta pulsión consumista o se transforma en una nueva irreprimible agitación cuando ya ha sido saciada por cuanto se desea poseer, de inmediato, algo nuevo. Que estos estados continuados de alteración mental lleven a crisis de ansiedad y estados de depresión a nadie ha, pues, de extrañarle.

Visto lo expuesto ¿es deseable mantener este desorden de cosas? ¿o se deberían cambiar muchas de las piedras angulares sobre las que se ha ido edificando esta anómala concepción de la vida? ¿Lo esencial de la vida debe ser el poseer o, por el contrario, la búsqueda del ser? ¿Debemos ser valorados por lo que tenemos o deberíamos serlo por lo que somos? ¿Es más rico el que más posee o el que menos necesidades tiene?

Deberíamos, igualmente, plantearnos si el crecimiento económico debe ser un dogma incuestionable y si deberíamos, tal como propuso hace algunos años Alain de Benoist, pugnar, por el contrario, por el decrecimiento económico… Un nuevo paradigma vital basado en la austeridad, el autocontrol, el autodominio y el poseer no más de lo necesario seguramente solucionaría muchos de los males que amenazan a la Tierra y al armónico existir del hombre.

Y no cabe duda de que para que esta reversión tuviera lugar la economía debería volver a ocupar el papel subordinado que ante la política tuvo siempre en cualquier agrupamiento humano no anómalo; esto es, en cualquier agrupamiento humano de tipo Tradicional. La política, pues, debería (iluminada por una visión Superior de la existencia) dirigir a la economía y no al revés tal como acontece a día de hoy. Deberíase acabar con (en palabras de Julius Evola) el ‘demon de la economía’ que aliena y embrutece al hombre moderno.

 

Eduard Alcántara

eduard_alcantara@hotmail.com