Julius Evola. Septentrionis Lux


EL IMPERIO ESPAÑOL
julio 8, 2015, 1:12 pm
Filed under: Eduard Alcántara, Historia, Metapolítica, Tradición

No vamos, por supuesto, a verter análisis sobre los fundamentos y avatares de lo que fue el Imperio Español guiados por coordenadas propias de la modernidad …ésas que sólo “saben” vislumbrar “explotaciones” de seres humanos, de recursos naturales, supuestos afanes de codicia e imaginadas ansias de fama por parte de los principales forjadores del Imperio. Vamos, por contra a emitir una serie de apuntes y observaciones breves guiados por parámetros propios del Mundo de la Tradición.

Sea, así, recordado el que en nuestro escrito “El Imperium a la luz de la Tradición” (https://septentrionis.wordpress.com/2009/02/08/el-imperium-a-la-luz-de-la-tradicion/) señalábamos que a caballo entre finales de la Edad Media y principios de la Edad Moderna van siendo arrinconados, en Europa, los ideales Superiores supranacionales (que ya en la Baja Edad Media se vieron debilitados por las victorias del güelfismo sobre el gibelinismo en las Guerras de las Investiduras y por las pretensiones de monarcas como el francés Felipe el Hermoso -verdugo del Temple) y van siendo, esos ideales Superiores supranacionales, suplantados por otros impregnados por un egoísmo que redundará en favor de la aparición de los Estados nacionales.

En este contexto caracterizado por los aires antiimperiales hay que recordar que el Emperador Carlos (I de España y V de Alemania) fue, allá por la primera mitad del  siglo XVI, el último que intentó recuperar las esencias y el espíritu, ya mortecinos, del Sacro Imperio Romano Germánico. Al igual que no está de más reconocer en el imperio que España construye -arrancando de fines del siglo XV- a lo largo del s. XVI, el último con pretensiones espirituales (al margen de que, en ocasiones, pudiesen coexistir con otras de carácter económico) de entre los que Occidente ha conocido. Y esto se afirma en base a los principales impulsos que se hallan en la base de su política exterior, como los son, en primer lugar, su empeño en evitar la división de una Cristiandad que se veía seriamente amenazada por el crecimiento del protestantismo o, en segundo lugar, sus esfuerzos por contener los embates del Islam protagonizados por turcos y berberiscos o, en tercer lugar, su decisión de evangelizar a la población nativa de los territorios americanos incorporados a la Corona (aparte de la de otros territorios; como las Filipinas,…). Estos parámetros de la política exterior de España seguirán, claramente, en vigencia también durante el siglo XVII …y, desde luego denotan que el mascarón de proa que lideraba la mentalidad del Imperio Hispánico no había sido construido de burda materia y de intereses mezquinos y meramente comerciales sino de nobles ideales; dicho esto al margen de cuál era el tipo de espiritualidad vigente en la España de entonces y sin querer entrar en trasuntos como el de que si las formas cultuales de los pueblos amerindios que se encontraron los conquistadores españoles y que acabaron desapareciendo en beneficio del catolicismo eran Superiores a éste por contener presuntos ritos operativos o por atesorar, al menos, contenidos de este género (aunque ya caídos en un mero ritualismo inerme) o, por contra, comportaban un carácter aun inferior porque estarían impregnadas hasta la médula -esas formas cultuales amerindias- de una especie de frenesí de la sangre -como podría ser el caso azteca- o de creencias solares alejadas del carácter olímpico -inalterable- propio de la Tradición y, por contra, sumidas en la contingencia de un sol (reflejo, en este caso, alterado de lo Alto) que muere, resurge y vuelve a perecer, tal como se puede colegir de los cultos inherentes al Imperio Inca.

No se debe obviar que se habla de un imperio -el español- que se desarrolló en la Edad Moderna y que aunque conserva muchas inercias del espíritu del mejor Medievo navega por una época alejada de las coordenadas propias de la Tradición. A pesar de esto último resultan, reiteramos, muy ilustrativas -sobre cuáles eran sus impulsos principales- sus ansias evangelizadoras, pues éstas le alejan de objetivos generalizados y predominantes de orden crematístico-mercantilista. Desde los primeros viajes a América (aquéllos de Colón) en todas las naos y carabelas viajan monjes junto a soldados. Estaban organizados, pues, con ánimos, repetimos, evangelizadores: la religión primaba por encima de apetitos mundanos. También primaba el conseguir mayor gloria para el emperador o al rey dentro de esas relaciones que estructuraron el medievo en base  al principio de la fides.  Las expediciones casi suicidas que emprendieron muchos de los conquistadores son un reflejo de que el apego a la vida tenía muy poco valor en aquellos hombres. Quien ansía bienes materiales (oro, plata,…) ama a la vida terrena por encima de todo y no quiere perderla por nada ya que en ella quiere ver saciadas todas sus apetencias materiales y toda su lujuria. Estos hombres, sin embargo, eran capaces, verbigracia, de siendo sólo 400 (bajo Hernán Cortés) aventurarse en la conquista de un gran imperio como el azteca o tratándose únicamente de 180 hombres (comandados por Francisco Pizarro) hacerlo con otro de las dimensiones del inca y enfrentarse en la batalla de Cajamarca contra no menos de 30.000 guerreros del Inca Atahualpa… Quien se aventura a una muerte más que probable -casi segura- defiende valores que están por encima de la materia, de lo exclusivamente contingente y, en definitiva, de la mera vida.

     Desde la óptica mercantilista del mundo moderno se ha recriminado mucho el que España no actuara con un imperio bajo sus dominios de la misma manera que, a la sazón y posteriormente, lo hiciera Inglaterra. Se ha dicho que los ingleses supieron invertir las riquezas que en sus colonias extrajeron para mecanizar y modernizar sus fábricas e invertir en ellas y fortalecer, de esta manera, su pujante sistema económico capitalista y se ha señalado, en contraste con este actuar anglosajón, que los españoles no hicieron lo propio para modernizar su economía y, el que por esto, se industrializó más tarde y sus niveles productivos siempre caminaron bastante por debajo de los de los ingleses. Se le ha recriminado a España el haber gastado el oro y la plata extraídos en América en el sufragio de las numerosas guerras de religión que libró en Europa a lo largo de los siglos XVI y XVII …y es que para la España de entonces lo que primaba eran las cuitas del Espíritu y no las cuestiones de la materia. Primaba hacer volver al redil de la catolicidad a aquellos príncipes alemanes que habían caído en el luteranismo y a aquellos holandeses rebeldes que también habían optado por el protestantismo pro mercantilista. Primaba poner freno al avance musulmán en el Mediterráneo (turcos y piratas berberiscos) y en la Europa oriental (turcos), abanderando, así, la defensa y la unidad de la Catolicidad, del Occidente. Primaban, en definitiva, las cuestiones de la fe por encima de cualesquiera otras.

Apuntamos todo esto sin detrimento de admitir las excepciones que se dieron en algunos casos en medio de tantos hombres como tomaron parte en la colonización de América. Las excepciones que incluyen esos tics güelfos mostrados en gente como un  fray Bartolomé de las Casas o en los casos de misiones jesuitas y dominicas que, por este mismo güelfismo, chocaron con unas autoridades españolas que defendían otra visión del mismo bastante opuesta. Las excepciones incluyen a algún desaprensivo que, víctima de la corriente descendente propia del mundo moderno, ansió riquezas y bienes materiales. Pero, en definitiva, se trata tan solo de eso: de excepciones.

Quede claro, con lo dicho, que no pretendemos idealizar el Imperio español como ajustado en toda regla a los contenidos esenciales de la Tradición, pues, p. ej., para nosotros no deberían haber sido los miembros del estamento religioso los que se hubiesen tenido que encargar de las tareas espirituales en América, ya que tildamos como ilegítimo, desde el punto de vista Tradicional, a dicho estamento. Defendemos que estas tareas deberían haberlas, p. ej., encarnado los miembros de órdenes ascético-militares como la de Santiago, pues el principio aristocrático y el espiritual deben ir unidos y ser representados por la élite rectora en cualquier ordenamiento genuinamente Tradicional. Élite que girando en torno del Rey sacro o del Emperador siempre han constituido la primera casta en cualquier sociedad Tradicional. Pero en descargo al Imperio Español es de recibo el reconocer el que a pesar de desarrollarse en el seno del discurrir del mundo moderno y, más específicamente, de la Edad Moderna de la que habla la historiografía oficial -con todas las caídas que ello supone-, es de reconocer, decíamos, el mérito que constituye el que nos encontremos con realidades como la de que los virreyes en la América colonial debían cumplir el requisito de pertenecer a órdenes religioso-militares (sin duda los valores de los que, por esta pertenencia lograda, esos virreyes estarían impregnados distarían mucho de hacerles albergar miras básicamente mercantilistas) y es de reconocer, también, el que tampoco resulta usual que de algún monarca español de aquel entonces se puedan hacer, hoy en día, cábalas sobre la posibilidad de que fuera Iniciado en Realidades de tipo Suprasensible, tal, como por ejemplo, se hace en torno de la figura de Felipe II (de cuyo sentido profunda y vividamente Trascendente de la existencia no se puede dudar); este monarca se rodeó de otros personajes de quienes también se han realizado similares conjeturas, bien respaldadas en claras evidencias, como es el caso del arquitecto Juan de Herrera -constructor del monasterio de El Escorial.

     Sintomático todo ello de las prioridades que guiaron a aquel imperio.

Eduard Alcántara

eduard_alcantara@hotmail.com

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