Julius Evola. Septentrionis Lux


EL EVASIONISMO (debates y reflexiones)
agosto 26, 2013, 10:25 pm
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Hubimos mantenido, hace ya algunos años, en algún foro un buen número de debates de corte eminentemente metafísico. Nos resistimos a concebir un tipo de hombre mutilado y privado de su dimensión Trascendente. No comulgamos con posiciones reduccionistas. Muchos y variados fueron los aspectos, de esta índole, sobre los que hubimos debatido. Y algunos de éstos habían guardado una relación más o menos directa con una serie de cuestiones que andan muy interrelacionadas las unas con las otras, como es el caso del determinismo, del fatalismo, del nihilismo, del evasionismo o de actitudes pasivas y de fuga ante la existencia y ante la realidad circundante.
Al respecto hemos extractado fragmentos de diferentes intervenciones nuestras. Una vez leídos los primeros, se podrá constatar el hecho de que para nosotros es Julius Evola quien mejor ha sabido interpretar la Tradición y los temas que de ella pueden derivar. Y nos referimos, cómo no, a la Tradición tal como siempre la concibieron nuestros ancestros; tal como la vivieron los pueblos indoeuropeos.
Entre los fragmentos que figuran a continuación, aparecen sólo cuatro párrafos que no han sido el fruto de ningún debate, sino que forman parte de un escrito que elaboramos hace ya algún tiempo.

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Parece que existen ´evolianos´ que han adoptado posturas pasivas ante este disoluto mundo moderno, obviando de este modo que uno de los dos parámetros existenciales (ecuaciones personales, afirmó nuestro pensador) que dan forma y contenido a la obra de Evola es el de la opción de la vía ACTIVA, la del guerrero, la del kshatriya como camino a seguir por el hombre Tradicional; su otra ecuación personal latente ya a temprana edad fue su impulso hacia lo Trascendente.

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Acusar al Tradicionalismo de posturas evasionistas, de huir del mundo físico o de negarlo supone incurrir en una supina falta de conocimiento sobre el tema. Evola dejó bien claro que nuestros ancestros comulgaron con un tipo de Espiritualidad Solar antagónica a aquella lunar propia, por ejemplo, de los pueblos de origen semita entre los que apareció el maniqueísmo, el dualismo y que, a lo largo de la historia, produjo excrecencias como la de unos cátaros que despreciaban el cuerpo en particular y el mundo físico en general como creaciones, según ellos, del Mal representado por el ángel rebelde o caído Lucifer.

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Y es que desde el punto de vista de la Tradición, el catarismo representa a una cosmovisión completamente lunar, con todos las consecuencias que conlleva la misma: igualitarismo antijerárquico, pacifismo, pusilanimidad, evasionismo y un
MANIQUEÍSMO galopante para el cual todo lo que tenga que ver con el mundo físico (la Tierra, la naturaleza, el cuerpo,…) no es sino obra de Lucifer (=ente del Mal) y, como creación suya, debe ser denostado y mortificado. Esta “certeza” se traducía, entre los cátaros, en el total descuido hacia su propio cuerpo, en prolongados, intensísimos y autoflagelantes ayunos y, en
fin, en el suicidio como forma de “liberar” al alma prisionera del “nefasto y pecaminoso” cuerpo. Ante semejante cosmovisión, la indoeuropea siempre concibió al cuerpo como el templo del espíritu y al cosmos, a la naturaleza y al mundo físico como manifestación del Principio Supremo.

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En el mundo indoeuropeo siempre se habló en sus textos sagrados de las cuatro consabidas edades: las de oro, plata, cobre y hierro de la tradición grecorromana o las de los cuatro yugas de la indoaria. Cada una de estas etapas suponía una regresión del hombre en cuanto se alejaba paulatinamente de su origen divino para ir, poco a poco, materializando su manera de entender y de vivir la existencia; regresión opuesta a la idea de progreso continuo de que se vanagloria el mundo moderno y que en realidad no se trata más que de un proceso progresivo y acelerado de desespiritualización y de bestialización, esto es, de una fuga del hombre hacia adelante en su enfermiza obsesión de alimentar, alentar y sobresaturar sus apetencias fisiológicas y de dar rienda suelta y desenfrenada a sus apetitos, instintos y pasiones más bajos y animalescos. Estamos, por ende, hablando, por un lado, del Hombre-Dios que, según el pensamiento Tradicional, se va bestializando paulatinamente y, por otro lado, del animal simiesco que, según uno de los subproductos de la modernidad –el evolucionismo-, progresa hasta convertirse en humano; y es que esta idea de ´progreso´ continuo emana de la concepción lineal que de la historia de la humanidad hace gala el mundo moderno.
Dentro de esta concepción marcada por la fuga hacia adelante debemos comprender la pretensión del historicismo, que considera al hombre como sujeto pasivo sin posibilidad de convertirse en creador de su propia historia -la de la humanidad-: sin posibilidad de ´hacer´ la historia. Esta última sería algo así como una entidad con ´vida´ autónoma cuyas nuevas manifestaciones no serían más que la consecuencia de su misma dinámica interna y en las cuales el ser humano no tendría ningún papel activo. La dinámica económica, social, cultural y política de un período histórico dado serían la lógica, e inevitable, consecuencia de la que aconteció en la etapa anterior .
El ´mito del eterno retorno´ o la doctrina Tradicional de las cuatro edades que una vez finiquitadas vuelven a repetirse podrían hacer pensar que el hombre transita por una especie de circunferencia cuyo camino siempre sería, lógicamente, el mismo, sin posibilidad de modificación; si esto aconteciera así nos hallaríamos ante un cierto fatalismo. Por este motivo, hay quien ha utilizado como soporte gráfico para mejor explicar esta manera de concebir la existencia el de la esfera en lugar del de la circunferencia, puesto que en la esfera se pueden trazar infinitud de circunferencias que corresponderían a las múltiples y diferentes concretizaciones espacio-temporales en que estas doctrinas y concepciones Tradicionales verían su plasmación en el terreno de la inmanencia. Así pues cualquier visión fatalista de la realidad queda descartada puesto que el transitar del hombre y de la humanidad no acontecen por un único camino prefijado con anterioridad e imposible de soslayar, sino que es el hombre quien le da forma a las etapas, a las edades, a los ciclos y a los contenidos cósmicos por los que debe atravesar. Y no únicamente por esto es por lo que se demuestra que, según los parámetros de la Tradición, es un ser activo sino que también deja bien patente dicha cualidad cuando desvaloriza el interés por su devenir histórico y convierte en puntal de su existencia su aspiración a desarrollar su Ser, su esencia metafísica, apoyándose, a menudo, en los rituales sacros que anual y cíclicamente se iban repitiendo en fechas determinadas.
Podemos también hacer recordar, como muestra y signo del ´sentir´ antifatalista del Mundo Tradicional, cómo el proceso de caída por el que va atravesando el hombre desde la Edad de Oro o Satya-yuga hasta la de Hierro, del Lobo, Oscura o Kali-yuga puede ser, aunque sea temporalmente, truncado por él, tal como se puede constatar con los llamados Ciclos Heroicos, en los cuales la casta de los guerreros supera su simple condición de poseedora de fuerza física, es decir, su sola condición humana para impregnarse de sacralidad y aspirar a la misma inmortalidad de los dioses y a la restauración del Orden de la Edad Primordial ante las fuerzas amenazantes del caos: así nos lo narran las sagas aqueas con los Hércules, Aquiles, Teseo,…y así nos lo cuentan los ciclos artúricos con el mismo Arturo y con sus Caballeros de la Tabla Redonda. Se trata de un intento contracorriente de restaurar la unidad del Hombre Primordial, del Hombre de los Orígenes cuyo cuerpo y cuya alma formaban un todo armónico con su espíritu; cuya llama divina e inmortal se hallaba todavía lejos de extinguirse. (1)

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Pero dejémonos de  tabúes y no hablemos de humildad, hablemos claramente de humillación. Ese hombre humillado por su creador bíblico no hará más que esperar pasivamente los tiempos por venir de la ´resurrección de la carne´, porque no posee la capacidad heroica de cambiar su incierto destino y de hacerse uno con el Ser (entre otras cosas porque no concibe albergar en su interior la llama de la Trascendencia). Ese hombre humillado será siempre un pesimista que aceptará con bíblica resignación el destino que le ha impuesto su dios y nunca pensará en rebelarse contra sistemas políticos antitradicionales, injustos, alienantes y explotadores.

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Se ha calificado al catolicismo como de cristianismo paganizado. Otros a éste lo denominan cristianismo helénico. En todo caso es este proceso “paganizante” ocurrido cuando el cristianismo conoce de lo jerárquico una vez institucionalizado, como religión, en los últimos siglos de vida del Imperio Romano, o reflejado en los ciclos iniciáticoguerreros artúricos o imperante en el germanizado -por cuanto a valores se refiere- Medievo, es este, decíamos, proceso “paganizante” el que ha hecho posible que el cristianismo, en algunos momentos de su historia, se haya alejado de escorias y lastres humanistas (sentimentaloides, pasionales, masoquistas,…), fatalistas, mesiánicos, evasionistas, igualitaristas y negadores de la posibilidad que tiene el hombre de llegar al Conocimiento y a la Identificación con el Principio Supremo, sin tener que conformarse sumisamente con el simple y pobre creer y sin tener que esperar (en una clara muestra de debilidad) a ayudas, gracias y perdones que vengan desde lo alto, en lugar de buscar -ese hombre- su Liberación interior por sí mismo y de llegar él a lo Alto. Digamos, con Evola, que el aire más Tradicional lo ha tenido el cristianismo cuando menos cristiano ha sido…

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No hay nada más antifatalista que los ciclos heroicos que forman -o formaban- parte consustancial de las cosmovisiones indoeuropeas. En estas sagas heroicas tenemos claros ejemplos de cómo el hombre es capaz de forjar su propio destino y ponerle frenos a la decadencia; o incluso, acelerar y/o provocar la aparición de nuevas eras áureas.

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Tener una concepción espiritual de la existencia no significa ponerse a ´mirarse el ombligo´ como el Buda gordo. Hace varias décadas, los Dioscuros, unos buenos intérpretes de la manera en la que Evola estudió la Tradición, redactaron una serie de escritos en los que, entre otros asuntos, dejaron bien diáfana la idea de que la Restauración de un Orden Tradicional (cuyos referentes siempre habrán de ser Superiores) no era posible con actitudes de tipo evasionista. Vamos, a continuación, a reproducir algunas de las líneas que ellos redactaron:
“…ni se llegue a un compromiso consigo mismos fingiendo encerrarse en una torre de marfil en la cual se espera el último derrumbe, el dicho justo sea en vez ´si cae el mundo un Nuevo Orden ya está listo´”.
“´Existe quien no tiene armas, pero el que las tiene que combata. No hay un Dios que combata por aquellos que no están en armas´. Tal es la invitación a la lucha dirigida por el maestro pagano Plotino”.
“Sólo del hombre y exclusivamente de él dependerán las elecciones futuras”.
“No hay justificación o comprensión, sino inexorable condena hacia aquellos que, teniendo las posibilidades no combaten y que por inercia se dejan abandonar en forma masoquista a un perezoso fatalismo”.
“Preparar silenciosamente las escuadras de los combatientes del espíritu para que, si y cuando los tiempos se tornen favorables, este tipo de civilización pueda ser destruida en sus raíces y ser sustituida con una civilización normal. Recordando siempre al respecto que los tiempos pueden ser convertidos en favorables y que el hombre es el artífice del propio destino”.
“No existe una condición externa en la cual no se pueda sin embargo estar activos por sí y para los otros”.
“Ha habido una indulgencia en femeninas perezas permaneciendo en la espera de lo que debe acontecer, casi como si se tratara de un buen espectáculo televisivo en el cual el espectador no está directamente implicado”.
“La espera pasiva y mesiánica no pertenece al alma occidental”.
“Verdad tradicional que justamente en la edad oscura son preparadas las semillas de las cuales surgirá el Árbol del ciclo áureo futuro, por lo que nunca, ni siquiera en la época férrea, la acción tradicional se perderá”
“El prejuicio materialista remite las causas de los acontecimientos únicamente a fenómenos de carácter natural. A tal obtusa concepción nosotros oponemos resueltamente la enseñanza según la cual cada pensamiento viviente es un mundo en preparación y cada acto real es un pensamiento
manifestado”.
“Nosotros encendemos tal llama, en conformidad con el precepto ariya de que sea hecho lo que debe ser hecho, con espíritu clásico que no se abandona ni a vana esperanza ni a tétrico descorazonamiento.

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(1) Estos cuatro párrafos han sido extraídos de nuestro escrito “Cosmovisiones cíclicas y cosmovisiones lineales” (https://septentrionis.wordpress.com/2009/07/27/cosmovisiones-ciclicas-y-cosmovisiones-lineales/ )

Eduard Alcántara
eduard_alcantara@hotmail.com

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EL HOMBRE DE LA TRADICIÓN (X): EL ARIYA
agosto 16, 2013, 8:45 pm
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Algunos de aquellos hombres diferenciados que se hayan decidido por dar ese paso que les puede llevar por los caminos de la alquimia interior experimentarán, paulatinamente y a base de mucho denuedo, ese paso previo (la ´obra al negro´) de la superación de ataduras mentales -del que tratamos en nuestro “El Hombre de la Tradición (VIII): El descondicionamiento”-, para, a continuación, con la mente calma, ejercitarse, con tesón y constancia, en una serie de técnicas y ejercicios que desde la concentración y la visualización internas le podrán hacer posible la aprehensión de planos de la realidad sutil (la ´obra al blanco´) que, hasta ese momento, le eran totalmente ignotos. Finalmente, si sus aptitudes y su voluntad son las indispensables, el rigor y método iniciáticos le pueden posibilitar el acceso al Conocimiento de lo que se encuentra más allá de cualquier tipo de manifestación (más allá, incluso, que de la de tipo sutil) y le pueden, paralelamente, hacer posible el Despertar de ese Atman (El Espíritu) que aletargado anida en su seno (la ´obra al rojo´).
Aquél que haya consumado la ´obra al blanco´ y accedido, así, al conocimiento de Realidades Metafísicas habrá experimentado en su interior una auténtica transformación ontológica (de su ser) que le convertirá en lo que los textos del budismo original denominaron ´ariya´ (el renacido a lo Suprasensible o ´nacido dos veces´)
De aquél que vaya culminando estas etapas podemos hablar, con todas las de la ley, como de Hombre de la Tradición. Si las culmina todas estaremos ante el Hombre Absoluto u Hombre Integral: el Despertado o Iluminado.

El principal objetivo vital para el hombre diferenciado debe ser el de la búsqueda de lo que de permanente se hospeda, como potencia, en él por tal de actualizarlo. Trabajando lo que se oculta en su interior podrá devastar la piedra bruta y convertir el plomo en oro, pues tal como escribía, allá por el s. XIV, Juan Ruiz (el ´Arcipreste de Hita´) en “El Libro del Buen Amor” “el agua hierve más bajo la tapadera”; por lo que en el ámbito interno es donde se cuecen las Realidades Superiores. También en el capítulo XXXIII del Tao-tê-king (por título: “Discriminación”) Lao-tsé expresaba una idea similar en los versos que rezan así: “Quien conoce a los hombres es hábil./ Quien se conoce a sí mismo es Sabio”.
De la piedra devastada a obtener podemos encontrar un símil en una cita de la tradición hermética que responde a las siglas V.I.T.R.I.O.L y que textualmente dice: “Visita interiora terrae rectificando invenies occultum lapidem” (“Visita el interior de la Tierra -nuestro cuerpo- y rectificando encontrarás la piedra oculta”); una piedra oculta a la que los rosacruces aludían bajo la denominación de ´átomo crístico´.

Al igual que hemos visto en Lao-tsé también Buda hablaba del Sabio en el que el hombre diferenciado debe aspirar a convertirse. Y lo hacía recordando que “el guerrero crea arcos y flechas, el arquitecto construye puentes y edificios, el agricultor ara y siembra la tierra, pero el sabio se construye o modela a sí mismo”.

Quien compite con los demás vive abocado a lo exterior a sí. Vive a la expectativa de un ´tú´ que le anulará cualquier posibilidad de introspección. Vive en un estado de dispersión que le impedirá descubrir lo esencial que alberga en su fuero interno. Vive abocado a la superficialidad. Es en este sentido en el que hemos visto cómo Lao-Tsé contraponía la Sabiduría que representa el ´conocerse a sí mismo´ con la simple habilidad que se desprende del conocer a los hombres. Y es, de la misma manera, en este sentido con el que Yagyu, ´el maestro de la Vía del Sable´, escribía, en el s. XVI, que “yo no sé cómo superar a los otros. Todo lo que sé es cómo superarme a mí mismo” o con el que un antiguo proverbio hindú señala que “no hay nada noble en superar a otro, la verdadera nobleza radica en superarse a sí mismo”; no en vano el término ´nobleza´ era para Gautama Siddartha (´el Buda´) un sinónimo del de ariya.

Es así que en el interior de uno mismo es donde el hombre diferenciado puede hallar la Centralidad: donde el yo puede llegar a ser uno con el Ser, gracias a la Espiritualización del alma. De ahí que en una conocida inscripción presente en el frontispicio del templo de Delfos, consagrado a Apolo, pueda leerse “Nosce te ipso” (“conócete a ti mismo”) y despierta -añadimos nosotros- todas las fuerzas sutiles que te pueden llevar a la activación del Principio Eterno e Incondicionado que se alberga en tu interior.
Y es que el hombre moderno no es más que un ser mutilado de sus dimensiones metafísicas: un ser superficial que sólo conoce de la realidad sensible y sólo se mueve reaccionando a los estímulos llegados a través de sus sentidos, reaccionando sincopadamente a la ebullición de sentimientos, pasiones y emociones que le golpean y reaccionando, convulsamente, a las sacudidas de su mundo subconsciente e inconsciente. Este ser superficial deberá ser superado por el hombre diferenciado que aspire a erigirse en Hombre de la Tradición y que debe pugnar por descubrir sus dimensiones sutil y Eterna y, así, será fiel a la máxima del poeta griego Píndaro que, allá por el s. VI a. C., decía: “Aprende a ser el que realmente eres.”
Sólo si el yo se espiritualiza el hombre convertido, ahora, en ariya logrará la Eternidad, tal como el poeta y sacerdote católico alemán Angelus Silesius (s. XVII) intuía al espetar: “Hombre, hazte esencial, pues cuando todo se acabe el mundo perecerá y la esencia subsistirá”.
Y es que ante la apariencia o ante la simple existencia vermicular propia del homo vulgaris el hombre diferenciado antepondrá la Esencia (el Ser que ha de activar en sí), tal como siempre se pretendió en el Mundo Tradicional, y hará, para sí, buena la máxima anónima de que “no sigo a los antiguos, busco los que ellos buscaron”; dejando, además, claro con dichas palabras, que su Búsqueda no viene motivada por ningún sentimiento impregnado por la nostalgia de épocas mejores ya periclitadas, pues este sentimiento, como cualquier otro, forma parte de la amplia lista de alteraciones que sufre el alma del ´hombre común´ y que deben ser superadas y dominadas por quien bregue por ser ariya.
El ´hombre común´, la condición meramente humana, debe ser dejado atrás como condición que se refiere a un ser cercenado de aquello que tiene de Superior. Se haría bien en hacer propia la máxima de Nietzsche de que “el hombre es algo que debe ser superado”, pero no tan sólo para que quede descondicionado (tal cual entendía el filósofo alemán cuando se refería a su ideal del ´Superhombre´) de todos aquellos lazos que no le permiten superar su status de enano existencial sino también para que, posteriormente a este paso previo, pueda acceder a estados de conciencia que se hallan más allá de los ordinarios y exclusivos del hombre moderno.
La poca entidad ontológica de lo simplemente humano la advertía, hace varias décadas, un enigmático grupo de Tradicionalistas inspirados por la doctrina perenne expuesta por Evola y que firmaban sus escritos como “Los Dióscuros”. Y la advertía formulando que “lo humano propiamente como tal no es nada, es tan sólo una posibilidad entre dos extremos”. Dos extremos que pueden ser caracterizados por la bestia primaria e impulsiva en que el hombre que no sabe gobernarse puede convertirse o, en el otro lado, por el Ser Imperecedero en que puede llegar a coronarse.

El Hombre de la Tradición que ha encendido en sí la llama Eterna, que tal cual larva anidaba en sus adentros, se asemejará a un fuego que calentará e iluminará espiritualmente a aquéllos que con él se topen y que acabará irradiando y extendiendo, de manera progresiva, la Centralidad que representa. Esta realidad nos la transmite Lao-tsé señalándonos que “es necesario primeramente que nosotros mismos nos hayamos conformado al Principio; luego esta conformidad se extenderá espontáneamente desde nosotros a nuestra familia, a nuestro distrito, al principado, al Imperio”.
De este Hombre Absoluto que, como tal, ha consumado en sí el Despertar al Principio Supremo y Primero emanará una aura mayestática que, sin necesidad incluso de que dicho Hombre actúe (el “wu wei” -´actuar sin actuar´- del que nos habla el taoísmo), atraerá hacia él a su entorno familiar, social y/o político, como si de una fuerza anagógica se tratase, y hará enfocar hacia lo Alto la existencia y la actividad de este entorno. De ese aura mayestática deriva el tratamiento de ´Majestad´ que, en el Mundo de la Tradición, se le empezó a otorgar a los monarcas que, como tales, encarnaban en sí no sólo la función política sino también la sacral, como personas que, gracias a la Iniciación, habían Despertado, en su seno, a lo Eterno e Inmanifestado.
Este poder Espiritual casi magnético propio del Hombre Integral que, en el plano Trascendente, ´actúa sin actuar´ desde esa posición de Estabilidad que le ha proporcionado la Centralidad conquistada, Evola nos lo muestra acercándonos un dicho de la antigua tradición extremo-oriental que nos enseña que “aquel que reina a través de la virtud del Cielo se asemeja a la estrella polar: la misma permanece fija en su lugar, pero todas las otras estrellas giran a su alrededor”.

En ariya, esto es en ´noble´ (éste es el genuino aristócrata), debe lidiar (en su interior) por convertirse el hombre diferenciado; así se le podrá considerar, en toda regla, como Hombre de la Tradición. Y es que si ya hicimos mención de ese proverbio hindú que nos señalaba que “…la verdadera nobleza radica en superarse a sí mismo” no deberíamos, tampoco, obviar esa enseñanza anónima de que “el hombre noble es el que se aventura en esta zona que lo hace idéntico a Dios”.

Eduard Alcántara
eduard_alcantara@hotmail.com



EVOLA Y LA CUESTIÓN RACIAL (IV)
agosto 6, 2013, 8:46 pm
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Las presentes líneas no son más que la continuación de tres escritos que fuimos publicando hace un tiempo y que llevaban el mismo título que éste. El sentido de los mismos fue el de explicar la esencia de la ´doctrina de la raza´ expuesta, en su momento, por Julius Evola para, acto seguido, demostrar con el testimonio del propio Evola (a través de la extracción de un dilatado número de citas suyas) que el aspecto totalitario de la dicha doctrina incluye los tres componentes del ser humano (Espíritu, alma o psique y cuerpo) sin, por tanto, menoscabo o, menos aún, anulación de ninguno de los tres, contrariamente a lo que desde el desconocimiento o la tergiversación intencionada ciertas personas han querido dar a entender cuando, desde diferentes posicionamientos, han querido transmitir la imagen de un Evola que no habría, supuestamente, concedido ningún valor a uno de esos componentes: el cuerpo o raza física. Fue la motivación de darle carpetazo definitivo a este craso desmán la que nos movió a verter una exhaustiva relación de citas contundentes en las que el gran intérprete italiano de la Tradición mostraba la importancia insoslayable y basilar que la raza física tiene en su ´doctrina de la raza´; aun cuando, como consecuencia lógica de una concepción Trascendente de la existencia, la ´raza física´ quede subordinada jerárquicamente a la ´raza del alma´ y ésta lo esté a la ´raza del espiritu´.
Hemos creído, ahora, conveniente añadir un buena cantidad más de citas que van en el mismo sentido y que elevarán a un número incontestable las ya de por sí numerosas aportadas en las tres primeras partes de “Evola y la cuestión racial” y las hemos incluido en esta cuarta parte.
No vamos a volver a explicar la esencia de la dicha doctrina racial evoliana, pues ya lo hicimos en las dos primeras partes (1), así como en nuestro prólogo a “Orientaciones para una educación racial” (también de Evola y cuya edición, por nosotros prorrogada, corresponde a Ediciones Sieghels) (2); prólogo que recoge el fondo y la forma de las explicaciones que vertimos en las dos mencionadas primeras partes. Asimismo creemos que el ciclo explicativo quedó más que cerrado con dos escritos que en los últimos meses han sido publicados en el blog “Julius Evola. Septentrionis Lux” (3). Por ello es que nos vamos a limitar a relacionar las citas anunciadas que el maestro romano nos dejó en obras y artículos variados, no sin antes recordar que Evola fue dando el visto bueno o retocando y/o ampliando sus libros a medida que se iban reeditando en numerosas ediciones hasta, incluso, pocos antes de su defunción, por lo que lo escrito, p. ej., en los años ´30 y ´40 de la pasada centuria pasó por su refrendo durante las décadas de los ´50, los ´60 y los ´70. Dicho esto sin menoscabo de que, a pesar de los vientos contrarios, muchas de las citas (como se puede comprobar consultando las cuatro entregas de esta nuestra serie) fueron redactadas a partir de 1.945…

Así, en un artículo titulado “Nietzsche, el incomprendido” Evola antepone “Al abstractismo mojigato y a los formalismos de una fe antiaria, el ideal suprarreal y solar de la iniciación”. (Artículo publicado en castellano por Ediciones Heracles, en 2.012, en la obra “Más allá de Nietzsche”.)

En su obra magna “Rivolta contro il mondo moderno”, el maestro romano nos dice que “Allí donde se encuentran razas inferiores ligadas al demonismo ctonio y mezcladas con la naturaleza animal han quedado recuerdos de luchas, en forma mitologizadas, en las cuales siempre se subraya el contraste entre un tipo divino luminoso (elemento de derivación boreal) y un tipo oscuro no-divino. Y en la constitución de los organismos tradicionales, de parte de las razas conquistadoras, se determinó entonces una jerarquía que tenía simultáneamente un valor espiritual y étnico. En la India, en el Irán, en Egipto, en el mismo Perú y así sucesivamente, se tienen rastros bastante evidentes de todo esto a través del régimen de castas” (pág. 250 de la edición, de 1.994, realizada por Ediciones Heracles y que lleva por título “Rebelión contra el mundo moderno”).

Asimismo, en la página 265 de la citada obra se puede leer que “En especial en el período de largo invierno glacial, era natural que en las razas del Norte la experiencia del sol, de la luz y del mismo fuego actuase en un sentido de espiritualidad liberadora, y que naturalezas urano-solares, olímpicas o de llama celeste viniesen al primer plano en el simbolismo sacral de estas razas más que de otras. Además la rigidez del clima, la esterilidad del suelo, la necesidad de la caza, en fin, la necesidad de emigrar, de atravesar mares y continentes desconocidos, tuvo naturalmente que plasmar a aquellos que interiormente conservaron esta experiencia espiritual del sol, del ciclo luminoso y del fuego en temples de guerreros, de conquistadores, de navegantes, de modo de propiciar aquella síntesis entre espiritualidad y virilidad, de la cual se conservaron características en las razas indoeuropeas”.

En el mismo libro, en un apartado dedicado a los Estados Unidos, Evola escribe sobre: “…el jazz. En las grandes salas de la ciudades yanquis en donde centenares de parejas se sacuden como fantoches epilépticos y automáticos ante los sincopados negros, es verdaderamente un ´estado de muchedumbres´”. (pág. 432).

En un artículo que lleva por título “El símbolo aristocrático romano y la debacle clásica del Aventino” nos habla en estos términos escuetos y contundentes: “…Jerusalén, foco de la infección semítica” (escrito inserto en el recopilatorio “La Tradición romana”, pág. 78, Ediciones Heracles, 2.006).

En otro escrito titulado “La mística de la raza en Roma antigua” leemos que “El sujeto es parte de un grupo, de una estirpe o gens. Es parte de una unidad orgánica, cuyo vehículo más inmediato es la sangre” (pág. 118 del citado recopilatorio).
Y en el mismo escrito Evola afirma que “El relieve que la antigua humanidad ario-mediterránea diera a la raza como espíritu, además que a la del cuerpo, es un hecho irrefutable”. (pág. 119)

En otro de sus libros, “El mito de la sangre”, el maestro italiano nos recuerda que en la Tradición “Se advertía sin embargo como una cosa bien definida la necesidad de preservar la sangre, de mantener y transmitir en su integridad un patrimonio preciosos e insustituible vinculado a la sangre. Por lo cual, en varios casos, la contaminación de la sangre se le apareció al hombre antiguo y tradicional menos como una culpa de orden social como un verdadero sacrilegio.” (pág. 27 de la edición preparada por Ediciones Heracles, del año 2.006)

En la misma obra nos transmite la idea de que la idea de raza, como ´mito´, “ha pasado a formar parte de movimientos políticos renovadores, en un primer momento del nacionalsocialismo y luego del mismo fascismo”. (pág. 28)

Vamos, ahora, a hacer un recorrido por el libro de Evola “Sintesi di dottrina della raza” echando mano de la traducción al castellano, en 2ª edición, del año 2.005 (“La raza del espíritu”) efectuada por Ediciones Heracles.
Así, en la pág. 25 -en el contexto de las anexiones territoriales que en África había consumado el régimen fascista- escribe que “La conquista del imperio africano ha traído como natural consecuencia un nuevo orden de medidas protectoras y profilácticas, procedentes de análogas exigencias y de la evidente oportunidad de que, en el contacto con pueblos inferiores, el pueblo italiano tuviese el muy neto sentido de las diferencias, de su dignidad y de su fuerza.”

En la 27 nos pone en situación ya que, según él, “Desde una perspectiva histórica, el redespertar del sentimiento de la nación y de la raza es una de las condiciones preliminares imprescindibles para la tares de retomar en un organismo bien articulado todas aquellas fuerzas que, a través de la crisis del mundo moderno, estaban por perderse y por hundirse en el pantano de una indiferenciación mecánico-colectivista e individualista. Y esta tarea es cuestión de vida o muerte para el futuro de toda la civilización europea”.

En la pág. 54 leemos que “un tal estado ´olímpico´ se encuentra en la más estrecha relación con el tipo de la raza hiperbórea, sobre el cual habremos de hablar, y el que puede considerarse como la raíz originaria de las principales estirpes dominadoras arias y nórdico-arias”.

En la 62 nos dice que “en el momento en el cual se iniciaron las emigraciones hiperbóreas prehistóricas, la raza hiperbórea podía entre todas considerarse como aquella raza superior, como la superraza, la raza olímpica que expresaba en su extrema pureza a la misma raza del espíritu. Todas las otras razas humanas existentes sobre la tierra en aquel período, en su conjunto, parece que se presentaron o como ´razas de la naturaleza´, es decir razas animalizadas, o como razas convertidas, por involución de ciclos raciales anteriores, en ´razas de naturaleza´.

En la 71 nos subraya que “el carácter deletéreo de las cruzas no se manifiesta tanto en la determinación de los tipos humanos desnaturalizados o deformados con respecto a su raza originaria del cuerpo, sino sobre todo en la realización de casos en los cuales lo interno y lo externo no se corresponden más, en los cuales la raza del cuerpo puede estar en contraste con la del alma y ésta a su vez puede contradecir a la del espíritu o viceversa, dando pues lugar a seres quebrados, semihistéricos, a seres que, en sí mismos, no se encuentran más, por decirlo así, en su propia casa”.

En la página 87 nos comenta la idea sostenida por Weiniger -y defendida por nuestro autor- “de que las relaciones que se establecen entre un hombre y una mujer verdaderos corresponden analógicamente a las que existen entre la raza aria y la raza semita. Weiniger se ha dedicado a buscar las cualidades femeninas, que aparecen como una precisa correspondencia con las que son típicas del semita y del judío”.

En la p. 109 escribe que “si una civilización de tipo ´clásico´, en un sentido olímpico y viril, y no en la vulgar acepción estetista y formalista, refleja algo de la raza nórdica del espíritu, cada civilización romántica y ´trágica´, en tanto lo opuesto de ésta, erá en vez la segura señal de la prevalencia de influencias que proceden de razas y residuos étnicos de naturaleza no nórdica, pre-aria y anti-aria”.

En la 129 se puede leer que “puede decirse de las civilizaciones ´arianas´ que el elemento semítico, pero luego sobre todo el judaico, representó la antítesis más precisa, por ser tal elemento una especie de condensador de los detritos raciales y espirituales de las diferentes fuerzas que chocaron en el arcaico mundo mediterráneo”.

En la pág. 135 nos recuerda que “dos condiciones definían la cualidad aria: el nacimiento y la iniciación. Arios se nace; tal es la primera condición. La arianidad sobre tal base es una propiedad condicionada por la raza, por la casta y por la herencia, la misma se transmite con la sangre de padre a hijo y no puede ser sustituida por nada, del mismo modo como el privilegio que, hasta ayer, en Occidente tenía la sangre patricia”.

En la 136 escribe que “No cualquiera es apto para recibir legítimamente la iniciación, sino sólo quien ha nacido ario. Si ésta es impartida a otros es delito. Nos hallamos así con una concepción superior y completa de la raza. La misma se distingue de la concepción católica puesto que ignora un sacramento apto para suministrarse a cualquiera, sin condiciones de sangre, raza y casta, de modo tal de conducir a una democracia del espíritu”.

Siguiendo con el recorrido de este libro alcanzamos las páginas 141 y 142 en las que Evola comenta que “(…) Igualmente no originario es el monoteísmo de la religión hebraica, el cual en su crudeza y en la unilateral exasperación de su dualismo debe ser considerado como una especie de desesperado punto de referencia para aquella función de unificar, de alguna manera, a través de la Ley judía, a un conjunto de detritos étnicos en sí mismos tendentes a dispersarse hacia cualquier sector. En cuanto a la presunta ´religión superior´ con que en general se califica a la de Israel, en la misma motivos ya presentes en las civilizaciones del ciclo ario se mezclan con elementos sospechosos que concluyeron yendo al encuentro de los fermentos de descomposición étnica y moral actuantes en el mundo mediterráneo y alterando sensiblemente todo lo que en tal mundo todavía subsistía como un eco o remisión de la antigua tradición nórdico-aria”.

En la página 264 leemos que “El Ario de los orígenes se sintió como de la misma estirpe de los dioses, si no también e incluso, dominador de dioses”.

Más adelante, en la misma página, escribe Evola que “Adán, en el mito semita, es un maldito por haber intentado tomar del árbol para ´hacerse semejante a los dioses´, a los Elohim, el mito ario típico nos representa para tales aventuras trascendentes un resultado victorioso e inmortalizador en la persona de héroes, como por ejemplo Heracles, Jasón, Mithra, Siegurt.”

En la página siguiente -265- escribe que “Este especial carácter sacral de la idea aria del regnum se desarrolla por lo demás en una vocación efectivamente imperial y universal sentida por todas las principales ramas de la supraraza aria”.

Por último, en la 267 de esta “Sintesi di dottrina della raza” concluye que “Frente a los valores de la espiritualidad aria primordial las fuerzas más profundas del hombre occidental -afectado ya por tantas cruzas- serán puestas a prueba; si, casi despertándose de un largo sueño, las mismas serán capaces de responder, serán ellas las que asuman un papel, cuya importancia difícilmente sería exagerada, en el proceso totalizador de la purificación también biológica y psíquica de un determinado grupo étnico, hasta el resurgir y el predominar en el mismo de un hombre nuevo, de un tipo nuevo nórdico-ario”.

Vamos a cambiar de obra para recordar algunos pasajes de otra de nuestro autor: “La doctrina del despertar”, subtitulada en la edición castellana de la editorial Grijalbo -1.995- como “El budismo y su finalidad práctica”, pero cuyo subtítulo original es “Saggio sull´ascesi buddhista”.
Así, en su pág. 23 Evola nos pone en situación al escribir que “Es conveniente, empero, que hoy las mentes más calificada sean llevadas a comprender, una vez más, lo que el ascetismo significa y puede significar en una visión de conjunto, aunque también en una serie de planos jerárquicamente ordenados, con independencia tanto de las actitudes religiosas de tipo cristiano, como de profanaciones modernas, pero con orientación, en cambio, a las tradiciones primordiales y a las más excelsa concepción del mundo y de la vida propios de otras civilizaciones indoeuropeas. Al querer tratar del ascetismo en tal sentido nos hemos preguntado: ¿qué formulación histórica puede ofrecer la base más apta para la exposición de un sistema completo y objetivo de ascesis, en formas tan claras como recias, experimentadas y bien articuladas, conformes al espíritu de un hombre ario, aunque tomando en cuenta las condiciones que imperan en tiempos más recientes?

En la 33 nos comenta que “Resta decir algo sobre la ´arianidad´de la doctrina budista. El que usemos el término ´ario´ en relación con dicha doctrina se justifica directamente de los textos. En el cánon aparece por doquier el término ariya, que quiere decir exactamente ´ario´. El camino del despertar es llamado ´ario´ (ariya magga); arias son las cuatro verdades fundamentales (ariya saccani); ario, el método de conocimiento (ariya-naya) y aria es llamada la enseñanza de primera línea, la que acusa la contingencia del mundo, enseñanza que se dirige desde luego a los arios y se habla de la doctrina como de algo que no al vulgar, sino que sólo a los ariya es accesible e inteligible”.
En la nota 2 a pie de esta misma página nos aclara que “El significado racial de ´ariya´ asoma en algunos términos, por ejemplo cuando se considera arduo de obtener y un privilegio nacer en el país de los arios (Anguttara…, V, 96).”

En la página 34 nos recuerda que “la unidad primordial de sangre y espíritu de las razas blancas que crearon las máximas civilizaciones de Oriente y Occidente, la irania y la hindú, no menos que la helénica, la romana antigua, la germánica es una realidad. El budismo tiene derecho a llamarse ario porque refleja en alto grado el espíritu de los orígenes comunes y porque ha conservado partes notables del legado que, como ya se ha dicho, los occidentales han ido olvidando, ya sea por obra de procesos involutivos endógenos o porque ellos -mucho más que los arios de Oriente- han sido objeto de influencias extrañas en especial en el campo religioso. Como se ha señalado, si se quitan algunos elementos periféricos, la ascética del budismo, en su claridad, en su realismo, en su precisión y en la sólida y bien articulada estructura, sabe a ´clásico´, o sea, refleja el más elevado espíritu del antiguo mundo ario-mediterráneo”.
En la misma página, citando a Dahlke e identificándose con sus palabras, nos comenta que “entre las tradiciones más grandes y antiguas, el budismo es a la que más se le puede llamar de origen ario puro.
Y esto vale también en sentido específico. Si el término ario, generalizando, se puede aplicar al conjunto de las razas indoeuropeas por su origen común (la patria de tales razas, los airyanemvaejo, según el recuerdo que claramente se ha conservado en la antigua tradición irania fue una región hiperbórea o, más genéricamente, nórdico-occidental), pero posteriormente pasó a designar a una casta. Como ariya se designó a una aristocracia, opuesta en espíritu y cuerpo tanto a las razas primitivas, híbridas y ´demónicas´ -v. gr. las poblaciones kosalianas y dravídicas encontradas en los territorios asiáticos conquistados -como al sustrato correspondiente a lo que hoy se llamaría masa proletaria o plebeya, nacida para servir y que en la India, como en el mundo grecorromano, fue excluida de los cultos luminosos que caracterizaban a las castas superiores, patricias, guerreras y sacerdotales”.

En la pág. 38 dice Evola que “Las llamadas religiones de salvación -las Erlösungsreligionen, que se dice en alemán- sólo aparecen, en Oriente y en Occidente, tardíamente, al cejar la tensión espiritual de un principio y darse una ofuscación de la conciencia olímpica y, no en último grado, por influjo de elementos étnicosociales inferiores”.

En la página 108 escribe el maestro trasalpino que “Hay una renuncia de carácter inferior, la que, como se dijo al principio, ocurre en las formas ascéticas que se han desarrollado en Occidente a partir del ocaso del mundo clásico. Esta renuncia significa ´mortificación´, significa desprendimiento doloroso de cosas y placeres que de todos modos se aprecian y desean; es una especie de autosadismo, de gusto por el sufrimiento, no separado de un mal disimulado resentimiento contra todo lo que es salud, fuerza, sabiduría y virilidad. Tal renuncia en realidad ha sido a menudo la virtud, nacida de la necesidad, de los desheredados del mundo, de quienes no están a gusto ni con su ambiente, ni con su cuerpo, ni con su raza y que esperan, con la renuncia, asegurarse un mundo por venir, caracterizado -para usar la expresión nietzscheana- por la inversión de todos los valores.”

Dejando de lado esta obra, sobre el budismo, de Evola podríamos traer a colación un escrito suyo de nombre “Introducción al pitagorismo” y que ha sido incluido en un libro que Ediciones Heracles editó el año 2.012 bajo el título de “Tradiciones varias”, con el subtítulo de “Escritos sobre pitagorismo, mithraísmo y zen”.
En sus págs. 22 y 23 leemos: “Propiamente habría que preguntarse si el pitagorismo se insertó en la herencia de la civilización estrictamente indo-europea o se resintió más bien del espíritu de las civilizaciones mediterráneas-orientales anteriores a la afirmación de la civilización helénica y, en Italia, de la romana. La oposición entre las dos civilizaciones es, tal como es sabido, la que existe entre una orientación de sacralidad guerrera y la de una sabiduría sacerdotal ligada como es su costumbre a cultos femeninos y lunares.
A primera vista, el pitagorismo parecería estar vinculado no sólo a la tradición indo-europea, si no aun a la tradición primordial de tal estirpe, que es la tradición hiperbórea, la cual tuvo entre sus expresiones más puras al símbolo apolíneo”.

“Yoga, inmortalidad y libertad” se trata de un escrito de Evola que fue incluido en el libro “Oriente y Occidente” editado por Ediciones Heracles en 2.008. En él leemos que “podemos notar que el Buddhismo primitivo, era también una reacción en contra del ritualismo y la especulación, pero era de origen puramente ariano, empezando por la persona misma de su fundador” (p. 87).

…Ha hablado Evola y ningún lugar queda para la interpretación a la ligera de sus palabras.

NOTAS:

(1) Estas dos entregas, así como la tercera, se pueden consultar a través de los siguientes enlaces:
https://septentrionis.wordpress.com/2009/07/04/evola-y-la-cuestion-racial/
https://septentrionis.wordpress.com/2009/07/04/evola-y-la-cuestion-racial-ii/
https://septentrionis.wordpress.com/2010/07/09/evola-y-la-cuestion-racial-iii/
(2) https://septentrionis.wordpress.com/2013/08/04/prologo-a-orientaciones-para-una-educacion-racial/
http://www.libreria-argentina.com.ar/libros/julius-evola-orientaciones-para-una-educacion-racial.html
(3) Se trata de “La tradición y Evola, sin equívocos” (https://septentrionis.wordpress.com/2013/05/01/la-tradicion-y-evola-sin-equivocos/) y del “Acta de las insalvables” (https://septentrionis.wordpress.com/2013/07/15/acta-de-las-insalvables/ ).

EDUARD ALCÁNTARA
eduard_alcantara@hotmail.com



PRÓLOGO A “ORIENTACIONES PARA UNA EDUCACIÓN RACIAL”
agosto 4, 2013, 7:34 pm
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      Equívocos y más equívocos no paran de verterse acerca de los fundamentos de la ´doctrina de la raza´ que, en su momento, expuso el gran Tradicionalista italiano Julius Evola. Desde los estamentos dominantes del actual Establishment y desde sus filas sumisas y obedientes no se ha tenido vergüenza en reducir la dicha doctrina evoliana de la raza (que no tiene otros basamentos que los del Mundo de la Tradición) a mero racismo tal como el Sistema suele presentarlo: a simple racismo biologista y propalador de odio hacia las razas no indoeuropeas. Por contra, desde ciertos ambientes cercanos a posiciones nacionalsocialistas y desde algún nucleamiento de adscripción evoliana se ha querido presentar a un Evola que habría ignorado (por considerarla intrascendente y falta de valor) la extracción racial (la raza física) de los individuos y la consideraría insustancial a la hora de elaborar sus teorías raciales. Sin duda serán variadas las causas que habrán motivado estas falsas apreciaciones. Entre ellas se hallarán tanto la mala fe, la intención dañina, las ganas de manipular para desprestigiar y/o para confundir, como se hallarán la ignorancia, la incomprensión, la falta de capacidad aun para atisbar el hecho Trascendente o el ninguneo de la importancia y la realidad de la raza física.
 
     Se nos ocurren pocas mejores formas de acallar bocas, deshacer entuertos y malentendidos, aclarar confusiones, pulverizar manipulaciones y, en definitiva, poner los puntos sobre las íes que la de la publicación en castellano de “Indirizzo per una educazione razziale” (1.941), de Julius Evola. Y como nosotros, desde hace años, venimos elaborando escritos y argumentando en diversos medios acerca de esta doctrina racial vamos a aprestarnos, en estas páginas iniciales, a reflejar detalles de la misma en base a reproducir esas exposiciones que en su momento realizamos y en base a añadir alguna otra observación. 
     
     Cabe dejar bien sentado el que nada de lo que aquí expongamos es de cosecha propia sino que es el resultado de la lectura de múltiples obras en las que Evola, producto de su línea siempre coherente, expone unas certidumbres Tradicionales que conciernen al corpus doctrinal de la raza. Así, es cierto que las ideas que ahora nos interesan representan el tema central de libros suyos como el “Sintesi di dottrina della raza” o de este  “Indirizzo per una educazione razziale” , ambos de 1.941, pero no es menos cierto que la línea que de ellos se desprende no paramos de encontrarla en multitud de reflexiones o en capítulos enteros de otras obras suyas e incluso podemos encontrarla en libros anteriores a los citados; aparte de en una amplia gama de artículos. Es por ello que aparece en “Rivolta contro il mondo moderno” (1.934), en artículos como el de “Raza y cultura” (1.934), en la Introducción a “Il mito del sangue. Genesi del razzismo” (1.937), en los artículos “Teología del Estado Nacional”, “Acerca de las diferencias entre la concepción del Estado Fascista y la Nacionalsocialista”, “El equívoco universalista” o “La mística de la raza en la Roma antigua”, en los libros “La dottrina del risveglio. Saggio sull´ascesi buddhista” (1.943), Gli uomini e le rovine” (1.953), “Il fascismo. Saggio di una analisi critica dal punto di vista della destra” (1.964) o en “L´arco e la clava” (1.968).
     No por ninguna razón especial hemos citado el título original -en italiano- de estas obras, pero es bueno recordar que todas ellas se pueden hallar traducidas al castellano por Ediciones Heracles (al igual que casi todos los artículos relacionados; menos uno que corresponde a Ediciones Nueva República) y algunas por Ediciones Alternativa o por Ediciones Grijalbo. Por ello, a partir de ahora, haremos mención al título en castellano de algunos de estos libros.
     No tendremos ningún problema (es más, estaremos gustosos) en especificar -a quien pueda conminarnos a ello- en qué pasajes de las citadas obras y de los relacionados artículos de Evola aparecen las alusiones que competen a nuestro tema de análisis.
     En esta relación de escritos del maestro italiano pueden, igualmente, hallarse percepciones sobre otras razas y todas coinciden en otorgarle a la raza física  -contrariamente a lo que determinados núcleos evolianos han querido transmitir- un papel de peso a la hora de elaborar una doctrina racial Tradicionalista.

      En nuestro empeño de explicar en qué consiste la dicha ´doctrina de la raza´ escribíamos en cierta ocasión (1) que: “Mucho se ha escrito, a partir del desconocimiento, sobre la postura que el gran intérprete de la Tradición, Julius Evola, mantuvo a lo largo de su vida a propósito del tema racial. Desde esa ignorancia hacia su obra se ha llegado a afirmar que de cara a pensar en la hipotética constitución de comunidades u organizaciones de naturaleza Tradicional a nuestro autor no le importaría en absoluto la extracción racial de sus miembros, mientras todos ellos defendieran una visión Superior y Trascendente de la vida y de la existencia. No le importaría, se ha afirmado, que fueran diferentes grupos raciales y aun elementos mestizos los que integraran un mismo ´Regnum´ o ´Imperium´.
     Estas erróneas interpretaciones del mensaje del maestro transalpino arrancan de la idea de que al priorizar jerárquicamente su concepto de la ´raza del espíritu´ por encima del de la ´raza del cuerpo´, Evola tendría en cuenta, como primer y principal criterio aglutinador de comunidades el de la afinidad de inquietudes, y de vivencias, espirituales de sus integrantes; dejando como anécdota accesoria el origen étnico de los mismos.
     Estos errados ´analistas´ ignoran que la naturaleza y los atributos de esta ´raza del espíritu´ que Evola nos describió como los que fueron propios del hombre indoeuropeo que, en sus orígenes -y a lo largo de diversos ciclos heroicos que protagonizó-, vivió en consonancia con los parámetros de la Tradición Primordial,  ignoran, decíamos, que son una naturaleza y unos atributos que, para nuestro autor, sólo se podrán despertar en el seno de un tipo racial concreto: éste del indoeuropeo. Más todavía, defendía Evola la idea de que entre los subgrupos en los que se dividen los actuales pueblos indoeuropeos (nórdicos, fálicos o dálicos, dináricos, alpinos, mediterráneos o atlánticos –de emparentamiento muy directo con el mundo celta-, báltico-orientales,… ) hay uno más apto, innatamente, para reconquistar la esencia primigenia de lo que él define como ´raza del espíritu´: se trata del tipo nórdico, pues éste fue el propio del hombre indoeuropeo de los orígenes. Del hombre indoeuropeo cuya espiritualidad es definida por Evola con los adjetivos de ´apolínea´, ´uránica´ o ´solar´ y que conoce de lo sobrio, de la medida, de lo impasible, de lo impertérrito, de la ´gravitas´ y de lo majestático como patrones internos a seguir en el proceso de autorrealización y como atributos externos de conducta. (2)
     Este tipo nórdico tendría, para Evola, más disponibilidad y accesibilidad a la hora de intentar recuperar la esencia de la ´raza del espíritu´ y, una vez reconquistado este tipo de espiritualidad, seguidamente podría erigirse en modelo a seguir por los otros subgrupos étnicos indoeuropeos por tal de que dicha reconquista se hiciera también extensible a ellos. (3)
     En el seno de la misma Italia nuestro maestro de la Tradición proponía la selección de individuos de clara extracción nórdica –el ariorromano, según denominación suya- que presentarían una mayor predisponibilidad y predisposición para convertir, en ellos, en acto las potencialidades propias de este tipo de espiritualidad apolínea. Individuos que adoptarían la función de arquetipos y ejemplos a seguir por tal de aspirar a que el resto de subgrupos étnicos que habitaban (en época de Evola) la Península Itálica –todos ellos indoeuropeos- emprendieran también el camino de la auténtica reconstrucción espiritual. (4)
     La postura que estamos intentando fijar se ve reflejada nítidamente en una máxima evoliana que afirma que “la raza es necesaria, pero no suficiente”. Esto es, que se necesita ser de una determinada extracción racial –en este caso la indoeuropea- para poseer las potencialidades que le puedan permitir a uno, si hace uso de la libertad de que goza, emprender el uránico-solar, y heroico, camino del desapego y de la transfiguración iluminadora interiores. Pasar de potencia a acto en el plano de la Trascendencia es un privilegio de que disponen aquellos individuos indoeuropeos que no se conformen exclusivamente con discurrir por el mundo perecedero del devenir, sino que se pongan como meta el superar su condición material finita para llegar al Conocimiento de la Realidad Suprasensible y para aspirar a la propia Identificación  –de dicho individuo- con lo Supremo, inmutable e incondicionado.
     “La raza es necesaria, pero no suficiente”, pues de poco nos sirve un individuo cuyos rasgos físicos podamos catalogar como indoeuropeos, si ese individuo no interioriza unos valores y una cosmovisión conformes con los que siempre definieron la manera de ser y de actuar de la raza a la que pertenece.    
     El principal ´leit motiv´ de Evola a la hora de abordar la cuestión racial, radicaba en superar muchas de las doctrinas básicamente biologistas (5) que circulaban, sobre todo, por la Europa anterior al fin de la segunda gran conflagración mundial. Pugnaba por no reducir al hombre a su mera condición corporal y animal (6), por no dejarlo convertido en el ser mutilado y privado de su dimensión Absoluta al que lo empezó a reducir el racionalismo y al que lo acabó por abocar el materialismo propios de las etapas crepusculares por las que está transitando este disolvente mundo moderno. Pugnaba por llenar la raza del cuerpo con el componente espiritual que desde sus más ignotos orígenes le fue consustancial.
     Consustancial le es al mundo negro un tipo de ´espiritualidad´ (si es que se puede utilizar este término) (7) animista y que en ningún caso va más allá de lo que son los cultos totémicos. Consustancial le es a los diferentes pueblos semitas otro tipo de ´espiritualidad´ que oscila entre la denominada como sacerdotal, demétrica o matriarcal y la calificada como ctónica o telúrica. Consustancial siempre le fue a los indoeuropeos la espiritualidad apolínea, uránica, hiperbórea, solar u olímpica.
      ´Espiritualidades´ como, p. ej., la matriarcal, lunar o pelásgica primaron entre el ´homo europaeus´ sólo como consecuencia de un proceso de caída; como el resultado de una involución que le imposibilitó la vivencia y la visión directa de la Realidad Metafísica y le abocó al plano inferior de la creencia, de la fe y de la devoción hacia esa Realidad. En cambio, para pueblos como los de origen racial semita un tipo de ´espiritualidad´ ya sea de corte sacerdotal o demétrico o ya sea de índole telúrica es a lo más a lo que pueden aspirar debido a las más romas y limitadas predisposiciones y potencialidades innatas que les ´brinda´ su extracción étnica.”

     Poco después ampliamos nuestro anterior trabajo con otro (8) en el que decíamos que “Al respecto de esta ´doctrina de la raza´ deberíamos resumir que el autor italiano estableció una jerarquía entre lo que él clasificó como las tres razas que forman ese compuesto que llamamos ´hombre´. En lo más alto de esta jerarquía situó lo que denominó como ´raza del espíritu´ (conformada por el tipo de espiritualidad que en el hombre indoeuropeo siempre fue de naturaleza solar, celeste, viril, olímpica, operativa, transformadora y activa). Bajo ésta y como reflejo de su carácter nos explicó que se halla la ´raza del alma´ -alma como sinónimo de psique o mente- (cuyos atributos definitorios siempre fueron tales como el honor, el valor, la fidelidad, la ´gravitas´, la templanza, el autodominio, el espíritu de sacrificio, la mesura,…). Y finalmente nos habló de una ´raza del cuerpo´ que sería la raza física y que siempre reflejaría en los rostros de sus integrantes esos atributos de nobleza que hemos relacionado como definitorios de la ´raza del alma´.
     Nos dejó bien claro que dichos atributos de nobleza insertos en la ´raza del alma´ sólo se desarrollan si el hombre es fiel a la tradición espiritual que siempre caracterizó a la etnia a la que pertenece. O dicho de otro modo, si es fiel a su ´raza del espíritu´. Si abandona a ésta, los atributos de la ´raza del alma´ pueden sobrevivir, como por inercia, durante un cierto tiempo pero, a la postre, desaparecerán.
     Asimismo cuando estos atributos de la ´raza del alma´ hayan desaparecido y hayan sido sustituido por otros extraños (extraños, en este caso, a los propios y originarios del hombre indoeuropeo), tales como la pusilanimidad, la cobardía, el amor a la vida fácil, cómoda y extasiada por lo sensual y por los más bajos placeres, el engaño, la perfidia o el humanitarismo ramplón, pacifista y cosmopolita, cuando esto suceda el hombre no conocerá más de lo diferenciado y lo cualitativo y caerá en el marasmo de la masa, de lo cuantitativo, del número, en lo gregario despersonalizado y, en consecuencia, caerá en una mescolanza niveladora, indiferenciadora e igualitarista no sólo a nivel cultural sino también racial o étnico. Igualmente una pérdida de tensión interior motivada por esta perturbación sufrida en el seno de la ´raza del alma´ acaba reflejándose en la ´raza del cuerpo´ en forma de laxitud externa, amaneramiento, de expresión innoble, agazapada, o taimada o de rostro bobalicón y falto de expresión enérgica.
     
     Lo expuesto hasta ahora describe una caída que acontece desde arriba hacia abajo: empezando por la ´raza del espíritu´, continuando por la ´raza del alma´ y acabando en la ´raza del cuerpo´. Caída que sigue la lógica de una concepción jerárquica de la vida. Pero también debería de quedar claro que sin el eslabón inferior (la ´raza del cuerpo´) se hace imposible cualquier anhelo e intento de restauración de la integridad perdida del hombre –en este caso- indoeuropeo, pues es en el interior de este hombre indoeuropeo donde se hallan en estado larvario, adormecidos y en potencia los atributos mentados de la ´raza del alma´ y la llama de ese tipo de espiritualidad concreta propia de nuestra ´raza del espíritu´. Atributos del alma y tipo de espiritualidad que deberíamos de imponernos rescatar si queremos aspirar, algún día, a considerarnos Hombres en sentido integral y atributos del alma y tipo de espiritualidad que en cada raza revisten unas determinadas, peculiares e intransferibles características.”  

     Para Evola se debería superponer a la ´raza del cuerpo´ la ´raza del alma´ y a ésta ´la raza del espíritu´. Así, además, se crearían claros y genuinos criterios diferenciadores en el seno de una comunidad. Se crearían criterios que acabarían conformando una clara jerarquía en la que por encima de los individuos que únicamente cumplieran con los atributos y requisitos establecidos para ´la raza del cuerpo´, se encontrarían escalonadamente situados aquellos miembros de la comunidad que, en mayor o menor grado, cumplieran con los valores propios de ´la raza del alma´; como pueden serlo el heroísmo, el valor, el espíritu de servicio y de sacrificio, la abnegación, la sinceridad, la voluntad, la fortaleza de ánimo, la constancia,… Y aun por encima de aquéllos que hubieran desarrollado convenientemente los valores propios de ´la raza del alma´ se hallarían las personas que hubieran sido capaces de actualizar las potencialidades de ´la raza del espíritu´ o, dicho en otros términos, de conseguir recorrer el trayecto entero que lleva (tras el descondicionamiento con respecto a lo externo y al subconsciente y el inconsciente) al Conocimiento y a la Identidad total con el Principio Supremo y eterno. Los pocos que consiguieran llegar a esta meta ocuparían la cúspide de la pirámide social en que se debería de vertebrar el Estado, tal como siempre ocurrió en el mundo Tradicional.
     Se tienen, pues, así, criterios antiigualitarios y diferenciadores en oposición al nivelador e igualitario que supone el de la fijación en la raza biológica o ´raza del cuerpo´. Criterio igualitario que hace que la totalidad de la comunidad se halle legitimada en el seno del Estado y, en consecuencia, en igual medida representada.
 
 …………………………………………………………………………………………………………………………..

     Por  todo lo expuesto hasta ahora nadie puede sorprenderse si afirmamos que Evola es contundente en contra de la mezcla racial, a la cual considera como una de las causas -aunque no la única- de los desquiciamientos a nivel de la raza psíquica o del alma y como una de las causas -aunque no la única- de la degeneración a nivel de la raza del espíritu. Su radicalidad a nivel de la raza del cuerpo o física llega al punto de considerar -tal como hemos señalado más arriba- que incluso dentro de los indoeuropeos se debería hacer una selección para que los individuos más acordes con el fenotipo que algunos denominan nórdico fueran los dirigentes en un Estado ideal, pues dicho fenotipo, según él, es el reflejo externo de unas cualidades del alma y del espíritu que son -según su criterio- las más acordes con los parámetros de la Tradición; cualidades que en unos individuos con estas peculiaridades físicas serían más fáciles de restaurar (en el interior de ellos) para después poder exhibirlas como modelo a seguir por el resto de la población. Evola hace, p. ej., estos análisis hablando de su país -de Italia- y, en este caso, al individuo que él pondría como modelo a seguir le llama -repetimos- ´ariorromano´.

     “Dinamitar una estirpe con las mezclas imposibilita que el hombre vuelva a recuperar la sacralidad perdida y que nuestro ideal de Hombre de la Tradición pueda convertirse en realidad. Así nos los expresa Evola al definir lo que él entendía por ´Tradición´:
“La Tradición es, en su esencia, algo metahistórico y, al mismo tiempo, dinámico: es una fuerza general ordenadora en función de principios poseedores del carisma de una legitimidad superior -si se quiere, puede decirse, también, de principios de lo alto- fuerza que actúa a lo largo de generaciones”; generaciones, obviamente, concebidas en el marco de una misma estirpe.” (9)

 

     Es el potencial del hombre indoeuropeo -hoy postrado y sumido en la decadencia- el que puede llevar, por la vía heroica de la transutanciación interior, al Despertar a la Realidad Trascendente. No vamos a redimensionar este prólogo tratando de explicar el porqué, según nuestro parecer, otros grupos humanos no pueden arribar a él. No creemos que sea necesario apuntalar las certidumbres vertidas en estos párrafos contraponiendo a ellas las carencias que puedan ser propias de los otros dichos grupos humanos. De todos modos el lector interesado puede consultar lo expresado por Evola sobre la población negra en el capítulo “Tabúes de nuestros tiempos” de su obra “Los hombres y las ruinas” (1ª ed. en italiano: 1.953), en el capítulo “Música moderna y jazz” de “Cabalgar el tigre” (1.961) o en el de “Norteamérica negrificada” del libro “El arco y la clava” (1.968). O puede leer lo que, de acuerdo a diversos artículos de nuestro autor, hemos venido expresando -en algún párrafo- acerca de la religiosidad del judaísmo en el primero -y más breve- de nuestros dos escritos titulados “Evola y el judaísmo” (10). Asimismo puede consultar, acerca de la naturaleza del mahometanismo, nuestro “El Islam y la Tradición” (11). O incluso nuestras reflexiones varias que recopilamos en “¿Se puede iniciar un no indoeuropeo?” (12). Hemos ido ampliando de forma considerable -en otros medios- los contenidos que se pueden leer en estos últimos escritos nuestros pero pensamos que como primera aproximación a lo que hemos querido expresar y reflejar nos parece suficiente la lectura de los mismos.

     “Si todo lo señalado hasta este momento, a alguna mente ofuscada en sus erróneos prejuicios no le hubiese bastado para dejar de recelar sobre la postura que Evola siempre mantuvo al respecto del tema sobre el que estamos escribiendo y si todavía hubiese quien creyese que nuestro autor pudiera admitir algún tipo de mestizaje no tan sólo de carácter cultural sino hasta racial invitamos a que se lean leídas una buena batería de citas suyas que, en su momento, recopilamos en nuestros tres mencionados trabajos intitulados “Evola y la cuestión racial” y que no creemos que sea necesario reproducir en este prólogo, más si se tiene en cuenta que un buen número de ellas pertenecen a la obra que precisamente estamos prologando.

      Quedan, pues, fijadas las certidumbres que defendía Evola al respecto del tema racial. Certidumbres que mantienen una coherencia total a lo largo de toda su vida, pues téngase bien presente que los artículos y libros del maestro romano que aquí hemos relacionado fueron publicados en el transcurrir de los años ´30, ´40, ´50 y ´60 de la pasada centuria y que algunos de estos libros fueron revisados y ampliados por nuestro autor en reediciones posteriores en las que mantiene -o añade- las reflexiones alusivas al tema racial.
 
     Damos por sentado el hecho de que, a partir de ahora, nadie volverá a pensar que Evola le otorgaba un papel insignificante a la raza del cuerpo. Más todavía si tenemos presente que el también considerado como ´El último gibelino´ postulaba que los rasgos físicos de una raza representan el reflejo externo de la cosmovisión  y de los valores que le son innatos a ella. Por lo cual la raza del cuerpo deberíamos de considerarla y de tratarla como emanación y legado inviolable e inalterable de lo sacro y Superior.” (13)

     NOTAS:

(1) “Evola y la cuestión racial”: https://septentrionis.wordpress.com/2009/07/04/evola-y-la-cuestion-racial/
(2)   Atributos externos de conducta que –junto a otros como los de la nobleza, la fidelidad, la austeridad, la autodisciplina o la valentía- conformarían lo que Evola definió como ´raza del alma´.
(3)   Quede siempre claro que, de acuerdo con el principio aristocrático de la desigualdad natural del hombre, no todos los individuos llegarán, obviamente, a conseguir los mismos logros en el terreno de la realización y/o transformación interiores.
(4)   En el libro “Síntesis de la doctrina de la raza”, editado en 1.941, nuestro autor desarrolla este propósito. Ediciones Heracles lo editó en castellano, en 1.996, bajo el título “La raza del espíritu”.
(5)   Tengamos presente que el biologismo racial reduccionista no representa sino más que una de las múltiples variantes del materialismo propio de una modernidad que tan en las antípodas se halla del pasado sacro de los pueblos indoeuropeos.
(6)   Y aun podríamos contemplar una condición humana por debajo de la física, que sería aquella que tiene por contenido al mundo de un subconsciente al que toda persona restaurada en su integridad de cuerpo, mente o alma y espíritu debe dominar, ordenar y convertir en un reflejo de la armonía y el sosiego anímicos conseguidos.
(7)   Entrecomillamos, en estos casos, el vocablo ´espiritualidad´ porque ni el animismo ni la religiosidad sacerdotal y lunar alcanzan el plano del Espíritu, del Ser, sino que pululan por el plano psíquico. En el caso de las creencias de corte pelásgico o lunar no se puede llegar jamás al Conocimiento –nivel Espiritual- de lo Absoluto, sino que tan sólo se tiene la aspiración limitadora de creer –nivel mental- piadosamente en lo Supremo.
(8) “Evola y la cuestión racial (II)”: https://septentrionis.wordpress.com/2009/07/04/evola-y-la-cuestion-racial-ii/. Existe una tercera parte de esta serie de escritos: https://septentrionis.wordpress.com/2010/07/09/evola-y-la-cuestion-racial-iii/
(9) “El Hombre de la Tradición (I): Raíces”: https://septentrionis.wordpress.com/2011/09/17/el-hombre-de-la-tradicion-i-raices/
(10) https://septentrionis.wordpress.com/2009/02/04/evola-y-el-judaismo/
(11) https://septentrionis.wordpress.com/2009/07/27/el-islam-y-la-tradicion/
(12) https://septentrionis.wordpress.com/2009/02/08/se-puede-iniciar-un-no-indoeuropeo/
(13) “Evola y la cuestión racial”.

                                         EDUARD ALCÁNTARA